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"En el teatro, compartí mi vida con los amigos"

Raúl Ceballos, el creador de Doña Rosa, repasa su historia desde que comenzó en el teatro, cuando vio un aviso a la edad de 14 años.

12 de julio de 2011 a las 12:01 a. m.
"En el teatro, compartí mi vida con los amigos"

En el teatro encontró su lugar en el mundo. El hallazgo –asegura– se dio por casualidad, cuando caminaba un día por la calle Rioja y se enteró por un cartel, escrito a mano, que un grupo de actores independientes, que ensayaba en "El Arlequín", estaba reclutando valores noveles, con o sin experiencia escénica. Entró y le dijo a la recepcionista, sin titubear: "Vengo por el aviso". Raúl Ceballos tenía entonces 14 años y cursaba el secundario en el Colegio Jerónimo Luis de Cabrera. "Tomé la decisión más por picardía que por un llamado de la vocación", asegura el creador de Doña Rosa , alter ego de este comediante audaz y transgresor nacido en barrio Yapeyú, muy cerca del barranco sobre el río Suquía donde Jerónimo Luis de Cabrera fundó Córdoba, en 1573. "Me pasó con el teatro lo que a la mujer enana del cuento De eso no se habla , cuando llegó un circo a su pueblo y se tropezó con el destino: descubrió que allí estaban sus pares y se fue con ellos", cuenta con realce y contornea sus palabras con ademanes firmes. La revelación se produjo en un momento difícil de su vida. Su padre murió cuando él tenía 8 años y dejó a la madre sola con seis hijos. "Mi adolescencia fue dura. Me obligaron a estudiar por la fuerza una carrera (contabilidad) que no me gustaba para nada y eso me hacía sentir muy limitado. El teatro me liberó para siempre...", comenta con alegría. –¿Qué encontró en el teatro que le cambió la vida de tal manera? –Encontré a gente muy buena, con más ternura y sensibilidad que la que conocía. También un lugar hermoso para compartir mi vida con mis pares. Yo era casi un niño cuando empecé en esto, y ellos me preservaban, me cuidaban como a un hijo.Al poco tiempo se fue a vivir solo a una pensión de la calle San Jerónimo, y tuvo que batallar duro contra las carencias. "¡Qué manera de pasar hambre en esa época! Me la rebuscaba vendiendo la Rifa de los Torinos y haciendo algunas cosas en radioteatro", señala.Recuerda, con humor, que con el elenco de LV2 actuó en pueblos recónditos, olvidados. "En algunos lugares no había luz y teníamos que alumbrarnos con soles de noche. Una vez, un actor amigo se tragó una langosta en plena función ¡pobrecito, qué mal trago!", revive la anécdota con gracia y suelta una risotada. La culpa es del radioteatroAl radioteatro y a las condiciones de precariedad en las que se desempeñaba habitualmente en ese género les atribuye, en gran medida, una "deformación profesional" manifiesta: hablar con un volumen de voz más alto que el común de la gente. "Soy jetón porque muchas veces actuábamos a la intemperie, sin micrófonos, y entonces teníamos que exigirle mucho a la voz para hacernos escuchar", explica. "Esa experiencia me templó el espíritu de actor y me dio fundamentalmente mucha escena, que capitalicé y usé después en Doña Rosa ", su máxima creación. Debutó como actor teatral en la obra El puente , de Carlos Gorostiza, bajo la dirección de Eugenio Felipelli, a quien define como "un tipo estupendo, enérgico y brillante". –¿Cómo y cuándo nació Doña Rosa? –Nació por casualidad y casi sin darme cuenta, en el Bestiario, un lugar al que íbamos a tomar vino con Pepe Lozano y otros amigos después de ensayar en el Goethe. Hacíamos Cándido y los incendiarios (de Max Frisch), una pieza preciosa que dirigía Cheté (Cavagliatto). En los ensayos, aparecía Doña Rosa de repente y preguntaba cosas que no entendía o le resultaban incomprensibles. En realidad, le hacía la voz. Pepe decía que el personaje era muy bueno y tenía que interpretarlo siempre, pero no me daba cuenta de cómo podía componerlo. Doña Rosa se presentó al público por primera vez el 5 de diciembre de 1969. A pocas cuadras del Bestiario, alumnos y profesores del Monserrat cuestionaban en una asamblea multitudinaria la decisión académica de reformar el régimen de estudios del colegio y reclamaban la reincorporación del rector Ricardo Pedernera. Y en un cine del Centro, la película El niño salvaje , de Francois Truffaut, no daba respiro a los boletearos."Doña Rosa era un personaje que tenía de qué hablar porque surgió en un contexto social y político muy intenso. No nos podemos olvidar que unos meses antes se había producido el Cordobazo, y todavía el clima estaba bastante agitado", sugiere. –¿De qué hablaría hoy Doña Rosa? –La verdad, no sé. Hoy, en el mundo todo es tan confuso y estúpido que me quita las ganas por completo. Todos hablan de televisión, y se ha perdido el buen gusto. Antes, por lo menos había ideología. Ahora, a la política le preocupa más el negocio que la ideología, porque se ha convertido en un actividad económica más.