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El préstamo escandaloso que Gabriela le rechazó a su banco

01 de septiembre de 2017 a las 12:01 a. m.
El préstamo escandaloso que Gabriela le rechazó a su banco

“Cobro el sueldo en blanco, me hacen todos los aportes y me pagan puntualmente el día 1º de cada mes. El mes pasado, por un arreglo imprevisto en mi casa, necesité pedir un préstamo personal a mi banco haciendo uso de eso que tanto promocionan del ‘crédito aprobado en el acto’”, cuenta Gabriela, contadora del área de una empresa de servicios de las grandes.

Por los 50 mil pesos que pidió, el banco –donde cobra su salario desde hace 15 años–, le cotizó un interés del 59,87 por ciento, contando impuestos y seguros.

“¿No tendrán miedo de quedarse cortos?”, ironiza. “Si me lo van a descontar directamente del sueldo, ¿cuál es el riesgo? Si la inflación anualizada es del 22 por ciento y se supone que seguirá bajando, ¿cómo me pueden cobrar casi el triple, a una clienta de tantos años?”, se pregunta.

Finalmente, desistió del préstamo preaprobado. Tenía unos ahorros en dólares que no quería tocar, pero cambió los que necesitaba, y a otra cosa.

Pero el reclamo esconde un planteo de fondo.

Plata fácil

Los bancos deberán revisar el paradigma de la plata fácil que ganaron la década y media que pasó. Primero, porque todo indica que no será el consumo el motor principal de la recuperación económica, como lo fue en la década anterior.

Ahora, el consumo compite con la posibilidad de ahorro de las familias (sin cepo ni permisos de Afip) y con la chance de endeudarse a largo plazo para la compra de un bien que estuvo ausente los años anteriores, como es la vivienda.

Para acceder a los préstamos (que sólo en la primera quincena de agosto crecieron 35 por ciento respecto de julio), las familias necesitan un ahorro que va del 10 al 30 por ciento del valor de la vivienda. Esa es plata que tienen que retirar del consumo.

Necesitan de la banca un apalancamiento en serio, a 20 años, no “la vaca atada” del préstamo en el acto con tasas para el escándalo. El consumo no será lo que fue antes, cuando se “ahorraba gastando” como una manera de escaparle a la inflación. Todo indica que ahora habrá que ahorrar en serio.

Impulsar la inversión

Para eso, la banca argentina tiene que dejar de ser meramente transaccional –es decir, pagar sueldos, cubrir cheques, financiar los descubiertos y prestar caro a corto plazo para consumo– para ser una banca que impulse la inversión.

La Argentina necesita invertir arriba del 20 por ciento de su PIB para crecer sostenidamente, y este año, aun con los anuncios promocionados, llegará con suerte al 17 por ciento.

Toda inversión vale: la que decide el grande que monta una nueva planta, el mediano que agrega una línea de producción, el pequeño que se muda a un local más grande.

La de Gabriela también, que planeaba cambiar la cañería de su cocina. O las 15 mil familias que ya escrituraron su vivienda propia.

Para que haya plata que financie todas esas inversiones, tiene que haber alguien que decida ahorrar. Es decir, sacrificar su consumo actual y postergarlo a un mediano plazo, como mínimo.

Pero, además de lograr que una buena masa de argentinos sacrifique consumo y ahorre ahora, hay que lograr que saquen sus pesos y dólares del colchón (como los tenía Gabriela) y los ingresen a la rueda financiera.

Es un salto cualitativo inmenso. Para lograr eso, como mínimo, las tasas pasivas deben ganarle a la inflación. Los especialistas dicen que la normalidad llegará cuando baje a un dígito el índice de precios. Y algo más: cuando nadie convalide ya tomar plata prestada al 60 por ciento anual.