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El minuto fatal que se llevó la paz del barrio

Las esquirlas del estallido se clavaron en el alma de mucha gente que vio rota para siempre la tranquilidad de su barrio.

08 de noviembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El minuto fatal que se llevó la paz del barrio

Pintaba noche para reunión de amigos. Pero los casi 30 grados del anochecer invitaban al paseo.

Las veredas más luminosas de la calle Fragueiro llevaban hacia la plaza Rivadavia a hombres y mujeres que, a esta altura del año, andan en busca de algunos kilos menos. A pibes que paseaban sus amores pasajeros de la mano. Y a otros que tironeaban sus perros entre árboles y arbustos.

Como cada tarde primaveral, el espíritu de barrio se mezclaba con el aroma de los jazmines.

Entre tanta tranquilidad, nadie podía imaginar lo que estaba por venir. ¿Cómo es posible que un segundo trágico sea capaz de llevar de la placidez a la desesperación más profunda?

Ese minuto fatal, el de las 20.40 del jueves 6 de noviembre de 2014, quedará para siempre como un estigma sobre un Alta Córdoba desamparado de protección ambiental. Hay fantasmas y hay realidades: un depósito de desechos tóxicos en la calle Avellaneda, responsabilidad de un organismo oficial; una planta de elaboración de dióxido de uranio que hace rato que se va, pero no se va; un depósito de pirotecnia que alguna vez explotó.

Entre tantos miedos, nadie pensó que un galpón en un corazón de manzana fuese capaz de hacer realidad las peores pesadillas.

Pero ocurrió. Un estallido en la zona noroeste del barrio sembró destrucción en los alrededores y pánico hasta en lugares recónditos de la ciudad.

Llegar un rato después a las cercanías de Góngora y Avellaneda era ingresar en lo que muchos nunca vimos: un campo de batalla o la escena de un atentado.

Por todos lados, vidrios de ventanas y de autos; persianas de chapa dobladas como papel; puertas fuera del marco y estrelladas contra la pared contraria; mesas patas arriba. Daño, puro daño.

Detrás, sin embargo, estaba lo peor del estrago: la desesperación de no comprender, tan temprano, qué había pasado.

Las esquirlas del estallido se clavaron en el alma de mucha gente, que vio rota para siempre su tranquilidad; que a medida que la noche se hacía más profunda, fue despertando a la realidad.

“No sé qué pasó, pero... ¿cómo voy a seguir viviendo acá? Todo está roto; mi casa, destruida. Me salvé porque estaba en el baño”, 
sollozaba una mujer joven en calle Argensola.

“Me tumbó de la moto; pude haberme matado; yo paso siempre por acá cuando salgo de laburar”, decía el pibe, mientras hablaba por el celular con su familia para tranquilizarla.

Entre sirenas de bomberos, patrulleros y ambulancias, el reloj se comía las horas. Pero el miedo seguía intacto: cómo irse de la casa si, pese a la presencia policial, había carroñeros que querían llevarse cosas que no les pertenecían.

Las víctimas directas de la explosión y aquellos a los que se les estrujó el corazón amanecieron buscando respuestas. Sólo tenían una certeza: se había destruido mucho más que paredes y vidrios.