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El gol que le falta al Kempes

Cada evento multitudinario que recibe el mayor escenario deportivo de Córdoba desnuda problemas de seguridad, carencia de infraestructura y falta de coordinación.

05 de septiembre de 2015 a las 12:01 a. m.
El gol que le falta al Kempes
Ingresos complicados. Largas filas de hinchas el 27 de agosto, pero poco personal asignado a la entrada (Sergio Cejas/La Voz).

Una de las más repetidas postales de los eventos deportivos de Córdoba no está localizada sobre el césped de las canchas ni tiene como protagonistas a estrellas de fútbol. Es la imagen del caos de tránsito y el desorden que se produce alrededor del estadio Mario Alberto Kempes al final de cada evento que lo tiene como escenario. La infraestructura vial que acompaña a este estadio, inaugurado hace 37 años para ser una de las sedes del Mundial de 1978, se mantiene casi sin cambios, pese al explosivo crecimiento ­poblacional que ha registrado esa zona de la ciudad en las úl­timas cuatro décadas.Concurrir al estadio para asistir a un evento masivo es un dolor de cabeza para los miles de personas que deben soportar esperas de largas horas, desorganización, malos servicios y, más de una vez, maltratos tanto para el ingreso como para la salida.El nudo del tránsito no es el único problema. Ni el más grave. Por desinteligencias y falta de coordinación, en cada espectá­culo deportivo masivo se repiten imágenes que encienden una luz de alerta.Hay portones que no se abren para la salida fluida del público; otros que permanecen peligrosamente semicerrados; quioscos que obstaculizan escaleras; una invasión de vendedores ambulantes con y sin habilitación; cen­tenares de "naranjitas" que se transforman en breves patrones de hectáreas enteras de estacionamientos improvisados. Todo contribuye a convertir el final de cada espectáculo en una multitudinaria carrera de obstáculos.Muchas de las grandes tra­gedias en estadios ocurrieron porque alguien se olvidó de abrir un acceso o porque un portón se trabó, o por pequeños descuidos organizativos. Córdoba no ha tenido que lamentar episodios de esa magnitud, pero el público que concurre al Kempes es testigo de esas falencias.¿Vale la pena seguir yendo al Kempes, por ejemplo, a ver un partido de fútbol que se puede apreciar gratis, en directo y con calidad televisiva digital en la comodidad del propio living? Los fanáticos del deporte sin duda dirán que sí. Porque la pasión no es la misma desde la tribuna que desde un sillón hogareño. Pero no a costa de cualquier riesgo.Este informe cuenta lo que ocurre en el estadio y no aparece en los resúmenes de la televisión. El costado que no ven los funcionarios que van a los palcos ni pueden ver los periodistas que trabajan desde el sector destinado a la prensa. Un gigante desorganizado La noche del domingo 27 de julio, cuando jugaron Belgrano y Boca por el torneo de Primera División, detrás de la tribuna Gasparini había una hilera de personas de 800 metros. Las casi 20 mil ubicaciones de esa tribuna estaban todas vendidas, el público había llegado con horas de anticipación para ver el show, pero la Policía había puesto a sólo tres oficiales a hacer el primer cacheo. Las familias que llegaban embanderadas a participar de una fiesta, en pocos minutos se veían envueltas en un griterío, con peleas, gente que se quería adelantar y quedaban en situaciones insólitas: las mujeres debían adelantarse para ser palpadas por oficiales de su mismo sexo, pero no podían entrar con sus parejas o sus hijos, que quedaban separados en la cola.El exárbitro Javier Collado, actualmente en el área de Control de Transporte de la Municipalidad de Córdoba, admitió que debido "al cáncer de violencia en el fútbol, todo el público, así sean familias o mujeres embarazadas, al final termina siendo tratado como si fuera barrabrava".El comisario mayor Daniel Grigioni, subjefe de Seguridad Capital e integrante del Consejo de Seguridad Deportiva Provincial (Cosedepro) que se reúne antes de cada evento para organizar los operativos, dijo que cuando colocan menos personas para palpar armas y objetos peligrosos, es porque el club no destina suficientes empleados en los ingresos para recibir a la gente en masa.Directivos de los dos clubes que usan habitualmente el estadio, Belgrano y Talleres, reconocieron falencias organizativas, pero también contaron que hacen esfuerzos por mejorar el trato y los servicios para el público. Talleres, que hace años atraviesa un problema con la barra brava, está en conversaciones con las autoridades municipales y provinciales para involucrarse de manera más activa con todo lo que ocurre en el exterior del estadio antes, durante y después de los partidos.Una vez que se ingresa a la parte trasera de la tribuna, es imposible para el público saber adónde puede dirigirse, ya que el estadio no cuenta con un indicador electrónico ni con voluntarios que lo encaucen hacia los lugares libres. Esto provoca largos desplazamientos, idas y vueltas, peleas por un mismo lugar, y al final deja paradas a cientos de personas que ven el partido. Caminar sobre brasas La salida de aquel partido fue peor: cuando las 20 mil personas salieron, ya no quedaban controles del club local, los portones no estaban todos abiertos y uno tenía sus hojas corridas hacia adentro, una situación peligrosa porque, en caso de corridas o amontonamientos, atrapa a la multitud y favorece los aplastamientos. Luego, en la calle que rodea a la misma tribuna, alguien ­había permitido el ingreso de medio centenar de vendedores que, dice la Municipalidad de Córdoba, no tienen habilitación para entrar ahí. Como ocurre en cada partido, el público debe tratar de salir esquivando fuegos que se hacen directamente sobre el pavimento, pisando brasas, cuidando que los niños no se quemen con las parrillas ni se caigan mientras son empujados por el resto de la gente que quiere salir.En el partido entre Belgrano y Lanús por la Copa Sudamericana, jugado el pasado jueves 27 de agosto, al inicio del encuentro ya estaban ubicados en esa calle interna del estadio 21 vendedores (en carros grandes y chicos, con sombrillas, con asadores o heladeras portátiles) que habían conseguido ingresar a un lugar al que sólo pueden pasar los espectadores con entradas. Al final del partido, contó este diario, los puestos de venta ya eran 54. Una muralla de choripanes La aventura para abandonar el estadio no termina con esos inconvenientes. Una vez que el público de las tribunas Gasparini y Popular (Sur, cuando juega Belgrano; Norte, cuando lo hace Talleres) sale al exterior, choca con una veintena de grandes carros de choripanes, acompañados por una docena de pancheras y otros tantos "gorreros" que venden banderas, camisetas y gorros. La Policía reconoció a este diario que esos comercios no pueden estar ahí, pero que cuando intentan trasladarlos se enfrentan con autorizaciones precarias, verbales o escritas, emitidas por funcionarios de la Municipalidad de Cór­doba, de las áreas de Control y Fiscalización, o de Ferias y Mercados.La panchera que más años lleva trabajando frente al estadio, Paola Sánchez, contó a este diario que la Municipalidad sortea cuatro lugares antes de cada partido, pero que eso no se respeta. "Mire a su alrededor", invitó: la noche del partido entre Belgrano y Lanús había más de 20 puestos de venta de panchos.A su vez, desde la Municipalidad contraatacan señalando a la Policía por permitir el ingreso irregular de docenas de vendedores y parrilleros detrás de las tribunas. "Más de una vez hemos querido sacarlos, pero algunos nos muestran permisos que les dieron para estar ahí", señaló el comisario Grigioni.Los carros son atravesados en forma transversal a la salida del público, ubicados en el peor lugar posible. Están en el medio del camino que debe hacer la multitud para ir hacia sus vehículos o las paradas del transporte público. De nuevo: nunca pasó, pero si alguna vez sucediera una corrida o alguna situación de apuro, esos puestos, juntos, son una trampa para espectadores.El estadio es propiedad de la Provincia, que lo presta a los clubes locales de manera gratuita, en cada partido. El titular de la Agencia Córdoba Deportes, Agustín Calleri, señaló que la responsabilidad por todo lo que ocurre dentro del Kempes es del club local, que también administra las concesiones de los quioscos y la playa de estacionamiento sur. La playa norte es administrada por la Liga Cordobesa de Fútbol. Playas calientes Otro gran drama de los concurrentes al Kempes es el estacionamiento. El estadio tiene dos playas exteriores, a las que se ingresa luego de pagar a "la organización" un bono de 50 pesos. Lo insólito, y molesto para los usuarios, es que una vez que ingresa y estaciona su vehículo, cada conductor debe pagar de nuevo, esta vez a un "naranjita" que cuida el auto en la playa por la cual ya pagaron. No hay tarifa fija, pero el que no paga puede temer, con razón, por la integridad de su vehículo y por los robos, que son comunes en estos encuentros. Como las dos playas se ocupan rápidamente, el resto de los automovilistas debe dejar su vehículo a gran distancia del estadio o pagar para ingresar a las docenas de predios manejados por centenares de "naranjitas". Cerca del estadio y en la zona de Villa Belgrano se pagan 50 pesos, y a más de un kilómetro de caminata, el precio desciende a 30 pesos. Los naranjitas, según la cooperativa que integran, afirman tener permiso de la Provincia (lo que fue negado por Calleri) o de Control y Fiscalización de la ­Municipalidad. El titular de esta última repartición, José Fernández, no respondió los numerosos pedidos de entrevista que le hizo este diario. En los hechos, nadie los controla.Ramón Cerda, jefe de sección de la Policía de Tránsito de la Municipalidad, dijo que la cantidad de autos suele ser el 50 por ciento de la asistencia de público. Esto es, si un partido lleva 50 mil personas, puede haber 25 mil vehículos buscando un lugar en los alrededores del Kempes. La única avenida que pasa ­junto al estadio, la Cárcano, debe absorber en simultáneo el tránsito de la zona noroeste de la ciudad no vinculado con los eventos. El número de autos se multiplica los fines de semana que incluyen reuniones en el Complejo Feriar, y durante la temporada turística. Cuando fue inaugurado en 1978, el estadio estaba en las afueras de la ciudad. Hoy quedó atrapado por la mancha urbana, pero sigue en una especie de isla, rodeado por una curva del río, que lo aísla. Hay obras anunciadas que prometen cambiar la zona, pero hacen falta 200 millones de dólares para concretarlas. El Kempes enciende sus luces y gritos en cada espectáculo, pero mantiene un puñado de problemas que todavía sigue sin iluminar.

La edición de mañana

Las reacciones de los clubes, la Policía y los funcionarios.

Colaboraron en este informe: Walter Kanqui, Diego Marconetti y Hugo García.