"El Doc" González y los melones de don Pancracio
Cuentan que, de chico, “el Doc” González era un niño terrible. Jorge Londero.
Cuentan que, de chico, "el Doc" González era un niño terrible (algo que mantuvo de grande, cuando yo lo conocí). Era de esos niños que disfrutaban horrores al mancharle el vestido dominguero a la vecinita, o al ponerle broches en el lomo al gato de al lado, o al darle chicles ya masticados a su pobre perro Patán, desesperado porque no se los podía despegar de los colmillos. No le faltó hacer ninguna travesura de las que hacían los chicos de su edad. Ponía cohetes en los hormigueros, hervía sapos vivos en latas de durazno al natural y ponía botellas rotas debajo de las ruedas de los autos para reventar cubiertas y paciencias al mismo tiempo.Para todo ello tenía a un ladero en su pequeño pueblo del norte cordobés, el también terrible Néstor Guardiola.Ya casi adolescentes, sus travesuras bien podían ser tipificadas como delitos, ya que robaban gallineros, maíz y frutas de todo tipo, además de espiar desde estratégicos árboles a las chicas más lindas de su pequeño pago, a las que sorprendían en su intimidad.Una temporada les agarró por asaltar todas las noches la quintita de don Pancracio Salerno, con especial debilidad por los melones. Cada uno partía un melón con sus rodillas, comía lo que podía y tiraba las sobras.Para evitar más robos, Don Salerno pidió prestado un perro dogo a su vecino y lo encerró en el melonero. Al otro día, el pobre animal amaneció atado de pies y manos y con un melón a medio comer en la boca. Con barro le habían pintado en el lomo: "La próxima vez pongan un perro menos maricón".Ante el cuadro, don Pancracio optó por la psicológica y puso un cartel que pintó con mucho cuidado durante toda la tarde. Decía así: "Uno de los melones de esta quinta fue inyectado con veneno".Al otro día, se levantó temprano para comprobar que su método había dado resultado. Contó con cuidado los melones que había, volvió a contarlos y, con gran alegría, descubrió que no faltaba ninguno con respecto a la noche anterior. Sin embargo, su felicidad no iba a durar mucho. Al salir del melonero descubrió que, debajo del cartel que anunciaba que uno de los melones estaba envenenado, los muy pillos habían pintado: "Ahora son dos".

