Temas del día:

El día que la pelota cayó en el techo de la iglesia

El defensor que arrojó la pelota al techo del templo encaró la misión de ir a buscarla, pero tuvo que ser seducido con un par de históricos botines de lona gruesa y suela de goma. Jorge Londero.

23 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
El día que la pelota cayó en el techo de la iglesia

Es muy común que en torno a la iglesia de los pueblos chicos quede un considerable espacio verde. Por lo general, los han dejado en honor a la proyección que alguna vez tuvieron, ya sea porque ansiaban ampliar el templo o porque temían que ese crecimiento urbano, que en muchos lugares nunca llegó, le restara importancia a lo que debía ser el principal edificio de la comunidad.En uno de esos pequeños pueblos, de un lado de la iglesia jugaban al frontón y del otro lado, al fútbol. Una calurosa siesta de octubre, mientras se armaba una oscura tormenta en el sur, los chicos del lugar disputaban un partido furioso. En un avance a favor del viento, el goleador Santiaguito Caloni es interceptado por el defensor, quien despeja a lo "Gringo" Heinze y manda la pelota a la nubes. Cayó en el techo de la iglesia y quedó trabada en la ornamental cornisa del edificio.–Vos la pateaste, vos la vas a buscar, Jesús –le dijo Agustín Merlo, el dueño de la pelota.–No puedo, estoy descalzo –se excusó el defensor, secándose la transpiración.–Vos la pateaste y vos vas a buscarla. Tomá, te presto mis botines Sacachispas (con suela de goma y cobertor en los tobillos) –terció Santiaguito.Sólo por ponerse un rato esos fantásticos botines de lona, valía el riesgo de treparse hasta el techo de la iglesia. Y allá fue el chico, incentivado por sus compañeros. ¿Dónde estás? Una vez arriba, desapareció de la vista de los que esperaban abajo, más a la pelota que a él. Cuando pasó más de un minuto y el enviado no aparecía, comenzaron a impacientarse y no tardaron en gritar a coro: –¡Jesús! ¡Jesús!Los gritos despertaron al cura, que dormía una siestita en la sacristía, quien salió para ver que los chicos seguían a los gritos:–¡Jesús! ¡Jesús!Un relámpago iluminó el rostro del sacerdote, quien metió la cabeza entre los hombros para aguantar el fuerte ruido del trueno que anunciaba la inminente tormenta y luego les preguntó:–¿Qué les pasa, muchachos? ¿Por qué llaman así a Jesús?–Para que nos traiga la pelota –contestó Agustín.–No, chicos, eso es imposible, vayan ahora a sus casas antes de que los agarre la tormenta.–¿Y Jesús?–Jesús no va a venir –sentenció el cura.Santiaguito se puso serio, lanzó una patada al aire y dijo, enojado:–¡Ah! ¡Me afanó los Sacachispas ese desgraciado!