El chocolate caliente, rey de los cumpleaños
La Coca Cola, que por entonces venía en envase individual, de 285 centímetros cúbicos, o familiar, de un litro en botella de vidrio, era un lujo que no se podían permitir los hijos de asalariados.
A todos los cumpleaños de mi infancia los recuerdo con gusto a chocolate caliente. Ese era el líquido convocante. "Mi hijo cumple el viernes y los invitamos a tomar un chocolate caliente", decía la madre organizadora a los otros chicos invitados. No importaba la época del año. En mi casa había cumples en abril, en agosto, en septiembre y en diciembre, todos se festejaban con ese caldo de leche y cacao, aunque hiciera 38 grados a la sombra. La Coca Cola, que por entonces venía sólo en envase individual, de 285 centímetros cúbicos, o familiar, de un litro en botella de vidrio, era un lujo que no se podían permitir los hijos de asalariados. Organizar esos cumples era todo un evento. Había que cambiar la rutina y pedirle con tiempo al lechero que, en lugar de dejar dos botellas, ese día bajara una docena de litros. A mi casa venía un lechero de La Lácteo en una jardinera toda pintada de anaranjado, hasta las ruedas, con un caballo blanco que nosotros decíamos que había sido el del general San Martín, algo que el vendedor no confirmaba ni negaba. Pasaba muy temprano el tipo, como a las 6 ó 7 de la mañana, por lo que todos en la cuadra dejaban las botellas vacías en la puerta y, al levantarse, las encontraban cambiadas por otras llenas. Era como un Rey Mago que pasaba de lunes a viernes. Regresaba cerca del mediodía, ya de vuelta de su recorrido, a cobrar o a levantar pedidos especiales para hacer cumpleaños con chocolate caliente.Son inolvidables esas mesas repletas de galletitas dulces donde los rostros de entusiasmo cambiaban a expresiones de terror cuando se les colocaba delante la taza humeante, por lo general muy grande. Es difícil imaginar algo más peligroso e inestable que una veintena de vulnerables pequeños, de entre 5 y 12 años, frente a grandes recipientes con líquidos a una temperatura capaz de desfigurarlos de por vida. Así eran la tensión y el suspenso que reinaban en un momento dado en esos cumpleaños. Pero nunca pasó nada, al menos en los que yo estuve.Otro tema era la gordura, especie extinguida hace años porque las leches ya no vienen con la crema de entonces. Nunca olvidaré el placer de abrir la delgada tapita metálica de una botella de leche y pasar el dedo para saborear la capa de crema que traían arriba. Manjar de la infancia. Aunque muchos le decían nata, yo le decía gordura y para mí era como una telaraña que se depositaba sobre mi leche y, a menos que me la colaran, jamás me la iba a tomar. Entendía que para eso se habían inventado los coladores y estaban siempre en mis desayunos y meriendas, junto a una segunda taza vacía para colar allí la leche cuando apareciera esa tela que me provocaba arcadas. Pero en la mayoría de los cumpleaños no había coladores disponibles, y no era de buen invitado pedir una colada a padres desconocidos. El resultado: jamás tomaba el chocolate caliente, como tampoco lo hacía la inmensa mayoría de los niños que asistían a esos cumpleaños. A lo sumo, algunos pocos mojaban galletitas en las tazas. Y enseguida nos íbamos todos a jugar a las Escondidas, a Combate, al Rey de España…Y así transcurrían los cumpleaños. Mientras nosotros jugábamos, los padres tiraban litros de chocolate ya frío que nadie iba a tomar, en una tradición que, pese a ese despropósito, se repitió durante años.

