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El auto de mis sueños

Hoy se me hace que la transmisión en blanco y negro se volvía en colores cuando alguien conseguía abrir el vehículo y llevárselo.

03 de agosto de 2013 a las 03:16 p. m.
El auto de mis sueños

Cuando era chico, mi sueño era tener un Rambler Ambassador, un auto que era todo un orgullo de la industria argentina, una industria que no sólo hacía el Rastrojero o el Cono Sur para taxis, sino que también era capaz de lograr estos vehículos de alta gama. Se puede sumar, además, el inolvidable Torino, como el que conserva impecable mi colega Hugo Juárez. El Rambler se convirtió en mi sueño de la infancia porque en un programa de televisión de concursos el premio mayor era justamente ese lujoso coche, que brillaba sobre una tarima y se lo ganaba el que sacaba el sobre con la llave que abriera su puerta.Todavía recuerdo que me emocionaba hasta las lágrimas al ver la felicidad de los que conseguían ganarlo cada semana. Hoy se me hace que la transmisión en blanco y negro se volvía en colores cuando alguien conseguía abrir el vehículo y llevárselo a su casa.A eso se sumaba que los Missana, los vecinos que vivían justo al lado de mi casa de Cofico, tenían un Ambassador blanco impecable que conservaron hasta hace muy poco y solían pasearlo por Villa Rivera Indarte, el barrio al que se mudaron hace más de 30 años.Lo confieso, veía ese auto y me temblaban los párpados. No era para menos. Estamos hablando de un coche que tenía tapizados de cuero, frenos a disco, dirección hidráulica, aire acondicionado y levanta cristales electrónico. Todo eso en 1970, lo más parecido al futuro en aquel presente donde otros vehículos todavía salían de fábrica con motor dos tiempos o techo de lona.Para los especialistas y los amantes de los fierros, este Rambler, además, tenía muchas características que lo hacían acreedor de suspiros. Por ejemplo, estaba dotado de un motor Tornado de seis cilindros de 3.700 centímetros cúbicos, una máquina insaciable que se devoraba un litro de nafta cada cuatro o cinco kilómetros, aunque el manual prometiera 6,8. No aclaraba que eso hacía en bajada y sin apretar el acelerador.Hoy sería imposible de mantener y más que un lujo pedirle al playero de la estación de servicio que le llene su tanque de 70 litros. Otra cosa difícil sería estacionarlo en el congestionamiento actual de nuestra ciudad: medía más de cinco metros de largo, dos metros de ancho sin contar los espejitos y pesaba más de 1.600 kilos. Eso sí, en el baúl te entraba una cama de dos plazas con colchón y todo.Y como si todo eso que dije fuera poco, este Rambler tenía una línea insuperable para los vehículos de la época, con finos detalles cromados, pero sin exagerar, con cristales generosos y una parrilla delantera con doble línea de faros.¡Qué pedazo de auto! Pero nunca lo pude tener, y no sólo eso, jamás pude subirme a uno. Hoy lo recuerdo como el sueño del pibe que fui, pero también como el producto de un país que, como mis ilusiones de infancia, también se escurrió sin que pudiera disfrutarlo.