Córdoba es mi patria porque viven mis amigos
El pintor de origen portugués dice que lo cautivó el movimiento cultural y político que tenía la ciudad cuando llegó, a fines de los años 50.
El tiempo que demoró en recorrer las 10 cuadras entre su ilusión de forastero impenitente y la Facultad de Arquitectura fue lo que tardó Antonio "Tutuca" Monteiro (76) en caer fulminado de amor por Córdoba. Y, a medida que sus raíces se iban aferrando más al suelo y el follaje de sus sueños se abría al cielo inabarcable y desafiante, aquella pasión se fue convirtiendo en sentido de vida y en el pretexto perfecto, siempre a mano, para celebrar con los afectos.Nació en Lisboa, Portugal, el 8 de febrero de 1934. Llegó a esta ciudad en 1956 luego de peregrinar por el mundo con sus padres y su hermano menor. Estudió arquitectura en la UNC hasta que se sorprendió mirando fórmulas y fracciones en un libro de táctica gráfica, sin razonar. Descubrió, entonces, que lo suyo era pintar y desde ese día "transita su vida de pintor rescatando de las cenizas de lo cotidiano otros objetos cualquiera, los que serán luego transferidos a su condición inexorable de cosa mágica significante", como explica su entrañable amigo y también artista plástico Pedro Pont Vergés, de quien –asegura– aprendió mucho viéndolo trabajar en el atelier que compartieron durante varios años.Sus obras integran las colecciones de los museos Emilio Caraffa, Genaro Pérez, Emilio Pettoruti, Juan de Tejeda y Centro de Arte Contemporáneo, entre tantos otros. También figuran en antologías privadas de Argentina, Angola, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Israel, Paraguay, Perú, Portugal, Suiza, Uruguay y Venezuela. Ojos cansados. Hoy, su vista desgastada le pone palos en la rueda al carro alado en el que vuela desde hace más de medio siglo. "Estoy atravesando un período difícil y si no puedo seguir pintando, expondré lo que tengo, daré las hurras y me dedicaré a escuchar los partidos de Talleres", dice, con singular humor, este ciudadano ilustre de Córdoba. –Por lo visto, no se da por vencido. –Estoy tratando de terminar esta experiencia para ver si puedo mostrarla. Se trata de barcos que en lugar de tener trozos de cuadros famosos (como los de su última muestra individual Navegar é preciso...) tiene partituras musicales como velas flotando al viento, con pentagramas con rayas y notas de color. –Pero las notas musicales son sólo negras y blancas. –Estas son partituras inventadas por mí y la resolución colorística es porque toda la potencia del color es algo que siempre me fascinó, tanto como que los músicos lean partituras y las interpreten como si estuvieran leyendo el alfabeto. –¿Cuándo descubrió su vocación artística? –Pinto desde chico. Incluso en Río de Janeiro tuve un primer premio de pintura cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Pero después no le di más bola. Un día, acá en Córdoba, estaba leyendo un libro de arquitectura. Lo leía sin razonar, como quien mira cualquier cosa. Lo tiré al diablo y me puse a pintar... no paré más. Amor a primera vista –Se confiesa un enamorado de Córdoba hasta el hueso ¿Qué lo cautivó de la ciudad? –Descubrir Córdoba fue maravilloso. Cuando llegué aquí desde San Juan (en 1956), el movimiento cultural y político era de locos. Recuerdo las discusiones en el cine Sombras, los debates en la FUC (Federación Universitaria de Córdoba). Córdoba es monacal pero a la vez un hervidero de ateos, de gente libre, un espacio donde se mezclan todas las provincias por la universidad, una urbe más o menos populosa y culta ubicada a media hora de las sierras, de la época cuaternaria. Le cuento una anécdota: Cuando estaba por nacer mi primer hijo decidí naturalizarme. Le dije al juez que quería jurar como ciudadano cordobés para que no fueran a confundirme después con un porteño. Mi esposa (María Amelia Luque) y mis dos hijos (Matías y Blas) son cordobeses. Me siento tan cordobés como ellos. –Córdoba lo declaró "ciudadano ilustre" en 1998 ¿Qué significó para usted ese reconocimiento? –Sentí una satisfacción y un orgullo muy grandes porque llegué aquí con una mano atrás y otra adelante. No era español, italiano, judío ni musulmán y por lo tanto no tenía una colectividad que me cobijara. Estaba sólo, sin un mango y sin un tío lejano siquiera a quien recurrir cuando lo necesitara. Sin embargo, fui dando pasos hacia adelante, con mucho sacrificio. Abriendo espacios, conquistando lugares y ganándome el reconocimiento de mis congéneres. Y aquí estoy. –Recuerdo que en aquella sesión del Concejo Deliberante pronunció un discurso muy emotivo. Dijo que Córdoba era su patria. –Un adagio ruso dice que "la patria es el lugar donde viven los amigos". Y Córdoba es mi patria porque aquí viven los míos.

