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Una vida en bicicleta

Hace 60 años que Carlos Karavitián arregla bicicletas. La zona de avenida Patria al 1000 no sería la misma sin su taller. Tiene 82 años y sigue trabajando con el espíritu de siempre.

09 de junio de 2013 a las 12:04 p. m.
Una vida en bicicleta
Pionero. Carlos instaló su taller a los 19 años. Sigue trabajando cada día con las mismas ganas de entonces. Admira a los grandes ciclistas que tuvo Córdoba (Martín Baez/La Voz).

La vida de Carlos Karavitián ha transcurrido, casi por completo, de ida y vuelta por la avenida Patria y sus encrucijadas. Nació en la esquina de esa calle con Armenia, el 27 de febrero de 1931, y aprendió a jugar a la pelota y a treparse a los árboles en el patio del Club Antranik, que levantaron enfrente de su casa paterna los primeros inmigrantes armenios que arribaron a barrio Pueyrredón, luego del genocidio ejecutado por los turcos.

Tomó la comunión en la Iglesia Apostólica Surp Kevork y en el aula que funcionó dentro de ese templo, descubrió las vocales e hizo los primeros palotes. Cuando terminó la primaria, atendió las mesas del bar de su papá: El Trébol. Después, el club que el 5 de junio de 1950 fundaran integrantes de la colectividad caucásica en Patria 948, adoptó el nombre de aquella fonda emblemática del arrabal.

El paisano “rulito” Petenián atendió durante tres décadas, con afabilidad sin parangón, la cantina de la tertulia.

Unos años antes, el ciclista cordobés José Fundaró Minoldo había montado un taller de armado y reparación de bicicletas en Roma y Potosí y tomó a Carlos Karavitián como cadete. “Yo tenía 14 años cuando Minoldo se convirtió en mi primer y único patrón. Él y Julio Sagalá, otro famoso corredor, eran clientes del boliche de mi viejo. Siempre venían a tomar el vermú y dejaban las bicis estacionadas en la vereda; entonces no pasaba nada, era todo muy tranquilo”, trae a la memoria.

En esa pequeña factoría barrial, Carlos López Álvarez le reveló las claves para ser un bicicletero hecho y derecho. Cuando se armó de confianza en el oficio, dejó el empleo para probar suerte por su propia cuenta.

En el interín, armó su primera bicicleta de competición y disfrutó varias ediciones de la “doble San Francisco”. Esta competencia ciclística se corría por el viejo camino a Monte Cristo. “Me pasaba el día en la calle Roma viendo a los fondistas; había verdaderos monstruos”, apunta.

Recuerda el triunfo demoledor en esa prueba de resistencia de Rik Van Steenbergen, el belga que descollara en el orbe en la década del ‘40. Del pelotón local, eleva al Olimpo de los dioses paganos de las rutas a Atilio Minoldo (tío de su empleador) y a su entrañable amigo Pedro Salas. También, a Oscar Pesoa y a Ambrosio Aimar, figuras estelares del departamento San Justo.

“Atilio le pasó el trapo a Bruno Loatti, que venía con la gloria olímpica de Berlín, en un desafío que se disputó en el Parque Sarmiento. Y Pedro es un grande de todos los tiempos. Además era un tipazo; tenía la bicicletería acá a unas cuadras. Fue cliente mío”, comenta y se emociona.

Punto de partida. A los 19 años puso su taller en un garaje con techo de zinc en Patria al 800. Se lo dejó a Ricardo Ibulsky durante el año que cumplió con la "colimba" en la Escuela de Artillería.

Cuando volvió del servicio militar, se mudó dos cuadras más arriba.

“Compré un saloncito con dos habitaciones y armé el negocio como pude. Y aquí estoy desde hace 60 años y sigo con las mismas ganas del primer día”, señala en un tono que no deja dudas.

Cuenta que corrió desde los 18 años, primero en la categoría principiantes y luego en tercera. “Nunca fui figura. Mi objetivo siempre fue largar y llegar”, remata con un sonrisa.Hoy, a los 82 años, pedalea media hora por día en la bicicleta de carrera que tiene montada sobre rodillos en su departamento, a pocas cuadras del local. Atiende el negocio de lunes a viernes, de 8 a 12.30 y de 15 a 19.30. Sus hijos Carlos, Patricia y Diego prolongan su huella y Betty, su compañera de toda la vida, lo escolta en la apasionante travesía que arrancaron casi juntos cuando barrio Pueyrredón tenía aún muchas calles polvorientas.