Calamaro y los que piensan distinto
El cantante sostuvo que habría que hacer explotar el puente internacional porque los asambleístas de Gualeguaychú "son unos fachos".
El cantante Andrés Calamaro, en un recital en el Velódromo Municipal de Montevideo, ante unos 15 mil hermanos uruguayos, sostuvo que habría que hacer explotar el puente internacional General San Martín porque los asambleístas de Gualeguaychú "son unos fachos". Y luego le puso un toque transgresor al aclarar que no está en contra del funcionamiento de la pastera de Botnia, pero que debería dedicarse a fabricar "papel para armar porros".
Toda persona más o menos inteligente, como Calamaro, en lugar de alarmarse, entiende lo que persigue el ídolo con este tipo de actitudes, pero como sus dichos generaron el rechazo y hasta la condena de los que no son capaces de discernir, el lunes, en su cuenta de Twitter, el cantante dejó de lado las exageraciones para sostener que ese problema bilateral "debería tomarse en serio" y aclaró: "Quiero (amo) profundamente a mi país y a cada rincón del interior (...) pero no comulgo con el pensamiento de cada uno de mis conciudadanos No estoy aplaudiendo a la multinacional pastera que contamina, ni mucho menos, sólo expreso mi desacuerdo con las huestes de Alfredo De Angeli".
Calamaro no está de un lado ni del otro, y lo expresa de dos formas distintas, con ironía en el calor de un recital y con claridad en su espacio en una red social.
El cantante no está solo. Muchos argentinos -espero que sean millones- están hartos de las dicotomías, de tener que ponerse de un lado o del otro ante un problema o una diferencia. Y el caso de la pastera Botnia y Gualeguaychú es un buen ejemplo de ello. La forma de protesta elegida por los asambleístas de la ciudad entrerriana y su sostenimiento, aun después de un fallo del máximo tribunal internacional, merecen el rechazo de los que queremos vivir en un país donde se respeten las decisiones de la Justicia, los límites de la política y la confraternidad y el derecho de los que no piensan igual. Pero oponerse a esa forma de reclamo no significa necesariamente que estemos del lado de una empresa que puede contaminar el ambiente ni mucho menos que no entendamos el dolor y la bronca de los habitantes de una ciudad turística a la que le ponen una fábrica inmensa en la costa del frente.
Digo todo esto porque escuchar y entender a los que están en el medio, a los que no necesitan llegar a los extremos, aparece como una de las carencias más marcadas en el carácter de muchos argentinos.
Tras los festejos del Bicentenario, deberíamos ponernos en serio a trabajar para superar esa falta, porque bien nos vendría ser capaces de producir una generación de gobernantes que prioricen la síntesis y el acuerdo antes que, con soberbia, mantengan esa crónica negación del que piensa distinto.

