Aquellos tiempos del chancho y el “ñocorpi”
En otras crisis, los cordobeses por lo menos sacaban a relucir el sentido del humor en la realización de las protestas contra los gobernantes. Con el tiempo, hasta se les fueron las ganas de hacer chistes.
En vez de contribuir a la recuperación de la calma y los bienes perdidos, los estatales aprovecharon el caos para exigir aumento. Ayer, a media mañana, empezó a sonar la fanfarria del Sindicato de Empleados Públicos en el Pizzurno (se ubican dependencias de Salud y Desarrollo Social), junto con bombas de estruendo y cortes de calle. Los tambores y cláxones tienen una doble función: hacerse ver y oír por las autoridades, y no ver ni oír los insultos que les prodigan peatones y automovilistas. Otro tanto ocurrió en el centro de la ciudad de Córdoba y en la Bajada Pucará, lo que obligó a suspender clases en colegios de la zona. "En el fondo, uno asume que los saqueadores son ese tipo de gente a la que le importa un pito el otro. Pero estos son médicos, enfermeros, docentes, judiciales, gente de la que uno esperaba un cachito de solidaridad…", comparó una joven madre, mientras veía dónde depositar a sus pequeños hijos. Obvio que muchos profesionales y no profesionales, docentes y no docentes, se oponen a esta modalidad huelguística. Pero no logran expresarse dentro del gremio. O no les interesa lo suficiente.
Codiciados
Muchos ignoran qué se celebra, al festejar 30 años de democracia.
No hemos aprobado ni una materia del ciclo de nivelación.
El loable propósito de “no criminalizar la protesta” generó más de un aprovechador. ¿Quién dijo que los empleados son dueños del edificio del Pizzurno, de los hospitales, aulas, usinas, tribunales, colectivos y camiones para la recolección de basura? ¿Acaso no los pagamos entre todos?
Tampoco pueden ignorar cuánto gana una cajera o vendedor, un dependiente de estaciones de servicio, un repartidor, etcétera.
No sólo ganan mucho menos, sino que corren el peligro del despido.
Desde hace medio siglo (o por ahí), el Estado es el empleador más codiciado. Las clases medias buscan acomodos y consanguineidades para ingresar al municipio, a la Provincia, a la Justicia.
Las clases bajas intentan que sus hijos sean policías, choferes o maestros provinciales o municipales. El asiento del colectivero es más suspirado que el de Rivadavia.
Sin embargo, esas áreas registran el mayor número de medidas de fuerza y protestas callejeras. ¿No es raro?
Disgustados
Ojalá la cosa pasara exclusivamente por los de arriba. Pero no es así. El descontento de los estatales es como la tristeza: no tiene fin.
El panorama actual nos recuerda las postrimerías del gobierno de Eduardo Angeloz. Allá por 1995, una reducción de horas extras bastó para que quisieran incendiar la Casa Radical.
Por entonces, había sentido del humor y la estética. Tres artistas callejeras, “las chicas del chancho y el corpiño”, instalaron un porcino, en alusión al gobernador Ramón Bautista Mestre y sus bonos Cecor (el “bonocobrai”) que empapelaron la provincia en el marco de una gran sequía de bolsillos. El “ñocorpi” medía ocho metros y ostentaba una leyenda: “¿Hasta cuándo vamos a poner el pecho?”.
Hoy nos han quitado hasta las ganas de hacer chistes.

