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Al menos una vez, los nadies tuvieron nombre

Marianela censó una zona en el asentamiento Cooperativa Luz de los Milagros. Las casas están a medio hacer y falta de todo.

28 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Al menos una vez, los nadies tuvieron nombre

"... Sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte (...) pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca (...) Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada". Eduardo Galeano. Daniel Coronel (28) se muestra ansioso en la puerta de su precaria casa, en el asentamiento Cooperativa Luz de los Milagros. Junto a su mujer, conforma una de las 200 familias que viven allí, entre el puente que conecta la Circunvalación y la ruta 9 y las plantas fabriles de Fiat e Iveco, en uno de los extremos de la ciudad de Córdoba. Son todas viviendas a medio hacer, en las que falta todo. No tienen gas natural. A la luz la consiguen enganchados a un preensamblado que cada dos por tres se corta y les echa a perder lo poco que queda en la heladera y el agua sólo llega a través de dos picos que chorrean un fino hilo. Los chicos caminan con dos o tres bidones en cada mano, para luego regresar con el agua con el que en sus casas se cocinará, se lavarán la ropa y los cubiertos, se bañaran y se tirará en los inodoros sin cadenas.Para proveerse de los hilos de agua, los vecinos juntaron caños que atraviesan la Circunvalación hacia el otro lado, donde fueron conectados a una canilla de agua corriente. Para Daniel, la presencia de la censista Gabriela puede ser todo, menos una molestia. "Por lo menos alguien se va a enterar de las condiciones casi inhumanas en las que vivimos... Creo que el terreno donde estamos es de la Nación, por lo que nuestra situación les va a llegar a ellos", se entusiasma. Antes, junto a su mujer, vivieron por poco tiempo en una casa de cartón prensado. Cuidaba que nadie se metiera en la vivienda que estaban construyendo.Ante la consulta periodística, Daniel apunta que nunca hasta ahora ha sido visitado por algún trabajador social o alguien que pueda dar a conocer a los funcionarios la situación en la que sobreviven.Al frente de él, en diagonal, está Rogelio Cárdenas, un peruano de 35 años, portero de edificio, que vive junto a su mujer (empleada en casas, por hora) y sus tres hijos, de 12, 7 y 5 años.A la censista Marianela le cuenta que los ingresos escasean, que en la casa se apiñan en un solo dormitorio, pero que todo el esfuerzo tiene un fin: la educación de los niños. El más grande, pese a todas las privaciones, acude al colegio Monserrat. Rogelio también tiene expectativas en el censo: "Ojalá que vean las necesidades que tenemos, hace un año que estamos y no ha mejorado nada".