La comida es uno de los aspectos más importantes a la hora de programar un viaje. La búsqueda de nuevos placeres puede guiar la organización del recorrido o merecer un desvío del foco central para degustar, conocer o profundizar sabores y sensaciones diferentes. Entre las excusas más eficaces, el vino aparece como un implacable argumento para planificar un viaje completo o para ofrecer una escapada que apuntale las experiencias del viaje agregando sabores, paisajes y por sobre todo gente dedicada a la milenaria actividad de producir vinos.
Menos conocida que las zonas vitivinícolas de Francia, Italia o España, los viñedos en Alemania ofrecen un conjunto de virtudes sumamente interesantes para tener en cuenta tanto para los fanáticos del vino como para los curiosos que van en busca de la historia y del sabor. En el país de la cerveza, el vino es un atractivo que cubre todas las expectativas: paisajes hermosos, pueblitos antiguos, históricos monasterios y castillos convertidos en bodegas, bosques, escarpadas montañas, comidas de la zona y un abanico de vinos diferentes que hacen las delicias del ilustrado y administran una paleta nueva a los iniciados.

Al hablar de viñedos alemanes hay que tener en cuenta que hay varias zonas en las que se plantan viñedos y se elabora vino. La más amplia y conocida es la del río Rin, que funciona como una frontera porque tiene la particularidad de que las dos orillas plantean vinos muy diferentes debido a las particularidades del suelo y de un lado, Rheinhessen, se elabora vino tinto, y del otro lado se produce vino blanco, el Rheingau.
El riesling símbolo de los vinos alemanes
El vino blanco es el que se lleva todos los laureles en Alemania, porque han hecho de la variedad riesling su especialidad indiscutida en el mundo. Las condiciones climáticas de frío, suelos pedregosos con mucho predominio de cuarcita y minerales y precipitaciones constantes, hacen de ese territorio un lugar en el que la uva riesling se desarrolla de una manera muy particular con la característica del enorme abanico de expresiones que hace que cada bodega pueda presentar diversos riesling muy diferentes.

Para empezar el viaje, nada mejor que arrancar por la cumbre de las bodegas del Rheingau: Schloss Johannisberg, una de las más antiguas y prestigiosas bodegas de la zona, implantada en un antiguo monasterio benedictino del siglo 1100, domina desde la colina el paisaje maravilloso sobre el río Rin, y se destaca por elaborar 17 tipos diferentes de riesling de sus propios viñedos. Las 50 hectáreas de vides implantadas en forma de media luna rodeando el castillo convierten a Schloss Johannisberg en el lugar ideal para comenzar el recorrido probando el abanico que el riesling ofrece a los paladares, y convirtió a esta bodega en la segunda mejor del mundo en el ranking de 2025.
Se llega muy fácil a esta zona. La manera más sencilla es partiendo desde Frankfurt en tren hasta la estación de Geisenheim. Ya desde el tren se puede ver en lo alto la majestuosa construcción del castillo dominando un paisaje lleno de viñedos en las escarpadas laderas de la montaña. Desde la estación se puede ir en bus hasta el castillo, pero el recorrido a pie depara una hermosa experiencia, entre calles pequeñas empedradas, casas antiguas, viñedos, flores y varios espacios dedicados al vino. Diversos Weingut (bodegas) tienen su espacio de degustación por lo que se puede ir tranquilamente probando algunos en el camino para ir ajustando el paladar.

Una larga historia
En la cima de la montaña está enclavado el majestuoso castillo familiar que tiene una larguísima historia: los monjes benedictinos se instalaron y trajeron el arte del vino alrededor del 1100 plantando básicamente riesling y desde esa lejana época esta cepa es la expresión fiel y autóctona del lugar. Con los siglos y las vicisitudes políticas, la construcción en la montaña se transformó en la residencia del diplomático del Imperio Austríaco el conde von Metternich, que potenció el desarrollo de los vinos del Rheingau, especialmente el spätlese, elaborado con uvas que dejan secar en la planta concentrando el azúcar con la presencia de la llamada podredumbre noble.
En Schloss Johannisberg se puede realizar una amplia cata de los diferentes riesling que se dividen en dos grandes grupos: los secos, marcados por una acidez y tonos frutales a manzana verde y frutas de carozo; y los dulces, caracterizados por una complejidad asombrosa que va subiendo de acuerdo al grado de elaboración que el vino tenga hasta llegar al raro Eiswein, un vino que se elabora con uvas cosechadas bajo la nieve. El abanico de sabores es asombroso, y la diferencia de estilo, aún siendo todos riesling, es capaz de quitar el aliento a cada sorbo.

La visita a las cavas vale la pena: las inmensas construcciones de piedra bajo el suelo tienen dos niveles, y las paredes están recubiertas de un tipo de hongo que protege de la humedad y es como el toque mágico de la naturaleza en la construcción. Una característica exclusiva de Schloss Johannisberg es que los toneles de roble que se usan están fabricados con maderas de los propios bosques en la vecina zona de Taunus. Se puede comer en el restaurant del propio castillo y luego pasear entre los viñedos de bodega en bodega a pie o alquilando una bicicleta porque no hay fronteras entre los viñedos.

Viticultura heroica
Para profundizar el conocimiento del riesling se puede seguir en tren hasta Rüdesheim, un más que simpático pueblo con varios restaurantes y numerosas vinotecas que ofrecen los variados vinos de la región como Schloss Vollrads, Zum Grünen Kranz, Klaus König o Prinz Hessen. Además, es el lugar ideal para pasar la noche porque hay una variada oferta de alojamiento para diversos bolsillos. Imperdible subir caminando entre viñedos o en cablecarril hasta el monumento Niederwalddenkmal desde donde se puede ver el movimiento constante de los barcos a lo largo del serpenteante Rin y el panorama completo de la zona, con sus zonas industriales, los pequeños pueblos, los castillos, las iglesias y los viñedos en declive. Siguiendo la línea del río es imperdible visitar la zona del Mittelrhein o Rin Medio que llega hasta la ciudad de Coblenza en donde las escarpadas montañas generaron el apodo de “viticultura heroica” por el carácter sorprendente de los viñedos que están casi colgados de la montaña y exigen un trabajo de cuidado y de cosecha manual extremo.

Para los románticos es recomendable internarse en los pequeños pueblitos de la zona, curiosear en las pequeñas bodegas familiares de larga tradición y degustar las salchichas con mostaza y vino riesling seco y mineral. Por la tarde, asombrarse con la paleta asombrosa que ofrecen los riesling más dulces. Se puede caminar sin problemas por los viñedos, juntar cerezas salvajes, estar siempre preparados para las suaves lloviznas que llegan sin aviso y disfrutar el paisaje probando estos vinos reconocidos en el mundo.