“Este mosaico fue hallado en excavaciones realizadas en la costa”, comenta Taher, nuestro guía. “¿Qué vemos aquí? En el centro se representa el dios Neptuno montado sobre su carro marino y, rodeándolo, en cada una de las cuatro esquinas, una figura femenina. ¿Qué significan?” Murmuramos con asombro bajo la luz del sol que se filtra a través de los altos ventanales y hace brillar al mosaico con tonos pastel. Miles de espectadores lo contemplan diariamente en una de las salas más importantes del Museo Nacional de Bardo, distrito de la capital del país, la ciudad de Túnez.
“Cada figura simboliza las estaciones del año. ¡Empecemos! -dice sonriente Taher- ¿Esta cuál es?” ¡Primavera!, digo. Claro, como ven está adornada con flores y acompañada por un perro. Y continúa señalando hacia lo alto: el Verano con espigas de trigo, y un león, la intensidad del sol en su punto máximo. El Otoño, con uvas, la cosecha y un leopardo. Finalmente Taher señala abajo: “es el Invierno, donde la mujer se viste con una capa y lleva ramas desnudas, acompañada por un jabalí, la caza y los meses fríos. Simbólicamente, este mosaico expresa el dominio de Neptuno sobre el tiempo, la eternidad. Por eso este mosaico se llama El Triunfo de Neptuno y las Cuatro Estaciones”, concluye.

Taher Driaa, de 53 años, es un estudioso. Políglota, habla fluidamente cuatro idiomas extranjeros además de su lengua materna, el beréber y el árabe, la lengua oficial de Túnez. Su dominio del español es tal que también trabaja como traductor oficial para distintas embajadas. Orgulloso de sus orígenes, expresa con énfasis que “la mayoría de los tunecinos no somos árabes, sino bereberes que hemos sido arabizados con la llegada del Islam.” También colabora en excavaciones científicas llevadas a cabo en distintos puntos del país para desenterrar el legado histórico de las distintas civilizaciones que, a lo largo de miles de años, han dejado sus huellas en lo que hoy es Túnez.

Años atrás había visitado este estado mediterráneo situado en la costa norte del continente africano. Sin embargo, pese a su pequeña superficie, el país es uno de esos destinos que merecen volver. Entre las estribaciones montañosas surrealistas de la cordillera del Atlas, la costa de playas paradisíacas y las puertas del desierto del Sáhara, los templos, tumbas funerarias y legado del imperio romano se presentan a cada paso. Eso sucede a medida que avanzamos hacia la ciudad de Sbeitla, al sur. De pronto, las siluetas con características romanas empiezan a lucirse en el horizonte.

Taher cuenta que “debido a que no se construyó ningún asentamiento moderno directamente sobre la antigua Sufetula, el plano de la ciudad romana se conserva excepcionalmente bien, en particular el Foro, considerado uno de los mejor conservados del mundo romano.” Camino entre sus monumentales portadas. “En tiempos del imperio, los templos dedicados a Juno, Júpiter y Minerva, imitan al Capitolio de Roma aunque aquí las tres principales deidades -que normalmente comparten un mismo templo- tienen el suyo propio. Además, aquí también hay teatro y anfiteatro, aunque nos falta mucho por excavar” cierra Taher. Después de las invasiones vándalas, Sufetula llegó su apogeo gracias a las plantaciones de olivo. Como ciudad cristiana, tuvo un obispado muy importante y jugó un papel crucial en la historia del África romana y bizantina; fue fundamental para el abastecimiento de maíz y aceite de oliva a Constantinopla hasta convertirse en la capital del África Romana. Hemos encontrado seis iglesias cristianas, viviendas y termas de esa época”. Sin embargo, a partir del siglo VII fue escenario de lucha entre cristianos y musulmanes” explica el guía. En ese entonces pregunté a Taher por qué Sbeitla aún no es sitio UNESCO.“Está nominada desde el 2021 pero debemos realizar planes de conservación para superar la evaluación rigurosa”.

Bajo escaleras hacia el interior de lo que semeja un estadio en la antigua Thysdrus. “En estos pasadizos subterráneos se guardaban los animales para los juegos, que eran izados hasta la arena. Allá, los gladiadores los esperaban para luchar” cuenta Taher. Y dice que, “posiblemente está mejor conservado que el Coliseo; la mayoría de los arcos, gradas y muros elípticos de piedra están casi intactos y fueron construidos con bloques especialmente confeccionados con piedra arenisca. El anfiteatro, reconstruido después de los daños ocasionados por la guerra, mide 148 metros de eje mayor y 122 metros de eje menor y fue construido alrededor del año 240, después de 20 años de trabajo. Los eventos públicos podían albergar más de 35.000 espectadores, a tal punto que era el cuarto más grande del Imperio”. Camino, subo y bajo por los peldaños milenarios de esta maravilla arquitectónica que, desde 1979 forma parte de la Lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.