Cuenta la leyenda que Dios creó el mundo y llamó a una encuentro a los animales y las plantas. El baobab era el árbol más bonito de todos, corpulento, erguido, de corteza cilíndrica, lisa y gris. Sus hojas eran lo más atrayente que existía. Sin embargo el baobab, presumido, llegó al último. Entonces Dios lo plantó al revés: sus bellas ramas y flores quedaron enterradas bajo tierra y sus raíces salieron al exterior y ocuparon la copa. Por eso se parece más a raíces que buscan el cielo que a árboles.
Madagascar, cuarta isla por su superficie, constituye un país misterioso. Alejado de las rutas turísticas, aún guarda la magia primitiva de la Creación, con una biodiversidad única y endémica, donde más del 90% de su vida silvestre es inexistente en otro lugar del planeta. Casi cien millones de años de aislamiento han generado su tesoro de endemismos biogeográficos.

Avanzo por el camino seco y polvoriento; el paisaje se torna abierto, típico de la sabana, con alfombras de hierbas y pastos amarillentos, donde los baobab (Adansonia grandideri) rompen la monotonía del horizonte; cada vez más grande, en Morofandilia medirán más de 50 metros de altura y 12 metros de circunferencia, a punto que pueden almacenar más de 100 mil litros de agua. Algunos tienen más de 3000 años. Cuando camino por la Avenida de los Baobab, grito de alegría: estoy, por fin, en un sitio soñado por amantes de la naturaleza.

Sobre la costa occidental y separado del continente por el Canal de Mozambique, se elevan los mayores baobab del mundo. Al atardecer, el crepúsculo deja ver siluetas misteriosas e inquietantes sombras. Los niños abrazan los árboles…
Hace 2000 años, navegantes de Malasia e Indonesia llegaron hasta aquí y se mixturaron con población bantú africana. Los sakalava (“gente del valle largo”) curiosean y juegan.

Radama es un hombre mayor que camina con bastón y está ataviado con un paño tejido y sombrero. Orgulloso de sus baobabs, me invita a su casa. Acepto feliz. Caminamos con la energía puesta en entendernos (en francés). Se ríe con mis torpezas y frases, pero la empatía es tal que la comunicación fluye. Su vivienda, rojiza como la tierra, está orientada en dirección este-oeste “para recibir mejor toda la bendición de Dios, a través de los rayos del sol y así aumentar nuestra santidad y autoridad, esa cualidad que llamamos Hasina, la base de nuestra organización social”, dice. Adentro todo está cubierto de humo. “No tenemos chimeneas porque los buenos espíritus se van a través del humo y si no dejamos salir el humo del fuego, los espíritus se quedan”.
Radama me comenta que el pueblo sakalava se dedica a la crianza de ganado cebú, la caja de ahorros. “Cuando hay alguna celebración, vendemos animales y con los francos malgaches obtenidos, pagamos la fiesta”. Las mujeres sonríen con sus caras pintadas de vivos colores.

“En nuestra cosmovisión, practicamos el culto a los difuntos y antepasados, que llamamos
Fomba, divinizado. El único Dios, creador del universo y de la vida, al que llamamos “Andriamanitra” (El Señor Perfumado) nos indica que, cuando morimos el ataúd debe ser sacudido mientras lo transportamos bailando, cantando y agitando palmas. Así lo enterraremos en elaboradas tumbas de madera”.
Días después abandono la costa rumbo a la meseta interior de la isla. Los campos cultivados de arroz se suceden a medida que avanzamos hacia el Parque Nacional Isalo. Aquí el grupo étnico predominante son los bara. La geografía -montañas elevándose escarpadas entre valles, torrentes, pequeños lagos- origina otras leyendas. Ramieba, el joven guía, explica que “hace cientos de años, el rey mandó a esconder todos sus tesoros dentro de estas montañas para protegerlos de los piratas portugueses y envió a sus soldados con el cargamento. Cuando, pasado el peligro, él preguntó a sus soldados “¿A dónde han puesto mis tesoros?, éstos contestaron “En las montañas de Isalo”.

En este parque nacional, la geología de cañones de más de 200 metros de profundidad y la vegetación cubre formaciones de roca arenisca erosionadas por el agua. Paisaje sin igual, camino entre ruidos secos y crujidos. En los árboles del bosque los lémures, marsupiales de larga cola, están a sus anchas. Cuando los rayos de sol logran romper la maraña de verdes y todo se llena de colores, miro rama por rama. Los lémures saltan con agilidad y precisión. Sus enormes ojos bien abiertos me miran. En Madagascar me resulta difícil distinguir pasado y presente, realidad y ficción, comento. Ramieba me contesta que deberé volver para renovar mi Hasina.
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