Voy de Viaje
Juan Toselli

Madagascar, el octavo continente

Pablo Sigismondi|27 de abril de 2026 a las 11:59 a. m.
Madagascar, el octavo continente

Cuenta la leyenda que Dios creó el mundo y llamó a una encuentro a los animales y las plantas. El baobab era el árbol más bonito de todos, corpulento, erguido, de corteza cilíndrica, lisa y gris. Sus hojas eran lo más atrayente que existía. Sin embargo el baobab, presumido, llegó al último. Entonces Dios lo plantó al revés: sus bellas ramas y flores quedaron enterradas bajo tierra y sus raíces salieron al exterior y ocuparon la copa. Por eso se parece más a raíces que buscan el cielo que a árboles.

Madagascar, cuarta isla por su superficie, constituye un país misterioso. Alejado de las rutas turísticas, aún guarda la magia primitiva de la Creación, con una biodiversidad única y endémica, donde más del 90% de su vida silvestre es inexistente en otro lugar del planeta. Casi cien millones de años de aislamiento han generado su tesoro de endemismos biogeográficos.

Madagascar
Madagascar (Pablo Sigismondi)

Avanzo por el camino seco y polvoriento; el paisaje se torna abierto, típico de la sabana, con alfombras de hierbas y pastos amarillentos, donde los baobab (Adansonia grandideri) rompen la monotonía del horizonte; cada vez más grande, en Morofandilia medirán más de 50 metros de altura y 12 metros de circunferencia, a punto que pueden almacenar más de 100 mil litros de agua. Algunos tienen más de 3000 años. Cuando camino por la Avenida de los Baobab, grito de alegría: estoy, por fin, en un sitio soñado por amantes de la naturaleza.

Madagascar
Madagascar (Pablo Sigismondi)

Sobre la costa occidental y separado del continente por el Canal de Mozambique, se elevan los mayores baobab del mundo. Al atardecer, el crepúsculo deja ver siluetas misteriosas e inquietantes sombras. Los niños abrazan los árboles…

Hace 2000 años, navegantes de Malasia e Indonesia llegaron hasta aquí y se mixturaron con población bantú africana. Los sakalava (“gente del valle largo”) curiosean y juegan.

Madagascar
Madagascar (Pablo Sigismondi)

Radama es un hombre mayor que camina con bastón y está ataviado con un paño tejido y sombrero. Orgulloso de sus baobabs, me invita a su casa. Acepto feliz. Caminamos con la energía puesta en entendernos (en francés). Se ríe con mis torpezas y frases, pero la empatía es tal que la comunicación fluye. Su vivienda, rojiza como la tierra, está orientada en dirección este-oeste “para recibir mejor toda la bendición de Dios, a través de los rayos del sol y así aumentar nuestra santidad y autoridad, esa cualidad que llamamos Hasina, la base de nuestra organización social”, dice. Adentro todo está cubierto de humo. “No tenemos chimeneas porque los buenos espíritus se van a través del humo y si no dejamos salir el humo del fuego, los espíritus se quedan”.

Radama me comenta que el pueblo sakalava se dedica a la crianza de ganado cebú, la caja de ahorros. “Cuando hay alguna celebración, vendemos animales y con los francos malgaches obtenidos, pagamos la fiesta”. Las mujeres sonríen con sus caras pintadas de vivos colores.

Madagascar
Madagascar (Pablo Sigismondi)

“En nuestra cosmovisión, practicamos el culto a los difuntos y antepasados, que llamamos

Fomba, divinizado. El único Dios, creador del universo y de la vida, al que llamamos “Andriamanitra” (El Señor Perfumado) nos indica que, cuando morimos el ataúd debe ser sacudido mientras lo transportamos bailando, cantando y agitando palmas. Así lo enterraremos en elaboradas tumbas de madera”.

Días después abandono la costa rumbo a la meseta interior de la isla. Los campos cultivados de arroz se suceden a medida que avanzamos hacia el Parque Nacional Isalo. Aquí el grupo étnico predominante son los bara. La geografía -montañas elevándose escarpadas entre valles, torrentes, pequeños lagos- origina otras leyendas. Ramieba, el joven guía, explica que “hace cientos de años, el rey mandó a esconder todos sus tesoros dentro de estas montañas para protegerlos de los piratas portugueses y envió a sus soldados con el cargamento. Cuando, pasado el peligro, él preguntó a sus soldados “¿A dónde han puesto mis tesoros?, éstos contestaron “En las montañas de Isalo”.

Madagascar
Madagascar (Pablo Sigismondi)

En este parque nacional, la geología de cañones de más de 200 metros de profundidad y la vegetación cubre formaciones de roca arenisca erosionadas por el agua. Paisaje sin igual, camino entre ruidos secos y crujidos. En los árboles del bosque los lémures, marsupiales de larga cola, están a sus anchas. Cuando los rayos de sol logran romper la maraña de verdes y todo se llena de colores, miro rama por rama. Los lémures saltan con agilidad y precisión. Sus enormes ojos bien abiertos me miran. En Madagascar me resulta difícil distinguir pasado y presente, realidad y ficción, comento. Ramieba me contesta que deberé volver para renovar mi Hasina.

Para agendar:

Tierra y Alma, Travesías con Propósito, te invita a viajar por Madagascar y Mauricio en julio y agosto próximos. Informes al 3513 13-9590