El día de partida fue el pasado 9 de febrero, a las 9. El Boeing 757 despegó en horario y en condiciones técnicas aparentemente normales pero, a los pocos minutos de estar en el aire, detectaron un problema de mantenimiento.
Para solucionarlo, el avión debía volver al punto de salida. Sin embargo, había otro inconveniente: debido a que la ruta era extensa –de más de 4.000 kilómetros- el avión estaba cargado con una gran cantidad de combustible, por lo cual el aterrizaje podía ser peligroso.
El procedimiento a seguir en estos casos consiste en alcanzar una altitud segura, para poder descartar el combustible y que se disperse en la atmósfera sin llegar a la superficie. Como el modelo de la nave del vuelo 1111 no disponía de esa capacidad, los pilotos tuvieron que gastar todo el combustible hasta llegar a reserva sin alejarse demasiado del aeropuerto. A través de esa medida, garantizarían un aterrizaje seguro.
Al llegar al aeropuerto de San Francisco, los pasajeros fueron reacomodados en otro vuelo.