El nombre significa “nueva ciudad de abajo”. Está al oeste de Moscú, a menos de cuatro horas de tren, y alguna vez se llamó Gorki en honor a Máximo, nacido allí.
Es una de las ciudades más antiguas y pintorescas de Rusia. Ya en el 1200 hubo asentamientos y el Kremlin, su fortaleza, es considerado tan emblemático como el de la Plaza Roja. Se dice que en ese fortín está escondida la biblioteca de Iván El Terrible, pero nadie se atreve a buscarla. Ubicada en la confluencia de los ríos Volga y Oká, es un importante centro naviero y de cruceros turísticos.

El estadio tiene una línea marcial, espartana, soviética, con una capacidad similar a la del Kempes. Es el decorado ideal para darse leña bajo la adusta mirada de un referí que no castiga a menos que corra sangre. Ahí nos vamos a ver las caras con los croatas.
La ciudad destaca por sus ladrillos rojos, inmensas factorías recicladas y esparcidas por las colinas de los pájaros carpinteros. Así se conocía a esta tierra antes de la llegada de los primeros príncipes. Hoy está poblada por un millón y un cuarto y cuenta con muchas empresas tecnológicas, metalúrgicas y científicas, pero a principios del siglo pasado se la conocía como “el bolsillo de Rusia” por su mercado de productos europeos y su centro financiero.
Se sabe que los rusos están locos como cabras. Hay una escultura de un caprino de bronce en el centro y será uno de los puntos de concentración de los fanáticos argentinos. Si uno se sube y le frota los cuernos, recibirá todo lo que desee.
Se recomienda probar los ravioles rusos y las sopas. Las pastas rellenas alternan la carne de caza de ciervo, jabalí, o aves con setas. Las sopas de esta región son capaces de resucitar a un oso atropellado por un tanque de guerra. Se bajan con una caminata por la escalinata Chkalovskaya, un memorial que va desde el río al Kremlin. Recuerda a los caídos en la Batalla de Stalingrado. Tiene forma de ocho, como la cinta que representa al infinito.