Aunque la visitemos mil veces, Buenos Aires siempre tiene algo nuevo para descubrir. Pocos saben por qué la Plaza Francia, corazón del coqueto y turístico barrio de la Recoleta se llama así. Esta plaza, que cae en leve barranca hacia el Museo Nacional de Bellas Artes, debe su nombre a su monumento central "Francia a la Argentina", un obsequio de la colectividad francesa en 1910, para el Centenario de la Revolución de Mayo. El monumento recrea la historia de ambos países con bajorrelieves que evocan La Primera Junta de Gobierno, el Paso de los Andes, la Toma de la Bastilla y la Declaración de la Independencia francesa. También hay dos placas que recuerdan al granadero de origen francés Domingo Porteau que murió en el combate de San Lorenzo y al escritor y periodista Émile Zola.
En abril se inauguró el Hub de Turismo de la Ciudad de Buenos Aires (Junín 1940), un espacio que reúne por primera vez en un mismo lugar a los principales actores vinculados a la actividad turística: el Ente de Turismo, Visit Buenos Aires, Seguridad Turística, la Defensoría del Turista y el Centro de Atención al Turista. Este proyecto forma parte de una decisión estratégica para revalorizar al turismo como una actividad fundamental para la economía porteña, promoviendo además el trabajo articulado entre el sector público y privado para fortalecer el desarrollo del destino.

La Recoleta es uno de los barrios más visitados por los turistas, nacionales y extranjeros, y no era fácil recrear los íconos argentinos sin caer en las obviedades de poner una vaca embalsamada en la vereda o fotos de parejas de tango. El hotel Mio Buenos Aires, propiedad de la familia Catena, acaba de cumplir 15 años, y logró una síntesis de la argentinidad. La madera está presente pero no es un estilo escandinavo, con suaves líneas de haya clara, sino en las imponentes puertas de las veintinueve habitaciones que fueron toneles de roble del 1800 pertenecientes a la bodega familiar.
Y, más imponente aún, en las bañeras talladas a hachazos y pulidas a mano en madera de caldén, de una sola pieza. Estas bañeras cuentan la historia de su mano creadora, el escultor pampeano Mario Dasso. Dasso camina su provincia y encuentra caldenes quemados con los que empieza su obra in situ. Según relatos locales, estos árboles eran utilizados por mujeres de pueblos originarios en rituales para absorber la energía de la tierra pampeana.
Carne y vino son otras dos marcas insoslayables de la cultura argentina. Por eso en la planta baja está Verdot Wine Bar donde tablas de fiambres, quesos y brevedades acompañan una carta de cien etiquetas de vinos.

En el subsuelo, sin las estridencias de la calle, está el restaurante Rufino Argentino que se especializa en carnes. Para carnívoros de alma, el T-bone de 1 kilo es lo mejor de la parrilla: el lomo de un lado y el entrecot del otro en un solo corte que combina las partes más nobles de la vaquita. Lo sirven acompañado de caracú al fuego. Una opción más tranquila es el asado banderita que viene en dos porciones de las cinco costillas del centro del asado.
Y antes de ir a tomar un café a La Biela que está a media cuadra, en alguna mesas de la vereda junto a los gomeros centenario, o después de caminar sin plan por el cementerio de la Recoleta y descubrir al azar mausoleos con apellidos ilustres, ya sea de la historia como de la farándula, es obligatorio darse una vueltita por el spa. Mio ofrece un spa con una gran piscina climatizada en el octavo piso para escuchar el ritmo de la gran ciudad tumbado en una bata de algodón egipcio.
Los domingos el barrio se llena de curiosos que deambulan a paso lento entre los puestos de la feria de artesanos ubicados entre las avenidas Libertador y Pueyrredon. Esta feria, que comenzó en 1970 con unos hippies que pusieron una tela en el pasto para exhibir lo que hacían, es hoy una de las más antiguas y grandes del país con trescientos puestos de artesanos que trabajan el cuero, cerámica, metales (plata y alpaca), vidrio, madera, telares y joyería contemporánea.
Algunos entrarán impulsados por la fe religiosa, otros por curiosidad turística, a la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, de 1732, que formó parte del convento de Franciscanos recoletos. De allí se extendió su nombre al barrio. Fue declarada monumento nacional histórico en 1942.
Y si la curiosidad por saber es más fuerte, en Mio Buenos Aires tienen una biblioteca para terminar de desentrañar los secretos de este barrio histórico porteño.
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