Ricardo “Pinino” Orri llegó a Puerto Madryn en 1978 con un traje de neoprene y las ganas de conocer cada metro del fondo marino. Venía a bucear, y se quedó para siempre. Había llegado desde Buenos Aires, donde formaba parte del Club de Actividades Subacuáticas y competía en caza submarina. El golfo lo retuvo. Hoy, con 69 años, es el capitán ballenero más antiguo de Península Valdés.
Desde aquellos primeros inviernos como buzo marisquero en el Golfo San José, fue construyendo una relación con el mar que fue cambiando de nombre con los años. Primero pescó. Después observó. Más tarde logró comprender. “Viviendo acá te cambia la visión de todo: el ambiente, la conexión con el mar y la fauna”, dice. En esa frase hay casi cinco décadas comprimidas.

El paso de cazador a custodio no fue abrupto sino gradual, casi inevitable. “Empecé compitiendo en la caza submarina, pero vivir acá te cambia -dice Pinino-. Y al poco tiempo la terminé rechazando. Cuando buceas en esta zona, los mismos animales a los que querías cazar se te acercan si te quedás quieto un instante. Podés llegar a tocarlos. Entendés que estás en su mundo, que ellos tienen sus comportamientos y sus reglas, y que lo más importante es no alterar nada de eso. La competencia dejó de interesarme, y desde un punto de vista ético tampoco me cerraba. Me transformé”, confiesa.
El negocio que nadie vio venir
En la primavera de 1978, cuando el turismo de avistaje era apenas una idea sin nombre, Pinino llevó a sesenta personas a ver ballenas. Eran en su mayoría extranjeros y grupos de buceo de Buenos Aires. “Me pareció una barbaridad -recuerda y se ríe-. Qué buen negocio”, calculó en silencio. Al año siguiente, llevó doscientos pasajeros. Y así fue creciendo algo que hoy mueve cien mil personas por temporada, repartidas entre las seis empresas que operan desde Puerto Pirámides.

Lo que Pinino y sus contemporáneos tardaron un poco en dimensionar era que no estaban ofreciendo un paseo en bote sino un encuentro sin equivalente en otro lugar del mundo. La ballena franca austral eligió este rincón de la Patagonia como su área principal de cría y reproducción. Cada año, entre mediados de junio y mediados de diciembre, regresan. “Es la principal área de cría y reproducción de la ballena franca austral, reconocida en todo el mundo. Para la provincia es importantísima porque es el elemento atractor: si bien hay más fauna marina y terrestre, la ballena es lo que trae a la gente”. Con ella llega el turismo que hoy sostiene buena parte de la economía del noreste del Chubut.

La temporada dura seis meses. Las salidas, desde Whales Argentina -la empresa que fundó Pinino-, cuestan entre $150.000 y $180.000 pesos por persona según la época. Son pocas horas en el agua, pero la densidad de lo que puede pasar en ese tiempo no se puede calcular de antemano. Pinino conoce bien la paradoja del avistaje. “Todos los viajes son diferentes e intensos. Y después de casi cincuenta años en este mar, nos seguimos asombrando”.
Un viaje perfecto tiene de todo: aproximación máxima de la ballena a la embarcación, un salto, la posibilidad de ver la cola, un cachorro y una madre jugando, una ballena que rola y vuelve a saltar… Todo eso puede suceder en una hora. “Increíblemente, aún cuando se da esa condición, puede haber un un pasajero que dice ‘yo creía que íbamos a ver más ballenas. Porque vimos cinco y saltaron pocas veces’. De alguna manera, reconoce Pinino, el turismo es víctima de su propio éxito promocional. La gente llega imaginando una manada. Y las ballenas son animales solitarios, que eligen estas aguas precisamente por su tranquilidad.
Esa tensión entre la expectativa y lo real es parte del oficio. Pinino la gestiona con décadas encima y un ojo entrenado para leer el mar y a las ballenas. Hay agencias que le piden específicamente que él saque a sus pasajeros. “Con los años desarrollé un buen ojo. Pero todos los capitanes del equipo estamos entrenados igual. Sabemos cuándo un animal va a ser cooperativo, cuándo conviene esperar, cuándo moverse”. Y eso no se aprende en un libro, se aprende navegando este mar todos los días durante décadas.
Esa mirada atenta al comportamiento animal fue también la que lo acercó a la ciencia. En 2005, Whales Argentina financió un proyecto de investigación junto a especialistas del CENPAT-CONICET para demostrar algo que él observaba cada día en el mar: que las ballenas se alimentaban dentro del Golfo Nuevo. “Yo las veía con la boca abierta, filtrando en la superficie, y otras salían con barro en la cabeza después de bucear. Al principio nadie me creía, pero decidí juntar pruebas”. El estudio se publicó en 2010, y confirmó por primera vez ese comportamiento alimentario. Sus embarcaciones fueron la plataforma desde la que se lanzaron las campañas científicas.