En el Valle de Traslasierra se respira un aire de comunidad y sentido de pertenencia que se transmite a los productos. Y esto define una identidad que los productores están convencidos que hay que construir y mantener. Transformada en una región de gastronomía de calidad, los vinos se han convertido en el sello distintivo. Hacer vinos de lugar es, en Traslasierra, un hecho que todos defienden, mostrando con orgullo los frutos de un trabajo que empezó hace más de 20 años con los primeros vinos que empezó a elaborar Nicolás Jascalevich en El Noble, en San Javier, un pionero que fue entusiasmando a otros que se sumaron y pueden enorgullecerse de haber creado la categoría “vinos de Traslasierra”.

Recorrer Traslasierra siguiendo el camino que dictan las bodegas es una excusa perfecta para conocer productores y enólogos que se desviven por lograr un producto distintivo. Y ya están logrando premios importantes, como el caso de Achala Bodega Exótica, que está en Las Calles subiendo a las cumbres en una zona montañosa rodeada de monte nativo cuyo suelo se asemeja a los mejores suelos de Burdeos, que ya ha logrado instalarse entre las bodegas más destacadas de Argentina.
También está la historia de los que recién empiezan y transitan el sendero de la emoción con sus primeros vinos, como la pareja de Oriana y Diego de la bodega Santos Quiroga, en Los Molles, con viñedos plantados hace 20 años y que adquirieron hace poco para instalarse lejos del ruido de Buenos Aires. Estos pequeños proyectos dan una de las claves por las que atraviesa Traslasierra: escapar de la ciudad, instalarse en el campo, vivir de lo que se produce, transmitir el paisaje en vinos. En Villa Las Rosas está Viarago y no muy lejos está Sierra y Monte, emprendimientos que hacen del vino una manera de disfrutar la naturaleza.
San Javier es algo así como el centro neurálgico de la actividad porque hay muchas bodegas y actividad gastronómica. La Matilde elabora vinos bajo el concepto de la biodinámica que se pueden probar en el restaurant. Las Breas y Finca La Juliana ofrecen probar sus vinos mirando el paisaje, dejarse llevar por los aromas del monte y el contexto ecológico para apreciar las diferencias. En lo alto de la montaña, por un camino pedregoso y con una vista excepcional está Piedra Mora, que esperan a los comensales con generosa hospitalidad.

“Hay que venir con el paladar abierto para apreciar lo que el paisaje ofrece” dice Goyo de la bodega Aráoz de Lamadrid. Elegida la mejor bodega turística de Córdoba, mostrar la singularidad del paisaje a través de los vinos es el eje que mueve a Goyo y Ana en esta aventura. Un modelo que ha convertido en un modo de vida y en una apuesta por el turismo de categoría haciendo vinos cada vez más auténticos, explorando una gran variedad de cepas y nuevas etiquetas con un proyecto consolidado que apunta cada vez más alto, ofreciendo alojamiento, degustaciones y recorridos por los increíbles viñedos plantados respetando el monte nativo.
El exotismo tiene su lugar en la bodega Kirton, en Luyaba. Un trotamundos de novela, Ricardo Kirton volvió de Inglaterra en donde tenía un restaurant en el que supieron almorzar los Rolling Stones y plantó un viñedo con uvas syrah, una aventura que a sus 74 años lo llevó a ser reconocido como el rosado revelación de Argentina en la guía de Tim Atkin.
El recorrido, además del éxtasis ante las Altas Cumbres, el monte, el aire fresco y radiante, lleva a reflexionar sobre los vinos. Es evidente la diferencia entre los afrancesadamente elegantes de Achala y los crudos y jugosos de La Matilde, por hablar de dos bodegas que plantean dos extremos gustativos. Detrás de esas diferencias hay una serie de conceptos muy bien registrados que marcan la particularidad de la región. Un perfil que trata de resaltar lo que los franceses llaman terroir, dejando el monte nativo conviviendo con los viñedos de manera orgánica, trabajando con uva propia y haciendo un uso limitado de la madera para evitar el maquillaje del roble y que el vino sea auténtico reflejo de la naturaleza.
Si no hay tiempo de ir a todas las bodegas, acercarse a Santa Calma, el restaurant de Nitu y Maru en donde además de comer gloriosamente tienen todos los vinos de la zona disponibles para tomar ahí mismo o llevar. Hospedarse rodeados de viñedos o en alguna cabaña cercana, o en complejos precioso como La Hondonada le presta a este viaje un singular atractivo. Vino, arte, quesos, paisajes, todo está presente en Traslasierra para recorrer con tranquilidad y probar en cada copa lo que la naturaleza ofrece.
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