Voy de Viaje
Juan Toselli

Cómo estaba Córdoba hace 200 años: el relato de un viajero inglés

El libro casi desconocido de Alexander Caldcleugh, quien cruzó las Altas Cumbres y visitó la ciudad de Córdoba en 1821, cuando la capital estaba asediada.

Sergio Carreras|05 de mayo de 2019 a las 12:37 a. m.
Cómo estaba Córdoba hace 200 años: el relato de un viajero inglés

Alexander Caldcleugh nunca había querido conocer Córdoba. Este viajero inglés nacido en Londres en 1795, hijo de un naviero, había comenzado su tour sudamericano en Río de Janeiro, adonde arribó en 1819 como secretario privado del ministro británico ante el gobierno portugués, sir Edward Thornton.

Su posterior plan de viaje era simple: conocer Buenos Aires, cruzar la Cordillera hasta Santiago, embarcarse a Callao, regresar a Chile y luego volver a Río, partiendo desde el muelle porteño. Pero las cosas no salieron como las planeó.

Cuando, volviendo de Chile, puso pie en territorio mendocino el 9 de junio de 1821, luego de nueve días de cruce cordillerano en mula, se dio con la incómoda sorpresa de que no podría volver a Buenos Aires por el camino que se había propuesto.

Era un época con naciones flojas de fronteras y gobiernos precarios, y en la cual todavía se mantenían altas las probabilidades de morir decapitado por un ataque indio o atravesado por espada o cuchillo en cualquier recodo del camino.

Así fue como los malones y las guerras civiles se combinaron para cortarle el camino directo por la pampa, y no le dejaron a Alexander otra opción que hacer un rodeo: pasar por Córdoba si quería seguir hacia Buenos Aires.

Mapa incluido en el libro de Caldcleugh. (Biblioteca Beagle, de Darwin)
Mapa incluido en el libro de Caldcleugh. (Biblioteca Beagle, de Darwin)

Gracias a la beligerancia de los indios y a las sangrientas maneras caudillescas hoy, a 200 años de su viaje, podemos contar con el excelente testimonio de un gran observador, que se contó entre los amigos del biólogo Charles Darwin.

Caldcleugh llegó a Córdoba guiado por un baqueano y en compañía de una veintena de caballos y mulas. Era junio de 1821 y la ciudad contaba con sólo 14 mil habitantes y su Universidad apenas albergaba a un total de 100 estudiantes. Además, esos días Córdoba se encontraba en guerra. La actual plaza San Martín estaba llena de cañones y los accesos defendidos por trincheras, donde dormían los soldados, negros en su mayoría.

Por las sierras cordobesas

La provincia –cuenta Caldcleugh en el libro de dos tomos que publicaría después en Londres– se encontraba bloqueada por el chileno José Miguel Carrera y el repliegue del caudillo entrerriano Francisco Ramírez. El gobernador Juan Bautista Bustos había tomado licencia para salir a enfrentarlos al campo de batalla y su reemplazante interino, Francisco de Bedoya, había movilizado a toda la ciudad de Córdoba para organizar la defensa ante un ataque que se creía inminente.

Pero antes de poner pie en la Capital, Alexander Caldcleugh había realizado un interesante itinerario cruzando “la sierra de Cordova”.

Entró al actual territorio de la provincia a la altura del río Quinto, proveniente de La Punta, San Luis, donde había pasado la noche en la casa de un cura, que se hacía servir por una familia. Un coronel intentó disuadirlo de continuar el viaje, ya que –le advirtió– los indios lo encontrarían y en una hora lo dejarían “desnudo como nació”.

Caldcleugh, dueño de un espíritu burlón que se trasluce en su relato, le dora la píldora al militar diciéndole que sus tropas eran tan ordenadas y disciplinadas como las europeas, pese a que los soldados, apenas llegado, le habían rapiñado sus cuernos de toro con toda la reserva de brandy que llevaba.

Luego de pasar la noche en la estancia del coronel, consiguió que lo deje proseguir hacia las sierras. Llegó el 14 de junio a la localidad de Cañada del Tala, que parecía abandonada hasta que comenzaron a salir mujeres y niños, único habitantes del lugar. Se habían escondido cuando vieron acercarse a los viajeros porque temían que fueran indios. Lo invitaron con “maizamorra” y le dieron un lugar para dormir.

Al día siguiente cuenta que avanzó todo el tiempo entre arbustos de mimosas y “jarillos”, entre “vistas magníficas”, con cascadas que caían de la montaña, grandes masas de cuarzo y mica, y sauzales que formaban parte de una “vegetación lujuriosa”. El inglés apuntó también algo que le llamó la atención: esta zona de la provincia se encontraba densamente poblada, a diferencia del resto del territorio argentino que había conocido.

Los capítulos del libro dedicados a su viaje por Argentina.
Los capítulos del libro dedicados a su viaje por Argentina.

Avanzó entre casas que tenían los techos cubiertos de maíz puesto a secar. Al llegar a Piedra Blanca, cerca de la actual localidad de Merlo, un sacerdote salió a saludarlo y lo invitó a desayunar. En su casa, vio que tenía un buen stock de libros, entre los cuales no encontró –dijo– algo que le resultara interesante.

Llegó a Luyaba, en el Valle de Traslasierra, y fue recibido por el juez de paz Eusebio de Cabral. “Me hizo sentar en la mesa de cenar. Entre otros platos había uno que parecía ser el favorito en la familia: pequeñas fetas de queso mezcladas con melaza de uva”. La familia del juez la integraban su esposa, tres hijas y dos hijos. Cuando se acercó a los telares, ubicados a la sombra de los árboles, las chicas que estaban tejiendo lo rehuyeron con timidez. Las encontró poco inclinadas a conversar y lo atribuyó a que jamás habían salido de su valle natal y nunca antes habían visto a un extranjero. Vio cómo elaboraban los colores con raíces de romero (amarillo), achiote (rojo) y algarroba (negro), mezclándolas con agua y sulfato de hierro.

A la hora de la cena, una de ellas le preguntó, muy seriamente, si creía que había un Dios. Caldcleugh, dándose cuenta de que los ojos de la familia cordobesa completa estaban fijos en él, prefirió responder positivamente, relajando el ambiente. Luego se ofreció a comprarle a una de las hijas la gran frazada que estaba tejiendo. Cuenta además que esa noche les describió las maravillas que conoció en otros países, sin privarse de decirles que vivían en un lugar bello con un clima sin igual, donde la felicidad parecía haber fijado su residencia.

Caldcleugh disfruta describiendo las supersticiones de la zona, en la que las aguas de un arroyo sirven para curar la aflicción, lo mismo que aplastar la cabeza de una pequeña víbora y aplicarla sobre ciertos puntos del cuerpo, o dormir con perros sin pelo para quitarse la flema.

La llegada a la ciudad

Luego de reponer mulas y caballos, el viajero salió con su guía a las 3 de la mañana, y toda la familia se despertó para verlo partir. Dejó Luyaba bajo una brillante luz de luna, subiendo por una huella angosta, entre pajonales y murallas de granito rojo, hasta el filo de la montaña. Esquivó parches de nieve, pasó junto a viviendas rotas que, le dijeron, fueron construidas por indios, y contempló las cruces de viajeros que habían tenido menos suerte que él.

Traspasado de frío, comenzó a bajar hacia la actual zona de Villa Yacanto. Armaron campamento junto a un río y tomaron unas tazas de mate caliente. Luego continuó hacia el “valle de Yrriartes”, donde encontró una “iglesia magnífica” construida por los jesuitas. Allí recibió información descorazonadora sobre la ciudad de Córdoba: estaba bajo permanente amenaza de ataques de Carrera y de los indios.

Llegó a la villa Anisacate, que acababa de ser arrasada por un malón y todavía estaba humeante. El camino se tornó interminable. Sus caballos estaban extenuados, el que montaba se cayó tres veces bajo su peso. “Pensé que Córdoba se había hundido en la tierra”, escribió. De madrugada, al borde del desmayo, encontraron un camino bien cuidado, que descendía lentamente y le sirvió para comprobar lo que le habían dicho: Córdoba fue construida en un pozo.

“Fui directamente -contó- a la casa de gobierno, a darle mis cumplidos al gobernador, entregarle algunas cartas y cumplir con las formalidades”. Vio los cañones y trincheras frente a la Catedral. Al día siguiente, el 19 de junio, se dedicó a caminar por la ciudad. Conoció el río Primero, especuló que Jerónimo Luis de Cabrera había elegido el lugar para la ciudad porque del otro lado del río había un muro de barrancas que servía de protección natural contra los indios. Observó que las casas eran más altas que lo usual en España y casi todas estaban adornadas con balcones. Visitó 14 iglesias, a las que calificó como de “excelente gusto e interiores elegantemente adornados”, que atribuyó al trabajo de los jesuitas.

Tapa del libro, en la reedición de la Universidad de Cambridge.
Tapa del libro, en la reedición de la Universidad de Cambridge.

Al gobernador Bedoya le mostró la carta de presentación que le había dado Deán Funes en Buenos Aires, por si alguna vez le tocaba pasar por Córdoba. Su hermano Ambrosio Funes le confió que Córdoba había salido muy perdidosa luego de la Revolución de Mayo, dándole como ejemplos la destrucción del tráfico de mulas (principal fuente de subsistencia), la decadencia de la Universidad y la falta de ciencia e información que sufría la ciudad. “Debe ser costumbre –escribió– recibir al extranjero con música porque esa noche dos bandas tocaron para mí”.

Luego el visitante quiso averiguar sobre un particular fenómeno que, le comentaron en Buenos Aires, tenía la ciudad de Córdoba: el Pizón. Era, le dijeron, un ruido como de martillo, de sellado, que cada tanto surgía de las profundidades del suelo, sin que nadie supiera decir exactamente de dónde.

Caldcleugh conversó también con un productor rural que se quejó de los diezmos que debía pagar a los curas de la Catedral, a los que además había que pagar 21 “dólares” por un entierro y 28 por un matrimonio. Pasó tres noches en la ciudad de Córdoba y luego siguió su camino. Siguió por el río Segundo, Monte Redondo y fue guiándose por las postas del camino. Se encontró con una viuda que le pidió que la ayudara a escribir una carta al domicilio que tenía su marido muerto en Buenos Aires, para comprobar que efectivamente estaba muerto. Durmió en Los Ranchos, donde sus anfitriones lo obligaron a hincarse y rezar el rosario una y otra vez. “Pensé que nunca terminaría”.

Siguió su ruta esquivando agujeros de “biscacho” y contratando guías que lo ayudaran a esquivar las partidas de los indios. Remarcó que, en Sudamérica, la gente no tenía idea del tiempo y el espacio, y que nadie era capaz de distinguir una hora de otra, ni una cuadra de una legua, por lo que siempre eran poco confiables las indicaciones que le iban dando en el camino.

El libro que Caldcleugh publicó en 1825 se llama Viaje por Sudamérica durante los años 1819-20-21; contiene un relato sobre la situación actual de Brasil, Buenos Aires y Chile. Su paso por Córdoba aparece en el segundo tomo. La traducción al español hoy se vende en sitios de internet, aunque muchos lo conocieron recientemente cuando Google escaneó un ejemplar en la biblioteca de la Universidad Stanford, en California y lo subió a la red. Puede leerse acá.

La Junta Provincial de Historia publicó en 1973 un libro, recopilado por Carlos Segretti, llamado Córdoba, ciudad y provincia (siglos XVI a XIX) según relatos de viajeros y otros testimonios, que menciona la obra, aunque el nombre de Caldcleugh está ausente en la mayoría de los trabajos históricos sobre la provincia. El historiador Roberto Ferrero dice que se trata de un autor que no ha sido citado, porque la historiografía oficial de la provincia prefirió basarse en otros viajeros y fuentes de la época.

Su relato es un testimonio que no sólo tiene interés histórico, sino que además es muy placentero desde lo literario. Es nada menos que un viajero, con ojos del recién estrenado siglo XIX, llegando a la Argentina, a la ciudad de Córdoba, hace casi 200 años.