Pocas cosas cargan con tanta expectativa como un viaje. Viajar se nos presenta como el cumplimiento de un deseo largamente imaginado pero a veces la realidad nos decepciona y sentimos culpa por no disfrutarlo al máximo, sobre todo teniendo en cuenta los ahorros que destinamos.
Si bien a todos nos gusta viajar, no a todos nos gustan las mismas cosas. Entonces, en los preparativos de ese viaje soñado, conviene tener una conversación sincera, con uno mismo y con los compañeros de viaje, para no tener desilusiones.
¿Qué tipo de viajero soy? ¿Urbano o de naturaleza? Y si soy de naturaleza, ¿de cualquier tipo de paisaje? ¿Me da lo mismo la montaña, la estepa patagónica, el desierto, la playa o la selva tropical? ¿Odio el frío? ¿No soporto el calor? ¿Soy un viajero solitario o viajo con niños? ¿Disfruto armar mi propio viaje o prefiero comprar un paquete? ¿Saber cada detalle de lo que voy a visitar o ir a ciegas?
Viajar a grandes ciudades implica caminar muchas horas y estar dispuesto a hacer cola para entrar en los sitios de interés. En primer lugar, tenemos que contar con un calazado apropiado –y probado, nunca a estrenar en el viaje–, ropa cómoda, una mochila o riñonera o bolso práctico para estar fuera del hotel por horas. No está de más llevar una de esas unas bolsitas que guardan una bolsa para cargar esos souvernires que nos juramos no comprar, pero que compraremos igual.

¿Cuándo ir a una gran ciudad? Caminar horas con 30 grados no será el mejor plan. Julio y agosto es temporada altísima en Europa y, al calor, se sumarán multitudes y precios altos. Enero y febrero, Nueva York y la mayoría de las ciudades de Europa suelen estar bajo cero. Y si bien la ciudades blancas tienen su encanto, no son las condiciones ideales para caminar cuatro o cinco horas, y podríamos terminar entrando a cada rato a las iglesias ya no por interés turístico, sino a tomar calor porque se nos han entumecido las mandíbulas.
No está de más echarle una mirada al mapa de la ciudad antes de viajar, ver la ubicación del hotel y la distancia a los dos o tres lugares que seguro querremos visitar. Aún con la ventaja actual de caminar mirando el google maps, no es fácil retener nombres extranjeros –en Berlín todas las calles tienen veinte letras y terminan en “strasse”, ni hablar las que tienen otras grafías como el japonés–. Los grandes museos como el Louvre, el MoMA, la galería Ufici en Florencia o el Prado en Madrid, son ciudades en sí mismas por lo que no hay tener culpa de elegir de antemano las dos o tres salas que nos interesan y dejar el resto. Quien pretenda ver todo, a la cuarta sala no sabrá si está viendo arte escandinavo o un jarrón egipcio.
Siempre es mejor comprar las entradas online con anticipación –algunos lugares hasta se puede elegir la franja horaria– para minimizar la espera en la fila, ya sea un museo o un edificio icónico, ya sea el Burj Khalifa o el Empire State. Nadie quiere estar cuatro horas bajo el sol para entrar al Vaticano.
Es inevitable perderse en las grandes ciudades y caminar inútilmente hasta llegar al lugar deseado. Por eso, aunque parezca caro, conviene tomar el bus turístico hop on-hop off el primer día porque nos permite ubicar los sitios de interés y llegar directamente.
¿Cuál es tu paisaje?
Los paisajes tienen sus almas gemelas. Algunos piden aderenalina y aventura, otros son sosiego y relax. Para algunos, “la alegría brasileña” resulta abrumadora. El calor, la playa, el trópico es demasiado estimulante para su espíritu contemplativo. Para ellos, no hay nada como el silencio de la montaña, allí encuentran paz y serenidad. Para otros, montaña es dolor de rodillas, polvo, quietud…aburrimiento. La estepa patagónica suele fascinar a los europeos, esa vastedad de color pardo, los arbustos espinsos agarrados a la tierra para soportar el viento feroz, a otros nos parece angustiante (¡recuerdo el viento chiflando en la canilla del hotel!). Los inquietos tienen un plan distinto para cada día: rafting, canopy, trekking, los que buscan reponer energías quieren reposera, spa y runrún del mar.
Viajar con chicos requiere un análisis especial: un destino mal elegido suele ser estresante y da más trabajo a los padres –en especial a la madre– que todo el año junto. El desafío de estar 24 horas juntos una semena entera, compatibilizando intereses y encontrando un programa que les guste a todos, suele terminar en discusiones y berrinches. Para esa etapa familiar –un hijo en primaria, otro en secundaria– un crucero puede ser la salida ideal: cada uno elige algo distinto y se reúnen para el almuerzo o para una actividad común. Los cruceros también son el mejor plan para quienes ya no les encanta caminar todo el día una ciudad y la ven desde cubierta con un vaso en la mano.
Por último, habrá que definirse entre los que están meses diseñando su propio viaje, mandando mails y mirando YouTube o entre los que se sientan en una agencia de confianza compran un paquete para compartir el viaje con desconocidos.