Vientos constantes, desierto inacabable, enormes distancias, paisajes agrestes en los que a lo lejos surgen torres de petróleo. La estepa patagónica pareciera un lugar inhóspito para un emprendimiento que pensara en lo natural. Pero la tenacidad del hombre suele prevalecer ante los desafíos geográficos y en Neuquén hay sobrados ejemplos de esa firmeza en el esfuerzo por sacar de la naturaleza frutos.
La ciudad de Neuquén es el epicentro de una dinámica transformación empujada por Vaca Muerta, un antiguo yacimiento petrolífero que en los últimos años tuvo un extraordinario crecimiento. Y la ciudad crece y también los emprendimientos que se la juegan por ganarle territorio al desierto.

Neuquén se ha convertido en una de las regiones más atractivas en cuanto a elaboración de vinos, que, si bien representa un pequeño porcentaje del total nacional, se está imponiendo por el registro diferencial, en especial con el pinot noir, en medio de un paisaje que esconde una belleza muy particular.
Vinos con identidad
La estepa patagónica que rodea a la ciudad de Neuquén está salpicada de pequeños oasis productivos que conviven con la actividad petrolera. Un ejemplo es San Patricio del Chañar, que en los últimos años se convirtió en centro de interés por varias bodegas que elaboran vino. Enclavada en medio de la estepa, a unos 50 kilómetros al norte de la ciudad de Neuquén, a principios este siglo un emprendimiento inmobiliario despertó las ansias de inversores dispuestos a desafiar las inclemencias del tiempo para plantar viñedos.
La Bodega Malma se destaca por ser una de las primeras en desarrollar eso que parecía una especie de locura: hacer vinos en medio del desierto. Propiedad de la familia Viola, que originalmente fueron los que desarrollaron el emprendimiento inmobiliario y después devinieron en bodegueros, Julio Viola y sus dos hijos se sienten orgullosos de su actividad y fueron la sede de la Fiesta de la Vendimia Neuquina en la moderna y espectacular bodega.

Lejos de repetir recetas conocidas, la búsqueda de una identidad propia es el objetivo. “Esta es una zona de mucho viento, de gran amplitud térmica por el frío en las noches, de manera que hay una sanidad natural de la planta que nos permite ser orgánicos y producen una uva muy particular” dice Lucas Quiroga, enólogo de Malma desde los comienzos, por lo que conoce todas las minucias y caprichos de la naturaleza. “La acidez es la llave que abre las puertas a la identidad de los vinos de la Patagonia y eso es lo que hay que tratar de mantener como columna vertebral del vino que le da una particular frescura” sostiene Lucas. Los sunset en la bodega y el restaurant son el atractivo para captar al turismo.
Pequeños emprendimientos de grandes vinos
Entre el río Neuquén y las bardas, que son una formación geográfica característica de la Patagonia, hay franjas de tierra especialmente nutritivas por los sedimentos. Rubén Patritti es cordobés y construyó su bodega con su nombre mientras se dedicaba a la actividad petrolera. Es de los pioneros de la zona y hace unos años vendió la bodega a un importante grupo nacional y se mudó a otra bodega más pequeña un poco más arriba. “Tengo 82 años y siento que el vino entusiasma y te da energías para seguir haciendo cosas” dice, mientras da los toques finales al cordero a la llama que está preparando. La especialidad es el merlot y un blend homenaje a los sommeliers, siempre siguiendo el perfil generoso en fruta, elegante en su constitución y profundo en boca.

Al lado está la bodega de Enrique Aicardi, cuyos abuelos vinieron de Liguria y que trajeron vides en el barco y las plantaron en Santa Fé, aún sabiendo que nunca darían buena uva. Ahora él siente que ese legado forma parte de su deber. “Miren lo que es esto. La estepa patagónica es una experiencia espiritual, me moviliza todo” dice abriendo los brazos señalando unos caballos pastando en la inmensidad. En la pequeña y confortable bodega elabora varias etiquetas. Aicardi viene del mundo de la tecnología por lo que todo en la bodega y los viñedos está altamente tecnologizado con sensores de humedad para que no le falte agua a la planta, paneles solares en el techo de la bodega y una estación metereológica. Nicolás Navío es enólogo de varias bodegas de la zona y muestra los suelos compactos por el tipo de carbonato de calcio: “Tuvimos que usar máquinas especiales para plantar, pero para las vides este tipo de suelo es muy nutritivo” dice.

Los grandes bodegas marcan el ritmo
Bodega Familia Schroeder se presenta como una imperdible visita, con el atractivo de los restos de dinosaurios que encontraron durante la excavación para hacer los cimientos de la bodega. El saurio descubierto lleva el nombre homenaje a la familia Panamericansaurus Schroederi y una de las líneas de vinos y el restaurant se llaman Saurus.
Al lado está Bodega Fin del Mundo de la familia Eurnekian, formando un combo de bodegas grandes que empujan la producción mostrando los vinos en todo el mundo y defendiendo la marca Patagonia, algo que Ana Viola, de Bodega Malma, resalta especialmente, ya que es una lucha fundamental para los productores defender Patagonia como marca geográfica.

Una ventaja es que la estadía en la ciudad está repleta de atractivos. Se puede recorrer la costanera caminando o en bicicleta bordeando el río. Los vinos de Neuquén son muy gastronómicos y los restaurantes ofrecen trucha y carne de cordero a lo que se suman los exquisitos quesos de Ventimiglia y en la misma ciudad está la bodega Mabellini, a la que se puede llegar caminando. El matrimonio de Carlos y Lorena compró la quinta pensando en las frutas, pero como fanáticos del vino reemplazaron por vides y hacen una variedad de vinos de notable calidad. “Viajamos por el mundo probando vinos y acá me gusta que se exprese la tierra y la historia, como homenaje a mis abuelos que hacían su propio vino” dice Carlos. En la bodega muestran con orgullo los foudres de roble francés de 1500 litros en los que descansa el pinot noir, de lo más destacado que se pueda encontrar de esta cepa en el país.

Como todo en la Patagonia, hay que ir dispuesto a la aventura y las largas distancias, a las sorpresas y las historias cargadas de emociones. Probar las variedades como el pinot noir y el merlot valen la experiencia sabiendo que se están probando vinos singulares y únicos, nacidos en un entorno extremo, con perfil propio y toques exóticos por las condiciones climáticas de la zona. El atractivo de los vinos se suma a los paisajes que tienen mucho para ofrecer.
