El destino más famoso de la provincia de Santa Cruz suele reducirse a una sola imagen: el frente colosal del glaciar Perito Moreno avanzando sobre las aguas turquesa del Lago Argentino. Y es justo, porque esa postal existe y vale cada kilómetro recorrido para verla. En esta nota van cuatro propuestas bien distintas, para presupuestos y gustos diferentes, pero con algo en común: ninguna decepciona.
Dormir frente al glaciar: Pristine Camps
La aventura de alojarse en uno de los glampings más increíbles de la Patagonia empieza antes de llegar. El acceso a Pristine Camps se hace por la Ruta Provincial 15, unos 45 kilómetros de ripio patagónico que ya anticipan lo que viene. El instructivo que manda el propio establecimiento avisa de tres puentes que hay que cruzar, de un desvío con cartel y dos tranqueras que abrir y cerrar: una blanca con "candado falso", otra verde un poco más adelante. Detalles artesanales que forman parte de la experiencia.

Pristine se asienta sobre la estancia privada Dos Lagos, con vista directa al frente sur del glaciar desde el Brazo Rico del Lago Argentino. No hay micros, ni pasarelas, ni el ruido del turismo masivo. La inmensidad recibe al recién llegado: la estepa, el silencio y los domos que se divisan a lo lejos, casi escondidos entre el paisaje. Construidos con madera y criterios de sustentabilidad -energía solar, residuo cero, racionamiento de agua-, son apenas seis suites con capacidad para 18 huéspedes, lo que garantiza una privacidad que hoy es casi un lujo en sí mismo.
Pero la experiencia que más impacta llega al amanecer. Apenas uno se despierta, acomodando la almohada, aparece la cara sur del glaciar. No hace falta salir ni buscar el ángulo. Está ahí, enorme, azul y blanco, al otro lado del ventanal. El espacio central del predio -un domo más grande y completamente vidriado- es donde se sirven las cuatro comidas del día: cocina de autor con productos regionales, maridada con buenos vinos. También es posible armar una caminata guiada exclusiva, a pie o a caballo.

Patagonia rural: Estancia Nibepo Aike
A 56 kilómetros de El Calafate se llega a uno de los rincones más auténticos del Parque Nacional Los Glaciares. Nibepo Aike lleva más de un siglo funcionando como estancia productiva, fundada por Santiago Peso, un inmigrante croata que llegó a principios del siglo XX. Hoy, tres generaciones después, sigue en manos de la misma familia. El nombre surge de combinar los apodos de las hijas del fundador -Niní, Bebe y Porota- y eso ya habla del espíritu del lugar. Es la única estancia dentro del Parque Nacional con actividad ganadera real: hay gauchos a caballo, ovejas que arrear, vida de campo genuina. La jornada incluye esquila, cabalgata y el momento que termina siendo el favorito: una competencia entre dos gauchos -uno joven, otro con años encima- en la que el grupo de turistas se parte en dos para alentar.
El gran momento: Safari Azul
Hay un día en todo viaje a El Calafate que es inevitable. El día del glaciar. La opción más popular son las pasarelas, y está bien. Pero para los que quieran acercarse de una manera más íntima está la excursión Safari Azul, operada por Hielo y Aventura, concesionaria del parque con más de 30 años de experiencia. La experiencia arranca en Puerto Bajo de las Sombras, cruza el Brazo Rico en barco durante 20 minutos y desembarca en la costa opuesta para una caminata de hora y media, siempre con el frente sur del glaciar enfrente.
Vale saber que hay que pagar la entrada al Parque Nacional Los Glaciares además de la excursión, y que conviene llevar vianda propia: en las pasarelas, antes o después de la navegación, cada uno saca su tupper, desenvuelve sus sándwiches y almuerza frente al glaciar. Mate incluido, si se puede. El cuidado del entorno es colectivo y espontáneo: nadie deja nada en el suelo.

Patagonia ancestral: Nativo Experience
Medio día en 4x4 por la costa del Lago Argentino, con paradas en los acantilados de Punta Bonita y en las Cuevas de Walichu, donde la cultura Tehuelche dejó sus pinturas rupestres hace miles de años. Termina con almuerzo o cena dentro de la cueva: sopa de calabaza, cazuela de cordero, mousse de chocolate y vino.
Pero lo que convierte esta excursión en memorable es el guía. Cristian es de esos que no solo saben: sienten lo que cuentan. Explicó que fue Francisco Pascasio Moreno, en febrero de 1877, quien bautizó estos lugares luego de remontar el río Santa Cruz durante un mes, arrastrando la embarcación contra el viento y la corriente. Al llegar, se subió a caballo, recorrió la zona y encontró las pinturas rupestres que ningún explorador previo había hallado. Las copió a mano en su bitácora. En ese mismo viaje, un encuentro con una puma estuvo a punto de costarle la vida. El río donde ocurrió se llama La Leona desde entonces.