Un análisis de los convocados al Bailando 2017: las pistas de la ira
Aunque intenten disimularlo con momentos de autosuperación acompañados por un pianito sensible, ShowMatch es un programa felizmente violento. Y esta violencia necesita la complicidad de todos los involucrados, desde jurados hasta movileros, con especial hincapié en los participantes. Por eso nunca rinden las figuras con demasiado renombre: no entienden que aquí el capital simbólico es la habilidad para la humillación propia y ajena. Pamela Anderson, Mike Tyson, Evander Holyfield o Marta Sánchez fueron para Tinelli una fuga presupuestaria.
Pero en este 2017 el ajuste económico benefició el guion del reality y se suprimieron las estrellas internacionales. El staff quedó prolijamente recortado entre lo más trash de la farándula. Esto es un acierto: el televidente espera la combinación exacta de sangre y purpurina; un baile virtuoso es anecdótico. A nadie le importa que Laurita Fernández y Fede Bal se sacudan con elegancia, la intriga pasa por descifrar los niveles de impostación. El espectador hará esa separación absurda entre persona y personaje para detectar cuántas emociones genuinas se filtra en un medioambiente obscenamente irreal.

“La Mole” Moli fue una clase magistral de explotación: dio todo lo que tenía para dar sin siquiera pisar el estudio. Lo mismo podría decirse de Naiara Awada: dure el tiempo que dure, su anhelo de protagonismo ya dio réditos y la obligará a ser la participante más virulenta y gratuita. Si no propone una reinvención en los primeros programas, corre el riesgo de gastarse los cartuchos.
Las mayores expectativas de lo kitsch recaen sobre La Tigresa del Oriente, El Dipy, Gladys La Bomba Tucumana y José Ottavis. Sus nombres despiertan un regocijo morboso que en su momento pondrán de fiesta a las redes sociales.
Las últimas incorporaciones dan cuenta de lo útil que será el escándalo para adocenar la narrativa: Flor Marcasoli, la tercera en discordia entre Fede y Laurita, y Nicole Neumann, recién separada de Fabián Cubero. Por lo general estos anexos se dan con el certamen iniciado, que aparezcan tan temprano alertan sobre la tintura de esta edición.
Quienes deberán esforzarse para no boyar entre las aguafuertes del show son los galanes Cristian Sancho y Gastón Soffriti. Más allá de sus caras bonitas y cuerpos tonificados, es difícil saber qué le ofrecerán al programa. De todos modos a cada participante hay que contarlo por dos: figura y soñador. Si en las primeras ediciones los bailarines eran una sombra del famoso, hoy tienen la misma envergadura en las previas. Maxi Diorio o Gabo Usandivaras son buenos ejemplos de este arco evolutivo. Hasta los coach serán debidamente exprimidos, como lo demuestra hoy “La Chipi”.
Una decisión astuta por parte de la producción fue incorporar a dos “no famosos”. Será interesante testimoniar cómo dos seres apacibles y mundanos se convierten, chicana tras chicana, en máquinas del agravio mediático.