Son lo que se hacen: nueva entrega de la columna "Lado B"
¿Personas y personajes son opuestos? Cómo se juega el juego mediático en la televisión, en la que se enfatizan rasgos de carácter propios o atribuidos por los demás.
Suponer que personaje y persona son opuestos es erróneo. Ningún sujeto debe considerarse dueño de su representación o mánager de la mirada ajena. Pensemos en Vicky Xipolitakis y planteemos tres hipótesis: 1. Es estúpida por inmanencia; 2. La estigmatizamos como estúpida; 3. Gestiona su estupidez como vector de identidad.
Las tres hipótesis, en lugar de excluirse, son complementarias.
Las personas interpretan roles según el contexto, variaciones de un mismo personaje según estén en sus trabajos, con amigos o amantes, con un perro o totalmente solos.
En este interaccionismo humano existe el vicio de evaluar una equidistancia de autenticidad entre persona y personaje, creyendo que mientras más auténtica juzguemos a una persona, menos de personaje habrá en ella.
“Yo soy así” es una fórmula verbal que justifica cualquier fatalidad del inconsciente. Si un sujeto no puede autoafirmarse porque “es así”, le queda como consuelo capitalizar aquellos rasgos de carácter que otros le señalan o enfatizan.
Este juego de apariencias parecería duplicarse en televisión, considerando que es un medio de comunicación consciente de su propio simulacro. El televidente sufre una sed insaciable de verdad, se desespera por revelar en el mediático cualquier porcentaje de falsedad.
¿Juanita Viale es una enfant terrible? ¿Zulma Lobato tiene problemas neurológicos? ¿Mauro Icardi es un ladrón sentimental? ¿Clever Abreu es un freak? ¿Susana Giménez sufre algún tipo de dislexia? La televisión eleva al cuadrado la paranoia ontológica.
Mirtha Legrand simplifica el problema: sus almuerzos y cenas se transmiten desde un set lujoso, un decorado que es la máxima expresión del arte kitsch. Los sirvientes entran y salen de cuadro y jamás se les ve la cara.
Este clima oligárquico no empuja a que Mirtha Legrand actúe oligárquicamente; sucede lo contrario: el programa funciona gracias a la correspondencia natural que hay entre oligarquía y Mirtha Legrand, porque bajo este contexto la anciana potencia su altanería, cada joya meciendo de sus colgajos faciales está premeditada para efectivizar el tono señorial y para que los invitados respeten un protocolo absurdo.
Moria Casán no activa su acidez cuando le avisan que está en el aire. Nadie controla el vaivén de una psicosis. Lo que hace Moria es regular su acidez para maximizarla en algún móvil, del mismo modo que un político enfatizará hasta el delirio su convicción ideológica en el momento adecuado.
Marcelo Tinelli no se apropia de un estilo de conducción canchero, irónico, misógino, humillador y falsamente desorientado: es necesario que estas cualidades yazgan en su persona para exacerbarse en el show.
Escándalos y llantos no surgen bajo el hechizo de la cámara. El mediático carece de astucia, su maquiavelismo es sucio y torpe y está incapacitado para manipular sus lacrimales: la emoción brotará de una fuente legítima y será catapultada por la presión del mismo contexto televisivo. Un escándalo puramente fingido no evoluciona, el espectador lo descubre, repudia y descarta. El impacto mediático aparece con magnificencia cuando se diluyen los límites entre persona y personaje.
Nazarena Vélez es un caso sublime y ejemplar. Objetivamente esta mujer sufrió aberraciones del destino y su dolor tiene como testaferro actas de defunción.
Sus apariciones en público nos fascinan porque estas muertes son capitalizadas por Nazarena para distinguirse como la vedette del horror y la tragicomedia. Persona y personaje jamás se disocian; en el extravío de su mirada y en el temblor de sus manos hay una verdad irrefutable. El buen mediático será aquel que fluya en el simulacro televisivo del mismo modo que nosotros fluimos en el simulacro social de todos los días.