Las artes adivinatorias en torno al comportamiento de la audiencia no alcanzan para comprender cuál es la clave del éxito de un programa. Masterchef Celebrity, la atracción del momento en materia de concursos y en la tevé abierta, transita una rara normalidad. La franquicia desarrolló el certamen grabando previamente los programas que la pandemia permitió, ya que en el comienzo, cuando todavía no se había realizado el lanzamiento, Analía Franchín y el Mono de Kapanga se contagiaron de Covid-19.
La situación parecía controlada hasta que en los últimos días se conocieron los nuevos contagios en el equipo: El Polaco, Vicky Xipolitakis y el jurado Germán Martitegui.
De todas maneras, con el crecimiento exponencial de las redes en pandemia, la decisión de cada gala eliminatoria del domingo enfrenta otro tipo de complicaciones.
Por ejemplo, el programa ya estaba grabado y entonces nada pudieron hacer los seguidores del Mono de Kapanga cuando el cantante quedó fuera de la competencia. El jurado salvó a Rocío Marengo y las redes se incendiaron ante esa decisión. Hasta hubo amenazas con respecto a torcer el curso de las eliminatorias, como ocurrió en Bake Off, desde ese lugar incontrolable y omnipresente.

Un nuevo elemento se suma a este tipo de programas que, en rigor, son falsos realities. Recordemos el devenir y la resolución de aquellos envíos maratónicos, de 24 horas y con un conductor, que no se parecen en nada al juego pulcro de las cocinas con distanciamiento obligatorio.
Cuando Gran Hermano irrumpió en la tevé, cambió la percepción. Los participantes vivían en la casa y las acciones ocurrían en tiempo real. Había resúmenes grabados, pero el desafío que se le presentaba también al espectador era la disponibilidad ilimitada para observar a los participantes que hacían cualquier cosa con tal de no ser eliminados. Fue un tema largamente atendido por la crítica de medios de la época.
Hoy las votaciones en vivo o las campañas en tiempo real se encuentran con otra modalidad. Es decir, el certamen avanza sin audiencia durante las grabaciones y recién al aire verifica logros y fracasos, no ya de las y los cocineros (en este caso), sino del programa como formato híbrido.
Jorge Rial comentó días atrás cómo era "la cocina" de Gran Hermano, cuando él azuzaba a un participante, manipulando su respuesta. En situación límite cada uno forzaba su propio personaje con una ayudita de esa voz que apenas lo nombraba o, más cruel aún, dejaba de nombrarlo. Así funcionaba. Los participantes dejaban que alguien jugara con ellos.
Volviendo a la cocina, dejar afuera al Mono fue un error. Cuántos más habrá, depende de la habilidad de la producción de Masterchef Celebrity para acompañar el entusiasmo de la audiencia sin resignar calidad ni coherencia.
Si el programa está grabado, la manipulación desde afuera es relativa. Con la novedad de los nuevos enfermos de Covid-19, quizás se acorte la distancia con la audiencia activa en las redes, esto es, al acortar los tiempos de grabación.
Se da la paradoja de que, a medida que transcurre el programa, los seguidores de los participantes se hacen escuchar, en simultáneo. Desde las cuentas alientan, se enojan, opinan. Si a Iliana se le cayó la tortilla, si Moldavsky se quemó la mano, si hubo miradas de enojo o discusiones, si en la subasta Boy Olmi se pasó de piola, si hay favoritismos, el tiempo real de las redes juega con una imagen que ocurrió días atrás. Es como discutir con una película.
El mundo de las redes vive su eterno presente, efímero y rabioso. El programa de mayor audiencia puede dar el salto cualitativo si logra una fórmula mágica para capitalizar la audiencia tradicional con las audiencias personales de los cocineros en competencia. Y todo eso, sin salpicar la cocina.