La columna: La desgracia de las celebridades
La repercusión por la muerte de Ricardo Fort fue el tema de la semana. ¿Qué explica esa fascinación por el glamour y la fragilidad de los famosos?
La chica mira la cámara como si nada ni nadie en el mundo real pudiera discutirle el nivel artístico de su actuación, performance set de DJ o lo que sea que esté haciendo. Y sin embargo, bastan muy pocos minutos, tal vez uno o dos, para constatar que su único talento consiste en haber podido pagar todo: desde el vestuario al look y los implantes hasta la producción artística de un disco en el que su voz suena afinada, algo que no consigue hacer ni siquiera en las ocasiones que debe hablar de corrido.
Pero, como dice un proverbio chino, "cuando el dinero es el que habla, la verdad calla".
Paris Hilton, de ella se trata, no desconoce nada de esto. Muy al contrario: lo más parecido al mundo real que la heredera más mediática de la televisión global habita sucede en los episodios de su vida que tienen algo que ver con su condición de celebrity fogueada en talk shows de baja monta y altísima difusión. El resto es inimaginable para el cualquiera que no tenga entre 100 y 200 millones de dólares en dinero y bienes como resguardo y fortuna personal.
Ricardo Fort no solamente fue lo más semejante a Paris Hilton que la farándula vernácula pudo ofrecerle a la televisión. Después del lunes 25 de noviembre, y a los efectos del rating televisivo y alcance web, podría decirse que el musculoso empresario es todavía más parecido a la heredera de los hoteles que ella misma, porque tuvo algo que la rubia socialité no cuenta en su haber: una dudosa y quizás hasta trágica muerte.
El viernes, con la exhumación de su cadáver para realizar una nueva autopsia que determine si hubo dolo, culpa o mala praxis médica en el fallecimiento de Fort, quedó confirmado. Nunca en sus cinco años de vida pública fue tan mediático como en la semana que lleva de muerto.
Los programas de televisión más seguidos desde entonces, las noticias más leídas de cualquier medio periodístico en Internet, tuvieron un protagonista excluyente que alcanzó su mayor pico de fama a partir de una desgracia. ¿Por qué? Por morbo.
El libro The joy of pain: Schadenfreude and the dark side of human nature (El disfrute en el dolor: la alegría por la desgracia ajena y el lado oscuro del la naturaleza humana), publicado por la Universidad de Oxford en julio de este año, el psicólogo Richard H. Smith, llega por vía de estudio a lo que suponemos desde hace tiempo.
Lo que hace irresistible a las noticias que involucran a celebridades como Fort es que ponen en evidencia los problemas de la gente que vive en ese mundo. Posiblemente, haya algo de envidia en la visión que se tiene sobre la vida de esas personas, a la vista de los demás, supuestamente perfecta y sin carencias.
En el estudio se examinaron 10 semanas de la revista National Enquire. Para cada historia se calificó el hecho noticiable de la persona protagonista, y se tomaron en cuenta qué tantas desgracias le habían ocurrido (divorcio, escándalos, aumento de peso, problemas de salud, etcétera). Mientras peor era la noticia que involucraba a la celebridad, más atractiva resultaba su historia para los demás. Así de llano se puede explicar el espacio de prensa Web y televisiva que obtuvo la muerte de Ricardo Fort: si se trata de farándula, no hay mejor noticia que una mala noticia.
En definitiva, aunque no solamente, el combustible esencial que motoriza la popularidad de este tipo de informaciones es la satisfacción que provoca ver en situación de normalidad, "de gente común a la que también le ocurren cosas" a esos objetos de la idealización que la fama imprime en el inconsciente de cada uno. Envidiamos lo que muestran de su estilo de vida, o lo que creemos ver, por lo que cuando fallan es imposible no disfrutarlo.
Muy en el fondo, la schadenfreude (término que el idioma alemán acuñó específicamente para el hecho de alegrarse por desgracias ajenas) termina siendo originada por la constatación feroz de que "no somos nada". No importa cuántos millones, ni cuantos guardaespaldas, Rolls Royces, Harley Davidsons o dígitos en las cifras de las cuentas bancarias se posean, ese tipo que parecía irreal se asemeja a todos en la última de las instancias. El hecho de que haya pagado al contado y con su vida el precio de su sueño de fama no hace más que potenciarlo.
Un precio que, por cierto, ni Paris Hilton quisiera pagar.