Punto de vista: rebeldes con reparos
La niña abandonada en un auto durante un show de Divididos inflamó el coro de la condena moral en las redes sociales.
Durante un recital de Divididos, el cantante y líder del trío decide suspender la música hasta tanto no aparezca el padre de una niña que había sido rescatada del interior de un automóvil. La niña está llorando y al parecer el padre está en el show.
: “Vení, loco… vení a buscar a tu hija… animal”, pidió. El público corea insultos para el padre. "¿Cómo se puede seguir haciendo música después de esto? No dan muchas ganas", agrega el bajista Diego Arnedo. Varios minutos después, el padre de la niña aparece. Mollo lo anuncia. La gente insiste con su cántico de reproche. “Las prioridades son las prioridades”, sentencia el cantante, que, antes, y con la nena en brazos, también se había tomado tiempo para pedirle a otro fan que se bajara de una columna porque era “muy peligroso”. El reinicio del show marca el fin de la anécdota y el comienzo de una avalancha de moral conservadora. Por cierto: no hubo mayor inconveniente en seguir haciendo música después de eso.
El suceso rockero más relevante de lo que va del año tuvo como ingredientes principales dos supuestas virtudes denostadas por las versiones idealistas del propio rock: la cordura y la responsabilidad. Las principales radios dedicadas al rock se autopromocionan como desastres cívicos en ese sentido, y sus espacios publicitarios están precedidos y sucedidos por spots en los que su identidad rockera se relame en un cierto descontrol. La conducta paternalista de Mollo parece una disrupción de ese discurso, más apegado a venerar saltos desde un séptimo piso que a rescatar virtudes de un buen padre. Pero, lo dicho: la rebeldía libertaria del rock es parte de su parafernalia publicitaria. No necesariamente se despliega en los hechos. Hay que dejarlo todo por el rock. Pero no hay que tomarse tan a pecho eso, animal.
En Argentina la imagen que resulta del cruce entre el rock y los niños tiene una tragedia como tradición: los baños de
convertidos en guarderías son uno de los eventos insoportables de la memoria reciente del país. Es algo en lo que cuesta muchísimo pensar por la impresión dolorosa que se impone apenas uno empieza a imaginar lo que habrá pasado bajo las llamas del techo ardiente. La brutal condena social y jurídica sobre
aparece como un mecanismo de defensa que nos salva de ir un poco más allá. Pero… ¿qué sería ir un poco más allá?
Mucho, mucho menos trágico, el evento de Lincoln volvió a activar el motor moral del rock, que, a pesar de la rebeldía sobre la que funda su discurso de difusión, es una moral conservadora. La banda y el público asumieron prima face que el irresponsable de la situación, el animal, el loco, era el padre. A coro, y como antesala de un coro mediático mucho más imponente, se sentenció que el padre de la niña era “un hijo de puta”. Pero, al día siguiente,
. Que él estaba en el show, pero trabajando, y que la madre -a quien evidentemente desprecia-, estaba “de joda”.
Las excusas del padre sonaron “raras” para los tribunales de las redes sociales: la noticia del supuesto abandono se había difundido por todos lados con la fuerza viral que adquieren los eventos en los que cada usuario de las redes sociales puede reafirmar su bonhomía. Yo no soy como ese otro animal y loco. El rechazo moral fue unánime, cerrado, unívoco: esas cosas no se hacen.
Entre las muy pocas voces disidentes en relación a cómo se juzgó en Internet al padre de la niña por irresponsable y a la madre por (esto es increíble, y está tomado del portal de Exitoína) “cobrar planes sociales”, sólo encontré salidas humorísticas en Twitter, donde se comparaba la irresponsabilidad de encerrar a una niña en un auto por tres horas con “llamar a tu hijo Merlín Atahualpa”, que es el nombre del hijo de Mollo. El humor ayuda a escapar de la solemnidad. Afloja un tanto las tensiones. Y nos recuerda de un modo torpe pero efectivo que, si bien esas cosas no se hacen, hay que poner todo en perspectiva.
No importa aquí si es verdad lo que dice el padre. Tampoco importa si es verdad lo que dijo Mollo. Tampoco, en fin, importa si Mollo fue o no fue un tanto tribunero al mostrarse como el padre que todos querríamos ser (cariñoso, protector, responsable… y casado con Natalia Oreiro). Lo que en esta columna desdichada intento discutir es la ductilidad de la moral conservadora (¡con los chicos, no!) para imponer un discurso único sin mayores reparos, sin preguntar qué pasó, sin buscar con una mínima generosidad un contexto que explique las cosas más allá de lo sencillo que resulta tildar al otro de loco y animal y repostear la noticia para demostrar que uno no es así de hijo de puta.
Cuando vemos atacado lo que más apreciamos, nos alistamos al ejército que lo defiende sin preguntar demasiado. Pasa con los chicos y todo tiene un sabor a que uno está haciendo lo correcto. Pasa con los dólares y la propiedad privada y, también, se impone un sentido común que nos para bien frente a los locos y los animales. Preguntar qué pasó, comprender con generosidad la situación, desplegar y practicar una solidaridad y un amor que nos permita incluir lo que a primera vista puede resultar insoportable, parece demasiado pedir. El discurso único es ciertamente pragmático: resuelve rápido el dilema fortaleciendo el prejuicio. Discutirlo, al menos mínimamente, al menos, por ejemplo, sin sumarse tan rápido a esa condena, podría ayudar a que seamos realmente más responsables, a que tomemos sobre nosotros la responsabilidad en lugar de imputarla los otros como culpa para desembarazarnos de ella. Oh. Maldición. Me puse moralista.

