"In utero" cumplió 20 años; dolor y desencanto, somatizados
El último disco de estudio de Nirvana, cumple 20 años y se encuentra con una reedición muy recargada, que potencia los rasgos expresivos que Kurt Cobain exhalaba por entonces.
Una efeméride de hoy nos recuerda a otra inminente. In utero, el tercer disco de Nirvana, cumple 20 años, lo que inmediatamente dispara (nunca mejor usado este verbo) la sensación de proximidad del también vigésimo aniversario del suicidio de Kurt Cobain. Es pertinente recordarlo, el líder del trío de Seattle se pegó un escopetazo, quitándose así su propia vida e hiriendo de muerte del rock & roll, por eso de que su decisión blanqueó las contradicciones en las que se incurre cuando el éxito te abraza con toda la furia. Sobre todo cuando venís de un underground afectado por la ética punk, como en el caso de Nirvana.
Lo cierto es que In utero hacía prever en 1993 un desenlace como el que nos sumió en estado de shock allá por abril de 1994. Su marca estaba en haber podido somatizar el dolor intolerable por ejercer un estrellato que ayer nomás Cobain despreciaba, además de otros perennes padecimientos físicos y frustraciones psicológicas, rastros que se encuentran en una primera lectura de los diarios de Kurt.
Y ahora que llega en versión recargada de álbum doble, con demos, remezclas y un DVD para MTV que respaldó su lanzamiento (Live & loud), esta visión de la obra se vuelve cada vez más consistente. Porque este disco es mucho más que una reacción rabiosa al éxito inesperado e inconmensurable que se había alcanzado con Nevermind. Y esto es así por más que el bebe en la pileta a la caza de dólares dispuesto en la tapa de éste, corrompido desde que asoma al mundo, se limite a quedarse nadando en placenta en el disco inmediatamente posterior.
Además de la escucha del material producido por Steve Albini, a flor de piel, a corazón abierto, como todo lo que hizo por entonces el también manipulador de Pixies y de nuestros Fun People en The Art(e) of The Romance, el material audiovisual tiene unos segundos que revelan claramente el hastío de Kurt: sobre el cierre, y mientra Krist Novoselic descona un amplificador con su bajo para enrarecer el final de Endless, nameless, Cobain mira al público, hace una mueca idiota y aplaude al aire como comunicando "esto es todo, amigos; de esto se trata, de rescatar momentos de diversión entre tanto aburrimiento".
Las letras de In utero redondeaban de forma explícita lo imbancable que resultaba todo para un Kurt Cobain que, además de todo lo descripto, no podía quitarse la heroína, bajarse del caballo. En Serve the servants vociferaba que ya era un viejo, sin posibilidades de redimirse; en Milk it se regodeaba en su propio carácter parasitario; en All apologies ejercía una autoflagelación inédita en el rock corporativo; en Heart-shaped box quería chuparse un cáncer; en Rape me pedía a gritos que lo ultrajaran... Ese cuerpo ya no podía con su alma. Sólo le quedaba la posibilidad de martirizarse.

