Miradas opuestas al fenómeno Miley Cyrus ¿De qué lado estás?
Dos posiciones encontradas sobre Miley Cyrus y su accionar reciente. Lee la nota y decidí ¿de qué lado estás?
A favor: Sin cliente no hay twerkingDemian Orosz
El primer escándalo, cuando tenía 15 años y posó para Vanity Fair cubierta por una sábana, fue un preludio tierno en vista de lo que vendría. Miley Cyrus todavía era Hannah Montana, y los padres de niñas y preadolescentes fanáticas de la serie clamaron al cielo pidiendo recato. Después hubo baile en el caño, fotos de la nena consumiendo alcohol, un video fumando una pipa de agua. Ya estaba en marcha su plan de transgresiones a la medida de la industria.
Ahora Miley tiene 20 y todas las semanas se gana las tapas de revistas (está en la última edición argentina de Rolling Stone) y portales con un in crescendo interminable de guarradas y supuestos desafíos a lo que es tolerable en materia de exposición sexual. Para muchos, su twerking (una especie de perreo ultra hot y zarpado), las chanchadas con un dedo de goma y el franeleo con Robin Thicke en la entrega de los Video Music Awards (VMAs) de este año fueron el colmo. Y todavía faltaba que se prendiera un porro en los últimos MTV Europe Music Awards, cuando subió a recibir el premio al mejor videoclip por Wrecking Ball.
La chica creció, más o menos de golpe según los gustos, y parece que se la pasa bien en su loca carrera que va desde lamerle el trasero a un oso de peluche gigante hasta simular su adicción a los consoladores. Mientras, va dejando un tendal de mirones entre fascinados y escandalizados. ¿A alguien le sorprende que su derrape haya sido al mismo tiempo un atajo a la fama? ¿No es eso lo que se le pide?
En la última Rolling Stone, la enfant terrible suelta: "Todos dijeron: \'Miley le bailó a Thicke\', pero nadie dijo \'Thicke la manoseó a Miley\'. Sólo hablan de la que se inclinó. Así que es obvio que hay una doble moral".
En contra: La pose, de una pose, de una posePablo Leites
Desde que miró fijo por primera vez a una cámara hasta ahora, Miley Cyrus tuvo 18 años para entender cómo funciona la industria del entretenimiento en Estados Unidos, bautizado por el pragmatismo angloparlante como "showbizz". Así que no suena tan sorprendente que hoy se despache con una seguidilla de escandaletes de variada intensidad.
Al fin y al cabo, tiene que marcar un territorio que, desde Madonna a Britney Spears y de Lady Gaga a Rihanna, ha sido arado una y cien veces con una combinación nunca precisada de talento y provocación.
Lo que sucede con Miley Cyrus es que es muy difícil creerle. A sus 20 años, tiene seteados todos y cada uno de sus momentos: ¿Querés emociones fuertes? Ok, vamos en una Maserati Quattroporte modelo 2014 a saltar en paracaídas, a la vuelta comemos una hamburguesa con gaseosa gigante y a la noche vamos de fiesta a una disco, para volver y empezar el after en casa. ¿Qué fue primero? ¿El video de We can\'t stop o uno de sus sábados?
Miley Cyrus necesita todo eso, más el movidón de su baile en los Video Music Awards, más su desnudez perfecta sobre una bola de demolición para el video de Wrecking ball, más aparecer fumando marihuana en la entrega de los premios MTV Europa, más su desnudo con bodypaintig para el clip de una canción en la que es apenas una invitada. Lo necesita como parte de su estrategia, que no es otra que tensar la cuerda de la pacata doble moral del ciudadano medio estadounidense y que no se hable de otra cosa que de ella.
Todo muy bien. Supongamos que eso es tener rock hoy en día, pero nadie se impone como provocadora diciendo "hey, soy una provocadora y les tengo picado el boleto". Exagerada, la pose choca porque subestima al público, no por su contenido. Hasta Justin Bieber sabe eso.

