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Kanye West: una corona, de espinas o de lo que sea

Kanye West vuelve a alterarlo todo con un disco genial al que ha titulado "Yeezus". La obra, desafiante, oscura y delirante, no se corresponde con un momento de plenitud personal, que lo tiene felizmente casado y ejerciendo reciente paternidad.

07 de julio de 2013 a las 12:04 a. m.
Germán Arrascaeta, en Twitter @gron
Kanye West: una corona, de espinas o de lo que sea
Kanye West sorprendió a la industria con su nuevo disco, 'Yeezus'.

Si hay algo que abona la idea de que ésta es una nueva era dorada equivalente a otras tantas en la historia del rock & pop, eso es Kanye West, el rapero más a flor del piel que haya arrojado la cultura del hip hop, tan megalómano como conflictuado y genial.

Tras una parábola ascendente y refulgente de cinco discos, en la que se ha canonizado como ícono, estrella vulnerable y desafiante para con los lugares comunes del star system que lo contiene, hoy llega a Yeezus. Se trata de una obra que no se corresponde para nada con un momento personal de plenitud, que incluye estabilidad emocional por haberse casado con otra súper estrella, la reality star Kim Kardashan, y reciente paternidad de una niña a la que ha llamado North. Nombre que da Noroeste puesto al lado de su apellido. Otra que Merlín Atahualpa.

Si el bienestar llama al sosiego, aquí no se nota. Porque al mismo tiempo que propone una oda egomaníaca (I\'m god es muy elocuente), West se expresa desaforado y de modo antojadizo sobre racismo, violencia, arribismo, sexo. Y lo hace mediante modos nada amables, alterando desarrollos, cortando y pegando, materializando una pared de sonido a la manera spectoriana pero en la que vale todo, desde cortar abruptamente un ritmo hasta manipular referencias vocales de modo exacerbado.

Olvídense de lo formal y cortés, como así también de una mirada complaciente al "código de barras" para un entorno de nuevos ricos con pasado callejero: en el biónico Black skinhead lanza "estos niggas (negros en el más despectivo de los sentidos) no están haciendo una mierda", mientras que en el alterado dub New slaves condena el hecho de desactivarse al momento de conseguirlo todo.

Pero claro, no le pidan a Kanye que no entre en contradicciones: al tiempo que advierte que las joyas (aludidas con el ya afamado bling bling) llegan manchadas de sangre, también comete la barbaridad de plantear "You see it\'s leaders and there\'s followers / but I\'d rather be a dick than a swallower". La traducción, a consideración del lector.

Como sea, aquí Kanye West queda muy lejos de todo radar, porque trasciende el lugar común del afroamericano que anima la parábola "primero esclavo, después motor de cambio y, más cerca en el tiempo, empresario todopoderoso". Yeezus sugiere un nuevo disconformismo desde la cúpula y el costado económico de la vida resuelto.

En otro orden, West también logra que coexistan en un mismo track una base callejera con lo más fulgurante del soul. No es algo que no haya mostrado antes, pero aquí aparece con gesto radicalizado, salvaje y, por sobre todo, prepotente, aunque, paradójicamente, sin la prepotencia de marcar un deber ser. Porque en Yeezus nada es lineal. En este punto, vale acudir por sobre todo a Blood on the leaves, donde Kanye samplea a Billie Holiday cantando Strange fruit, standard de denuncia de racismo y maltrato contra los afroamericanos, para oponerle sus vivencias de celebrity perseguida por ex novias "perras" que buscan tener un bebé y que tienen el tupé de llamarlo "loco". O sea, usa un manifiesto supuestamente intocable, la canción de Billie, para contrastarlo con algo superficial como el revanchismo contra una ex, enfundado en sonidos que podemos calificar como "bocinas del Titanic".

Todo en Yeezus es desmesura, experimentación, un corte de manga a algo. Y es tan consecuente con esa idea la instrumentación elegida como la producción vocal, que merece un párrafo aparte en este relevamiento. Los contrapuntos (con Frank Ocean en New slaves; con Travis Scott en I\'m in it; con Kid Cudi en Guilt trip; con Chief Keef & Justin Vernon en Hold my liquor), los jadeos, el slang, el soul cantado desde las tripas, el flow desencajado por la furia. Todo esta expuesto con maestría, a modo de un collage arbitrario que, sin embargo, funciona como algo concebido con intenciones pop.

A este Everest, que sucede a otro que se presumía insuperable titulado My dark beautiful twisted fantasy (2010), Kanye no lo ha realizado en soledad sino en compañía de un racimo de colaboradores, todos célebres aunque en distintos niveles. Vayamos a los nombres propios más relevantes: Daft Punk, Rick Rubin y Hudson Mohawke. Es decir, el dúo francés que ha resignificado a la música disco de carácter orgánico, un requerido productor del rock internacional y uno de esos genios creadores que suelen afectar el orbe pop desde las sombras, respectivmante.

La elección de estos socios habla mucho de las intenciones de Kanye West: bailemos, pero hasta ahí, porque la furia y el desconcierto me ahogan. Vayamos al frente, pero no olvidemos la sutileza ni que en los niveles sensoriales estratosféricos que se alcanzan con la fama tienen un lado oscuro.

Otro detalle significativo de Yeezus tiene que ver con la ausencia de portada, justamente, en el caso de alguien que sabía alterar desde ese espacio. ¿Será una toma de posición? ¿Será que Kanye interpreta que el disco tiene un tracklist que no necesita un refuerzo visual? No se ha manifestado el autor sobre este particular pero sí sobre otros, en reciente entrevista con el New York Times. Van un textual revelador: "Pertenezco al linaje de Gil Scott-Heron, de grandes artistas activistas. Pero también pertenezco al linaje de Miles Davis, a quien le gustaban también las cosas agradables". Es palabra de Dios. O de Kanye West, alguien que cree estar muy cerca.

YeezusCalificación: Muy buenoKanye WestUniversal (2013)Precio sugerido: $ 100