Iván Noble: El crooner autodidacta
Ivan Noble tocó el sábado en Sala Astral y en el marco de la gira “Historia clínica”, que repasa su carrera en el rock argentino. Crónica.
Hace 20 años, Iván Noble tocaba la guitarra en un sótano de Capital Federal. Los Caballeros de la Quema, su banda, acababa de grabar su primer cd (luego de Primavera negra, un cassette pirata) y se presentaba en Arpegios, pleno San Telmo. Sonaba áspera, con un frontman de voz aguardentosa y potente que defendía sus canciones. Eran tiempos de un dólar-un peso y de su primer hit: Patri.
El sábado por la noche, en la sala Astral de Córdoba capital, Noble volvió a tocar aquella canción en el marco de la gira Historia clínica, que repasa su carrera en el rock argentino. Tocó en un lugar poco apto para una banda (los rebotes dificultaban la audición) como hace 20 años, pero con un track list de clásicos indiscutibles.
Noble ha decidido revisar su obra, mezclando canciones de Los Caballeros y de su fábrica solista, como exorcizando demonios ("Uno sabe que cuando deja una banda de rock lo odiarán o desconfiarán", dijo el sábado). Y mostró, en un buen resumen, que ha sido capaz de componer muy buenas, regulares y malas canciones. Temas redondos, rock de pura cepa y también estudiantinas en primera persona que, quizá, hayan demorado su llegada a la selección mayor de la música.
El sábado, Noble tuvo momentos notables. Recuperó joyas de Los Caballeros poco tocadas en vivo, como 4 de copas ó Mientras haya luces en el próximo bar y hasta regaló una potente versión de Avanti morocha sin aquellos prejuicios que llegó a tener sobre un tema crossover en la carrera de la banda, que terminó deglutiéndolos.
Puede darse el lujo de elegir qué tocar. Porque, hay que admitirlo: es un buen escritor. Y, aunque posee una obra despareja, cuando acierta es brillante. Su manejo de la metáfora pisa el límite de lo cursi, pero jamás lo cruza. Y si se bandea (como en Fe de erratas) el recurso supera con creces, por sutileza y guiños, a otros cantautores. Es que siempre envía señales de estudiante de sociología, callejero, inteligente y fanfarrón.
Sin pose, también tocó sus hits radiales (la popular muere por El chico de los mandados y Olivia), pero también castigó con una lúgubre versión de Milwaukee (un desvarío policial del primer disco, de más de 5 minutos). La platea se bancó el ejercicio melancólico a cambio de temas más amigables del song writer de Morón, aunque siempre hay un fan de la primera hora.
Dispuestas en abanico sus canciones muestran que se mojó en el rock comprometido de los primeros '90 ("Carlito" se asoció a Menem, y la tapa de su disco debut era una quema de basura) y que el aburguesamiento, al fin de la Convertibilidad (llegó a ser más famoso por enamorar a Natalia Oreiro que por Fulanos de nadie), terminó siendo un gesto de ruptura.
Es que, visto en perspectiva, el abandono del mainstream en aquellos años de éxito, cuestionando la cultura rock, dejó una banda menos pero abrió un brecha que Noble intenta llenar con su búsqueda de la canción perfecta, sin corsé. Su música se volvió popular, sin miedo al pop y hoy posee al menos 10 canciones reconocibles por el soberano. Temas como Un minuto antes de dejar de quererte o Bienbenito (¿algún rocker se animaría a tanta sensiblería?) son ejemplos. Canciones simples, de letras pretenciosas y estribillos irresistibles cantadas con convicción. Entradoras, movilizantes. Propias de un artista subvalorado por las altas huestes de la música.
Hoy, Noble sigue denominándose cantante de rock. Por eso gira, tocando como hace 20 años en salas pequeñas que se llenan con lo justo y que le brindan fidelidad especial, en clave de secta que lo venera acríticamente. Quizá falte para su consagración masiva, o eso tal vez no llegue. Tal vez, a él le cabe seguir por los suburbios del crooner autodidacta al que un buen show le alcanza para pagar los gastos comunes, el whisky y la cuota de socios en Boca.

