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Herencia sin reclamar

“El Flaco” fue el artífice solitario de un tipo de canción abierta, poblada de referencias. Como Astor Piazzolla con el tango, Spinetta, más que abrir un camino, lo clausuró.

08 de febrero de 2013 a las 12:00 a. m.
Diego Fischerman *
Herencia sin reclamar

Se habló de Luis Alberto Spinetta como el padre, el fundador y el maestro del rock argentino. Su obra puso en escena, siempre, otra cosa. Y su muerte lo refrendó. Como Piazzolla con el tango, Spinetta, más que abrir un camino, lo clausuró. Salvo la muy inmediata herencia de Charly García, Fito Páez y Jorge Fandermole, fue, en rigor, el único artífice de un tipo de canción abierta, polifónica, poblada de referencias y capaz al mismo tiempo de dar cuenta de la modernidad (internacional) y de las fuentes (argentinas).

Las diferencias con Piazzolla son, no obstante, significativas. Si el bandoneonista no tuvo hijos estéticos fue, en gran medida, por su propia voluntad: no hizo alianzas, negó hermandades, no reconoció continuadores. En el caso de Spinetta, en cambio, se trató, más bien, de un medio y de una estética incapaz de seguirlo y, mucho más, de tomarlo como punto de partida.El rock argentino, si se toma como comienzo aquel disco con el Hombre de la Tapa y canciones como Laura va y A estos hombres tristes, o incluso, algunos de los temas editados en simples, al principio de todo –Hoy todo el hielo en la ciudad, Tema de Pototo–, presenta la límpida superficie de un work in regress. De algo que, tras una luminosa explosión, fue empobreciéndose paso a paso a lo largo de los años. Lo cierto es que, en una recorrida por las mejores canciones de las últimas cuatro décadas, aparecen, una y otra vez, la firma de Spinetta y de esos primeros seguidores. Sumo, Los Redonditos de Ricota, Soda Stereo, Virus o Los Abuelos de la Nada sin duda aportaron un cuerpo significativo en la década de 1980 pero resulta evidente que nada –o muy poco– entre lo creado por quienes tienen hoy menos de 60 años está a la altura de –ni, curiosamente, suena más moderno, desafiante o riesgoso que– Los libros de la buena memoria, Durazno sangrando, Cantata de puentes amarillos, Ella también o, más cerca en el tiempo, Donde no se lee, incluida en el excelente disco Los ojos. Y es que si esas canciones son más ricas –en un sentido casi etimológico– que las que siguieron, tiene que ver, además de con el talento y el genio (obviamente), con la creciente homogeneización de la cultura y con el progresivo auge del modelo autopista: se llega más rápido y se llega a cualquier lado; lo difícil es pasar de una a la otra.La cultura discurre en la Argentina (también en el resto del mundo pero menos) por carriles exclusivos. Quien ya está en uno de ellos podrá llegar (tal vez) al final, pero las posibilidades de que descubra lo que sucede en otra vía son casi nulas. Hay autopistas pero no puentes que las unan. Y si quien hacía canciones a fines de la década de 1960 tenía en su enciclopedia, inevitablemente, a Falú, y Dávalos, y Leguizamón, y Demare, y la Balada para un loco, y Alfonsina y el mar y Balderrama y Malena, además de Los Beatles y The Who y The Rolling Stones y de un jazz escuchado aun sin querer (y es que Dave Brubeck o el Modern Jazz Quartet eran realmente el sonido de una época), el menú de opciones de sus hijos y sus nietos es mucho más limitado. La obra de Spinetta, en todo caso, sigue y seguirá sonando. Y cuanto más lejos de sus circunstancias, más sorprendente y original. Su herencia, eventualmente, aún no ha sido reclamada.(*) Crítico musical, autor de "La música del siglo XX" y "El jazz. Una breve historia estética", entre otros libros.