Así se vivió la previa de Justin Bieber. ¡Crónica y fotos!
Cómo se prepararon los "beliebers" cordobeses para recibir la visita de su ídolo pop. En el estadio, vendían desde merchandising hasta paraguas.
El Mario Kempes no vivía una jornada de tanta intensidad pop desde el show de Madonna en diciembre pasado, sólo que en este caso el clima que se respiraba en la previa del Z Festival era bastante más palpable: los fans de Justin Bieber, en su enorme mayoría, atraviesan esa edad entre la infancia y la adolescencia en la que un ídolo representa mucho más que un póster en la pared. Y lo tienen que hacer notar.
Las puertas del estadio abrieron a las 16 y hasta dos horas después el hormigueo de gente en los alrededores fue muy fuerte. Las filas en los diferentes accesos del estadio generaron una marea de seguidoras vestidas con algún accesorio de color violeta, pero todo se desarrolló sin mayores complicaciones.
Sólo una vez que lograban atravesar a los guardias, entrada en mano, empezaba el griterío y las corridas, tal vez por esa sensación de que la noche que esperaban durante tantos meses adquiría una consistencia cada vez más real.
Pero eso iba a suceder un par de horas después. A eso de las 17, mientras desde afuera se escuchaba que ya había comenzado el show de Hipnótica, los cordobeses encargados de romper el hielo en el festival, el ingreso todavía se sentía bastante agitado.
Lucía (13), una fan cordobesa de Justin, vinchita en la cabeza y remera estampada con la palabra "Swag" (una de esas frases que Bieber utiliza seguido), comentaba que esperó este show por mucho tiempo, un entusiasmo y una ansiedad que su madre, quien la acompañó, no parecía compartir. Pero sabía, con algo de resignación, que la de hoy era una cita inaplazable.
Marianela (35) y Martina (19) llegaron desde Mendoza. Aunque tenían sus entradas desde junio pasado, aseguran no ser "beliebers", aunque reconocen que este es un espectáculo para ver. "Más allá de que es un producto del mercado, tiene talento y no se lo puede menospreciar", decía una de ellas, tan interesada en Justin como en la puesta en escena.
La venta de entradas anduvo bien en la previa, pero no fue sold out, de modo que los revendedores (había varios, algunos de ellos con una tira bastante extensa de tickets) no tuvieron demasiada suerte. A medida que corría la tarde, los precios disminuían, pero aun así no aparecían los interesados que justificaran su ida hasta la zona del Kempes.
Algo más de suerte tuvieron los vendedores ambulantes. Ofrecían de todo, en un rango de los $ 30 a los $ 200: desde lo más tradicional (pósters y remeras) hasta fundas para celulares con Justin en diferentes poses, entre lo glamoroso y lo bizarro.
Entre los accesorios más curiosos, por ejemplo, algún fanático podía llevarse un falso pase VIP, para alimentar la fantasía de poder conocer a su estrella favorita, y láminas del ídolo con una imagen pixelada, como si el diseñador no hubiera tenido tiempo de calcular las dimensiones.
Para las 18, mientras sonaban los primeros beats de Owl City, comenzaba a caer una garúa fina, apenas molesta. Y claro, también había vendedores precavidos ofreciendo pilotos. Eso sí: eran amarillos, se ve que no consiguieron de color violeta. Eso hubiera sido un gran negocio, definitivamente.

