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Sin vergüenza: recursos para paliar las clases de literatura

En la columna de opinión Sin vergüenza, un repaso por las clases de literatura que quitan las ganas de leer. 

19 de noviembre de 2016 a las 06:40 p. m.
José Playo
Sin vergüenza: recursos para paliar  las clases de literatura

La señorita Ana María nos presentó a Borges en séptimo grado. Era el último curso antes de pegar el salto hacia el saco azul del secundario, el último curso en el que seríamos niños. La seño amaba la poesía de Borges y tenía, además, un hijo que era poeta. Con mucha pedagogía, Ana María intentó durante esos meses antes de nuestra adolescencia hacernos entrar en la cabeza la importancia de la literatura en la vida cotidiana. En la hora de Lengua, entraba con una parva de hojas fotocopiadas con los bordes aserrados por una tijera con dientes.

Para muchos, ese fue el primer contacto real con un escritor y su obra. Para mí, fue el principio del fin de mi vocación: jamás podría escribir esas frases cortadas por los “enter” de la computadora, ni qué hablar de encontrar palabras como aquellas que veíamos flotando entre las hojas y que nos obligaban a visitar seguido el diccionario.

A pesar de los denodados esfuerzos de mi maestra, Borges dejó knockout a varios compañeros: el gordo Rossini se horneaba la nariz con la boca abierta mientras escuchaba sin entender las explicaciones sobre el escritor ciego. Todavía no sé cómo pasamos Rossini y yo esa materia, pero lo hicimos.

Evolución letrada

Al año siguiente aparecimos en el patio del colegio vestidos como dos muñecos de torta. Yo seguía lampiño, pero al gordo le había crecido una pelusa entre la nariz y el labio que se parecía bastante a un amague de bigote. Nos sentíamos grandes con nuestros uniformes. Yo había empezado a leer algunos libros fáciles de digerir. Estaba, lentamente, reconciliándome con la literatura. Pero el idilio duraría bastante poco. Hasta que volvimos a tener Lengua. Ana María había sido una maestra generosa. El resto de los profes después de ella, no.

Las clases de literatura en el secundario fueron una decepción rotunda. No sólo había que leer cosas aburridísimas por obligación, sino que cualquier lectura por fuera del programa era inútil para la asignatura. Me molestó tener que dejar estacionados mis libros de terror en la mesa de luz. Y me desilusionó el material que nos acompañaría hasta terminar la secundaria. Entre los bancos y la pizarra jamás apareció algo que valiera la pena. Hubo, sí, libros soporíferos.

Para ese entonces había descubierto a Fontanarrosa y no podía entender por qué teníamos que dedicarle clases enteras a El llano en llamas, El cantar del Mío Cid y Mi planta de naranja lima. Mientras Fontanarrosa tenía cuentos como Puto el que lee, a nosotros nos acribillaban con textos que convertían las horas de literatura en un suplicio. Ya ensayaba mis primeros escritos en casa, y sin embargo esa asignatura pasó a ser un lastre del calibre de Matemática y Química. Lo que no habían logrado mis malas influencias lo consiguió la escuela: empecé a odiar leer.

La metodología de matar al lector era corriente en esos años. Ya no sólo que había que sufrir con las evaluaciones, sino que había que dedicarle horas y cabeza a una actividad que se volvía tediosa. Mi colegio secundario tardó más de la cuenta, y con la mochila de materias que cargaba para recuperar, fui trotando por diferentes establecimientos educativos (de los que me iba amonestado o con más materias en la mochila), hasta que por fin me dieron un diploma en un bachillerato acelerado para adultos.

Revolución letrada

En “el acelerado” también volví a tener Lengua y literatura, y ya me veía venir que iba a ser un bodrio. El día en que se presentó la profe, me dieron ganas de salir huyendo: todo el prejuicio que cargaba me hizo resistir sus intentos por convidarme lecturas. Era una mujer petiza y retacona, de pelo corto y enrulado, siempre vestida con polleras hasta los tobillos y unos cárdigans deshilachados. En ese entonces me parecía una vieja, pero ahora sé que no habrá tenido más de la edad que tengo yo en este momento.

En un recreo nos quedamos charlando y me preguntó por qué no aprovechaba la materia para pulir la redacción. Yo le había confesado una falta de vocación alarmante. Y terminé por contarle mis desventuras con los autores que había leído en la escuela hasta el momento.

A la clase siguiente me trajo un paquete con cinco libros y me dijo (textual): “Abrí de a uno, leé la primera hoja, y si no te gusta, lo dejás y agarrás otro”. Entre los libros había uno de Fontanarrosa, uno de Aldous Huxley, uno de Cortázar, uno de Oliverio Girondo y otro de Stephen King. Unas semanas más tarde le devolví los libros y le agradecí con sinceridad haberme mostrado otra cara de la escritura, que nada tenía que ver con solemnidad ni guantes blancos.

De ahí en adelante me prometió “flexibilizar” la currícula para mí, siempre y cuando usara esos libros para los prácticos de su materia. Elegí un cuento de Cortázar de un tipo que se cae por una ventana intentando ponerse un pullover. Y la poesía de Girondo, en la que se hablaba de mal aliento y de tener sexo indómito para la última evaluación. Y aprobé.

Jamás volví a ver a la profe. No recuerdo su nombre ni su cara. Sólo sé que en la vida, de vez en cuando, quedamos en deuda con verdaderos maestros cuya vocación los persigue incluso fuera del aula.