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Sin vergüenza: Ojo, lector; esta nota contiene errores de ortografía

En la columna de opinión "Sin vergüenza", un simpático repaso por los errores más comunes al hablar y al escribir.

28 de enero de 2017 a las 10:40 a. m.
Sin vergüenza: Ojo, lector; esta nota contiene errores de ortografía

He visto a las mejores mentes de mi generación terminando frases con “… y nada”. Y esa invasión lenta y progresiva que en algún momento ejerció también la palabra “mal” (Ejemplo: “me gusta mal”), va camino a convertirse en muletilla, al estilo de “Digamos”.

Las modas verbales, quizá por las virtudes de la comunicación moderna, impregnan el habla y se pegan cual aceite en las oraciones, como cuando queremos decir “El otro día pasó tal cosa” y en vez de eso decimos “Los otros días”.

La coronación definitiva para un mal uso es cuando pasa al ámbito de los medios de comunicación y se vuelve zócalo en las noticias informativas: “Primer clasificación para Talleres”. El error –aprendí con mucho esfuerzo– es que “clasificación” es femenino, de ahí que su adjetivo debería ser del mismo género, o nos quedan frases como “La primer cena”. No está del todo mal tener en cuenta, por ejemplo, que se usa el artículo “el” en vez de “la”, con sustantivos femeninos que comienzan con “a” acentuada, para que no choquen las “aes”: el agua fría, el arca perdida el alma rota, (todos femeninos). Los yerros se vuelven moda y a veces tienen pretensión de otorgar estatus, como en el caso de la gente que le pone “s” al final de palabras como “dijistes”, “sentistes” o “te enojastes”.

Tutores o encargados

La versión original de este texto, imaginará el lector, es un desastre plagado de horrores de ortografía. Pero para cuando llegue a ustedes seguramente estará corregida casi al punto de quedar digna, porque alguien se fija. Si no fuera por esas personas, mi persistente dislexia sobre las reglas de ortografía sería el fin de mi sueño de narrador.

A la patología que tengo la descubrió mi viejo cuando vio mi primera libreta en el colegio: “Animal”, creo que fue el diagnóstico. Y tomé nota. Intuía que el buen uso de la lengua me ahorraría muchos dolores de cabeza en el futuro.

Mi tía María Esther, que en paz descanse, fue la persona que más o menos me enderezó para que mejorara mi formación como redactor. No fue fácil, pobrecita. Pero ella se encargó de aclararme las cuestiones antes señaladas, porque era muy culta y leía un montón de cosas. Además, escribía una poesía demoledora.

Solíamos vernos una vez a la semana para charlar, mesa repleta de diarios de por medio, sobre las frases y las palabras.

Lo nuestro comenzó como un refuerzo para ciertas materias del colegio en las que se ofreció a apuntalarme. Pero cuando me animé a darle mi primer texto de ficción, se tomó una semana para hacerme la devolución. Yo me comí pacientemente diez uñas hasta que volvimos a vernos. Pero en lugar de un diez felicitado, me dio una hoja con cinco sugerencias:

  • "Fue" nunca lleva acento, José; pensá que el acento en "fué" ya fue y listo.
  • Se dice "queramos", no "querramos", José; pensá que a las cosas yo las quiero, no "las quierro" y listo.
  • Se dice "aprieto", no "apreto", José; pensá que estás en aprietos, no en "apretos".
  • Se dice "enredo", no "enriedo", José; pensá que el pelo está enredado, no "enriedado".
  • Se dice "dentífrico", no "dentrífico", José; pensá que es para lavarse los dientes, no los "dientres".

Siempre me fueron tremendamente útiles en la vida cotidiana

Es un vicio

Los vicios que adquirimos se vuelven carne en la lengua porque solemos hablar sin pensar, de manera perezosa, sin prestarle atención a las palabras. De ahí a que digamos “cónyugue” en lugar de “cónyuge” y  “las casas”, a pesar de que no somos dueños de un condominio. En esa lista de vocablos arraigados figuran, sin lugar a dudas, “quinela”, “diarero”, “papel higénico”, “Florianápolis” y “mondiola”.

Aunque no está mal hacer la vista gorda con las palabras, hay que saber que la falta de interés genera opacidad en el habla. Y lo digo con conocimiento de causa, ya que me escucho hablar todos los días.

En los medios de comunicación cometemos a diario errores que son objetables (quizá más que en otros ámbitos): el mal uso del verbo y el subjuntivo, que hace errónea la frase “Le dijo que venga” porque el verbo en pasado obliga al subjuntivo a que usemos el mismo tiempo: “Le dijo que viniera”. Del mismo modo con la palabra “preveer” que no existe y que en realidad se dice “prever”; el error es frecuente porque se confunde a la acción de ver con anticipación con la acción de dar lo que está en falta: “proveer”.

Comunicadores y publicistas le dan rosca al “conjuntamente con” en vez de optar por “junto con” o por “conjuntamente”. Y ni hablar del uso indiscriminado del “Lo cierto es que”, o del pavoroso avance del “Dijo de que”, o del “todo lo que es”, por mencionar algunas entre miles.

La más molesta, lejos, es nombrar al año con un artículo adelante: “El 2017”. ¿Por qué se repite ese error cuando la regla por aplicar es la misma que para años empezados con 1? (1999, no “el 1999”).

Acentuados errores

Las reglas abundan y pueden volverse insoportables a la hora de escribir. Pero es alentador aprender que “aún” va con acento si reemplaza a “todavía” (“Aún no vino”), y sin acento cuando hace las veces de “incluso” (“Hablo mal y escribo aun peor”).

En el caso de acentos regionales como el de “comprálo”, para diferenciarlo del español ortodoxo “cómpralo” –me informan por la cucaracha–, actualmente se elige eliminar el acento.

Y para coronar el magro aporte, están los escollos que ponen los teclados inteligentes, que nacieron en manos de idiomas que no usan signos de apertura. Entonces los indispensables para el castellano “¡” y “¿”, están escondidos como dos prófugos. El problema de no usarlos es que resulta complejo leer con la entonación pertinente (¿lo leo como pregunta cuando llego al final?).

Lejos está este texto de ser aleccionador, soberbio o purista. Quien lo escribe no está a la altura. La intención de repasar estas falencias comunes al 99% de la población, es sólo para coqueteo con el anecdotario. No hay moraleja al estilo de “Hay que prestar atención cuando hablamos y escribimos”. Porque, digo, a ver: todos tenemos falencias y podemos detectarlas la primer vez que las escuchamos o leemos. Eso. Nada.