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Sin vergüenza: Nadie avisa cuando se muere un Chinaski

En la columna Sin vergüenza, Charles Bukowski pierde la batalla digital. 

05 de noviembre de 2016 a las 01:30 p. m.
Sin vergüenza: Nadie avisa cuando se muere un Chinaski
Gesto adusto. El escritor Charles Bukowski firmaba como Henry Chinaski.

Cuando la década del ‘90 empezó a armar el bolso para darle fin al siglo 20, irrumpió en la escena mundial el invento más increíble de la historia de la humanidad después de la rueda, la imprenta y el dulce de leche: internet. Los jóvenes de aquellos años fuimos rápidamente seducidos por flamantes cafeterías con dos monitores, que colgaban el cartel en la puerta anunciando el maridaje del futuro: cibercafé.

Yo me hice habitué de uno que había sobre la Chacabuco. Era un antro en el que la conexión era pésima y el pocillo venía aguado. El hijo del dueño le había recomendado al padre que conectara el servicio y comprara computadoras. En ese reducto oscuro saqué mi primera cuenta de correo para que no me escribiera nadie. Y empecé a vislumbrar una manera totalmente nueva de palpar el mundo: en el monitor había colores, textos con palabras subrayadas en azul que te llevaban a otros lados.

La primera cosa que busqué en la red fue una imagen subida de tono que, a la manera de un almanaque de gomería, apareció en la pantalla bajando en cuotas. Para cuando ya no quedaba del café más que la borra, terminó de cargarse: me avergüenza decir que lo primero que navegué en internet no fue la biografía de un escritor ruso ni la situación política en Medio Oriente, sino la foto de una modelo californiana en una playa, boca abajo en la arena.

Si bien el contenido para adultos resultaba atractivo, había que esperar mucho para ver resultados concretos. En aquellos años no abundaba el porno borrascoso que hay disponible hoy, así que lo más fácil era buscar contenido que tuviera sólo texto.

Por ese entonces me había metido de cabeza en los libros de los escritores de la generación beat, entre quienes admiraba con especial cariño a Charles Bukowski, un viejo norteamericano que escribía cuentos y poesía sobre sexo, alcohol, mujeres licenciosas y apuestas a caballos. Cada una de sus historias estaba protagonizada por su alter ego, Henry Chinaski. Leer a Bukowski resultaba divertido y fácil.

El tono que usaba no era pretencioso y las historias que contaba solían ser muy originales y picantes. El primer libro suyo que compré fue La senda del perdedor, un texto novelado autobiográfico que te dejaba sin aliento. La línea con la que comenzaba el libro era un anzuelo precioso: "La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo. Era una mesa, veía la pata de una mesa, veía las piernas de la gente, y una parte del mantel colgando".

Hasta el fondo

Internet me guio mejor que un librero, el viejo del bar me siguió regando de café y pronto me hice de otros libros del autor que me fueron volando paulatinamente la cabeza: Hijo de Satanás, que funciona como una continuación del anterior. Y de ahí a sus poemas. Y más tarde, a su novela Cartero, con la que ganó fama.

Bukowski escribió Cartero a pedido de su editor, quien le dijo que con una novela bajo el brazo sería más fácil hacerse un lugar en la escena literaria de aquellos años. La respuesta del escritor fue la siguiente: "Dame un par de semanas y te traigo una novela". Así nació la crónica tremenda de su experiencia como trabajador del servicio postal norteamericano. El libro también arranca con una línea hermosa: "Empezó por error". Palo y a la bolsa.

En ese tiempo me maravillaba la posibilidad de seguir acopiando sus libros. Si bien el resto de los escritores de esa generación previa al auge del Peace and love hippie también me gustaban (Borroughs, Kerouak, Ginsberg), no había ninguno que me resultara más atractivo que el viejo borracho que contaba sus aventuras viciosas con pelos y señales. En sus libros había escenas sórdidas y crueles, pero también había ternura en estado salvaje que era entrañable.

Para cuando me cayó en la mano su novela Mujeres, yo ya era un fanático enfermo. Señalada como un texto misógino en la actualidad, la novela responde a la necesidad del autor de manifestar la tensión permanente con el sexo opuesto. También la línea de arranque del texto es adictiva: "Tenía cincuenta años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro". Para un lector iniciado, encontrar ese desparpajo era muy alentador. La literatura que trabajaba Bukowski era simple y llana, sin ampulosidad o ínfulas académicas. Si había que escribir "mierda", escribía la palabra y no un eufemismo flaco. Lo que más me impactó fue que escribía para los lectores y no para otros escritores.

Tengo la teoría de que cuantos más años tengas, más cosas podés buscar en internet. Con esto quiero decir que los jóvenes a veces carecen de experiencias y conocimientos para poder ampliar o indagar. Siempre estuve orgulloso de eso, aunque cuando supe de la muerte de mi escritor favorito, me sentí tonto e inocente. Lo supe de boca del tipo que me vendía libros en la peatonal. “Se murió hace una bocha”, me anotició.

Nosotros habíamos cambiado de siglo y yo seguía pegado a su literatura como si estuviera vivo. Hice un duelo por él a destiempo, consternado y confundido. No sabía que en internet se podían leer noticias. La última vez que pisé el bar de la Chacabuco, habían sacado las computadoras para poner unos televisores. Poco después, me creció un celular en la mano. Nada ha sido igual de romántico desde entonces.