Sin vergüenza: Los hijos, los padres, y las mejillas enrojecidas
En la columna Sin vergüenza, una mirada sobre lo que los hijos sienten cuando ven a sus padres en situaciones incómodas.
Intento por todos los medios darle libertad a mis hijas. Es una misión compleja cuyo objetivo es no sobreprotegerlas, ya que mi experiencia como hijo de cuidados extremos no fue satisfactoria. Pero me doy siempre con que en el mundo tan extraño en el que vivimos, hay muchas posibilidades de meter la pata hasta las rodillas en materia de crianza.
El famoso descubrimiento de los padres primerizos, que entienden su propia historia cuando empiezan a mensurar en retrospectiva lo complicado que es criar seres humanos, también me atacó. Y aunque mi madre me auguró más de una vez que en la vida todo vuelve, que fui un niño molesto y un adolescente complicado y que con mis hijas padecería mi karma, hasta ahora no ha sido fatal. Sobre todo porque mis niñas viven con la madre.
Supongo que todos los progenitores nos enrulamos pensando que lo que hacemos posiblemente conmine a nuestra descendencia a un diván de psicólogo con pipa, pero yo me mantengo firme en mi método: no interferir en los procesos de las pequeñas, no condicionar sus gustos y elecciones, no generarles incomodidad ni molestias y no ayudarlas en matemática porque no entiendo nada. Después de nueve años casi ininterrumpidos del ejercicio de figura paterna, sé que funciono en modo rústico, la más de las veces tanteando en la oscuridad y rogando no romper nada dentro de la psiquis de mis pequeñas. Pero es inevitable: una de las cosas que se descubren es que la vergüenza por los padres se hereda. No importa qué hagan ellos, siempre los hijos sentirán que se les queman las mejillas.
Mis niñas me clavan las uñas en el brazo si hablo en voz alta. Se esconden debajo de la mesa cuando entablo conversaciones con algún mozo. Y hasta llegaron a pedirme, con las caritas serias, que no sonriera demasiado delante de los demás padres del colegio:
–¿Por qué no, hijitas?
–Porque tenés un diente amarillo y queda mal.
Esas locas bajitas
Comprendo la vergüenza más de lo que ellas creen. Y cada vez que se esconden para evitar verme haciendo lo que para ellas es un papelón, recuerdo mis propias experiencias. Mi viejo siempre tuvo miedo de que me pasara algo. No sé cuál habrá sido su tara, pero la sobreprotección fue moneda corriente (y lo es, hasta hoy en día, a pesar de la edad y la cara que tengo). Calculo que el formato en el que viene el cariño varía de persona en persona. Mi viejo demostraba las cosas a su manera, intentando blindarme del mundo, cubriéndome de cuidados innecesarios y estrictos. Uno de ellos fue limitar al mínimo mis primeras salidas. Creo que le costaba aceptar que yo iba creciendo, y recién ahora lo comprendo bien.
Se los cuento a mis hijas. Les resulta gracioso imaginar a su abuelo como una influencia tan grande en mi vida, como si no alcanzaran a comprender que ahora tenemos los mismos roles con ellas.
–¿Nunca te dio vergüenza lo que hacían los abuelos? –quiso saber un día la más pequeña, justo después de que me oyó cantar una canción cuando caminábamos por el centro.
–Claro que sí. Y si querés, te cuento la peor.
El recurso es infalible: cada vez que se da la oportunidad, se mueren por escuchar historias de mi pasado. Les parece gracioso que yo haya sido niño alguna vez.
–Dale, contá –dicen siempre, con renovado entusiasmo. Y yo tengo que hacer memoria, desenterrar episodios atrapados bajo kilos de olvido y bloqueo. Aunque lo hago con gusto: ver sus caritas suspendidas en un gesto de asombro no tiene precio.
Con vergüenza
Les conté que una vez, cuando tenía 14, me invitaron al atrio de una iglesia donde todos los miércoles se juntaban los preadolescentes a hacer sociales y a recibir las palabras de los sacerdotes y de los jóvenes coordinadores.
Se trataba de mi primera salida y mis compañeros de clase lo sabían. “Tenés que ir vestido de gimnasia”, me dijeron en chiste.
Pero yo me lo tomé al pie de la letra y me clavé el pantalón y la campera azul, ambos con tres rayas blancas a los costados.
“Todos van”, le dije a mi viejo, que a regañadientes accedió, a condición de que me llevaba y me traía. No importaba que viviéramos a pocas cuadras de la iglesia, su miedo a que me ocurriera algo era más grande que cualquier distancia. Antes de salir, recuerdo, me dijo que sin la campera no me llevaría a ningún lado. Así que sobre el equipo de gimnasia me puse un abrigo enorme heredado de no sé qué primo, y partimos.
Le rogué que me dejara en la esquina para que no nos vieran. Y le pedí que a la hora de buscarme, se estacionara a distancia prudente para que nadie lo viera. El sentimiento de incomodidad ante la chance de que descubrieran que mi padre me protegía como a una niña desvalida, me mataba.
Pero faltaba lo peor: la sensación de muerte inminente al ver que nadie estaba vestido de gimnasia. La importancia que ese momento tenía para mí era crucial: mi primera vez con chicas de mi edad (yo iba a un colegio para nada unisex), las primeras miradas.
El horror mismo
La experiencia de “salir” me pareció espantosa. Además de las burlas por mi vestimenta y por mis temores para dirigirle la palabra a los demás, me tuve que bancar que un grandote me despeinara la cabeza engominada.
A la salida, estaba tan estresado y con tanta desazón, que simplemente me senté en las escalinatas a esperar para irme. No podía regresar solo, tenía que esperar que el 504 de mi viejo apareciera en la esquina. El auto estacionó frente a la iglesia y, a través de la ventanilla, se escuchó el grito con mi nombre.
La secuencia que sigue está grabada a fuego en mi memoria. Yo empiezo a correr hacia el auto para evitar otro grito, pero mi viejo desciende del vehículo y pregunta en voz muy alta:
–¿Pero qué mierda hacés sin la campera?
Y entonces, antes de llegar hasta él para hacerlo entrar al coche, me tropiezo y me voy de boca contra la puerta del acompañante.
–¿Qué te pasa? –me preguntó mientras yo intentaba ponerme de pie y a la vez desaparecer de la faz de la Tierra.
Mis hijas se ríen con la historia. Se palmean los muslos y abren la boca bien grande para largar las carcajadas.
Las miro con mucho cariño. Son personitas en miniatura, sus cerebritos bullen de datos cruzados y razonamientos disparatados.
–¿Ven que al final todo se supera? –les digo.
–Sí, pa. ¿Pero ahora ya entendés por qué no queremos que se te vea el diente? –me contestan.

