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No seré feliz pero mi marido me dejó

Comentario de la novela "El verano sin hombres", de Siri Hustvedt.

27 de enero de 2012 a las 06:16 p. m.
No seré feliz pero mi marido me dejó

Una condición para entrar al juego que propone Siri Hustvedt es saber de antemano que se trata de un juego, de una estrategia de impostación de una voz femenina que no coincide biográficamente con la de ella -no fue dejada por Paul Auster, no fue internada por un trastorno psicótico transitorio, etcétera- y que no comparte, sobre todo al principio de la novela, sus principios estéticos. En las primeras páginas de El verano sin hombres Mia Fredricksen, la protagonista, cuenta en primera persona que su marido le ha pedido una "pausa" en la relación y que esa "pausa" es francesa, tiene pechos naturales y es 20 años menor que ella y que Boris, el marido en cuestión. Esa primera persona está construida de un modo al principio repelente: recién salida de la internación psiquiátrica en la que derivó la "pausa", Mia es una poeta de renombre y el paso de comedia que propone Hustvedt exige para su disfrute un toque de paciencia y cierto registro irónico de los lugares comunes de la poesía autorreferencial demasiado reflexiva. La voz de Mia es ligeramente insoportable por sensiblera, por su acudir constante a otras voces: como hacen tantos, tantos poetas, Mia cita con insistencia a otros escritores, con fragmentos de literatura más o menos declamatoria, y se permite incluir su propia poesía, torpe y despechada.

Hay que esperar -o comparar todo el tiempo ese tono narrativo con el de Elegía para un americano, por ejemplo- para saber que esa voz es una impostación y es, también, un paso de comedia amarga que se transformará en una piadosa -por tierna, por compasiva, por humanista- exploración por los límites de la individualidad, su transformación cronológica, su deformación psicológica, y la tentación eterna de moldearla a gusto, aún cuando ese gusto esté muy lejos de ser algo preciso. Cuando su trastorno ya admite un tratamiento ambulatorio, Mia decide volver a los paisajes de su infancia y pasa un tiempo junto a su madre y al grupo de sus ancianas amigas, una de las cuales cumple la doble función de superar la centena de años y al mismo tiempo demostrar la vitalidad de cierto modo de sabiduría. Además, Mía dicta un taller de poesía para adolescentes -todas mujeres- que la ubica al medio de dos grupos etáreos casi opuestos que atraviesan dos modos de transformación diferentes: las jovencitas, en paso hacia la adultez, y la ancianas, en convivencia con la conciencia de que "la muerte no es una abstracción". En este punto Hustvedt demuestra su pericia original y elabora una comedia de lectura placentera aunque sólo hable de dolor, de rechazo, de locura y de miedo a la muerte. ¿Cómo lo logra? En parte gracias a su poder de observación, en parte gracias a una filosofía estoica un poco enrulada en la afirmación del feminismo, y en parte gracias a su conocimiento de las tradiciones literarias. El libro se convierte por momentos, en una lección literal de qué significa la "escritura creativa" en la tradición norteamericana, y remite explícitamente a Jane Austen para proponer un canon de miradas femeninas sobre el mundo, un conjunto de obras de arte capaces de componer un buen manual de supervivencia.

El verano sin hombresPor Siri HustvedtAnagramaTrad.: Cecilia Ceriani218 páginas$ 69