La muerte, como un canto: una opinión sobre el legado de Guarany
La muerte misma es todo un canto. Es que si se ha vivido y cantado como lo ha hecho Horacio Guarany, el final de los días es sólo la constatación de que se ha sentido, creado y dado testimonio con verdadero compromiso con la vida, con la gente y con el tiempo que nos toca.
“Y el cantor calló”, han elegido decir algunos. Otros han respondido: “El cantor nunca callará”. Las dos cosas son ciertas según la dimensión en la que se pongan los pies: él se fue, pero su voz y sus canciones se quedan aquí.
Si se calla el cantor es su gran canción emblema y el estandarte de referencia al que se apela en estos momentos conmocionados por su muerte: trata de uno de esos enormes protagonistas de la cultura popular, de la manera de un pueblo de entenderse con la sublimación de sus emociones, con el drama, la alegría y la conciencia de estar vivo.
La canción, claro está, no sólo hablaba por todos los cantores, incluido él, sino precisamente de su naturaleza, de la misión esencial que cumplen en el alma de los pueblos con su capacidad de nombrar, de atrapar los sentimientos pero también la realidad.
Quizás lo esencial que haya que decir es que esa canción no podía haber sido escrita sino por él, un hombre que llegó desde una niñez de penumbras.
Porque su tarea como artista ha quedado rubricada en muchas bellas, profundas y sobresalientes páginas del cancionero argentino, pero sobre todo fue el cantor de las multitudes.
Horacio Guarany fue llamado con verdad “el cantor del pueblo”, y su nombre andaba en los hombres y en las mujeres que estallaban de fervor cuando sus propias emociones se asomaban con él en un escenario.
Ni los humores de los días, ni los vaivenes del camino podrán hollar esa imagen, esa certeza. Por eso es que la muerte es parte de su canto.

