Crónicas en penumbra: delicias criollas de un baile casi imaginario
El trío de Andrés Pilar, Juan Quintero y Santiago Segret presentaron el disco "Patio", el sábado en el Centro Cultural Graciela Carena. El jueves, Kiko Veneno pasó por la ciudad.
La guitarra y el bombo abren sus brazos de continente donde se guarecen las voces en delicado dúo que cuenta el sabor sencillo de los sentimientos y se marcan las formas de los latidos del tiempo. Y es el piano el que entonces baila, el que se suelta en el aire con la certeza y la libertad con la que flota un pañuelo en la danza.
Es un baile imaginario. O casi. Porque una pareja, o a veces dos, encuentran un lugar entre la pared y las sillas, y algunas más del otro lado, en el patio de luz contiguo.
De todos modos, Juan Quintero, Andrés Pilar y Santiago Segret han venido a presentar Patio, un disco que contiene añosas creaciones y formas musicales argentinas, que con la pureza de su sabor son capaces de tender a los pies el suelo desnudo de un domingo.
Pero pasa que el salón Centro Cultural Graciela Carena está colmado de sillas y de un par de centenares de personas. Es sábado a la noche y la contradicción era tan imaginable, que más que una contradicción parece parte del universo posible que ha sido reunido. Es que el tucumano Juan Quintero tiene desde hace tiempo un fuerte predicamento entre una legión de cordobeses, jalonado por su tarea en el trío Aca Seca, en el dúo ya disuelto con Luna Monti y en su propio vuelo solista. Y lo que entrega siempre es la expresión de un refinado ideario artístico.
Esta vez no sería diferente, claro, pues el modo va consigo. Aunque este otro encuentro de trío es distinto: con el pianista Andrés Pilar y el bandoneonista Santiago Segret se ocuparon de indagar y recuperar el espíritu de dos instantáneas de la música argentina de hace varias décadas, que tenían por naturaleza un cometido bailable.
Una es el trío Martínez-Ledesma-García, que dejó testimonio grabados a comienzos de los \'40 del siglo pasado. El, otro, el también trío Juárez-Quiroga-Ríos, que plasmó una intención similar casi dos décadas después.
Y mientras Juan Quintero apuntala la armonía basal con su guitarra y junta su voz con la de Sebastián Segret, que, además, sino protagoniza un arreglo con el bandoneón, sostiene con el bombo, Adrián Pilar es el hombre del piano, es decir, de la estrella que más brilla en esta pequeña constelación iluminada.
Sucede que la invocación que los cobija ha ido en busca del rastro de dos gigantes del piano argentino, Carlos García, en el caso del primer trío mentado, y de Eduardo Lagos, que viene a ser el nominado Ríos del segundo. Y ahí, en esas fecundas y también revolucionarias (como particularmente lo sería en el caso de Lagos) huellas de las teclas en el folklore, se despliega la certeza de la forma tradicional pura y la intuición de libertad.
Pilar, que ya ha marcado referencias claras de su sobresaliente capacidad (ejemplo: la experiencia del noneto Don Olimpo) tuvo primero la tarea de transcribir lo guardado en aquellas grabaciones, y ahora lo entrega a través de un piano eléctrico. Aún así, es elocuente el sabor del viejo swing y la certeza de las notas al caer.
Entonces, el baile sucede de todos modos aunque como un presentimiento constante en el aire, en las palmas que avanzan y retroceden rápido para escuchar mejor, en los cuellos, en los pechos. Y el patio imaginario se parece también a una paseo en el jardín de viejas delicias criollas.
El mundo de KIko Veneno
"Si tu no te das cuenta de lo que vale(s), el mundo es una tontería...". El español vecino de Sevilla detuvo por un instante el coro del público para aclarar qué dice la letra de Echo de menos y de qué va: "No es ‘vales\', es ‘vale\', y lo que vale el mundo nos incluye a todos", afirma, como advirtiendo que la autoestima individual no es la única bandera por la que vale la pena pelear.
Sí, Kiko Veneno estuvo por primera vez en la ciudad; fue el jueves a la noche, en Espacio 75, puro Alta Córdoba. El rumboso y transgresor hijo del flamenco y de los vientos de la mixtura se presentó acompañado por el uruguayo Martín Buscaglia en guitarra (y presentado como en la cancha de Boca por Claudio Orellano).
Su voz rugosa de siempre pero fresca aún venía a decir que lo que acaso alguna vez pudo parecer provocación ha sido una agridulce transcripción su existencialismo urbano y urgente. Y que es vivificante y sabroso escucharlo cantar (y a veces cantar con él) Dice la gente, Veneno, Respeto, Bilonguis, y por supuesto Volando voy, entre tantos temas que cupieron en más de una hora y media.

