Crónicas en penumbra: Bajo la luz de Carnota
Fer Romero, Diego Bravo, Julián Beaulieu (guitarras) y José Gómez le rindieron un disfrutable homenaje al gran músico argentino, a un año de su muerte.
“Sólo quiero luz, para andar y andar…”. ¿Cómo ser músico, cómo crear, cómo ser artista y atravesar los días al amparo de la lucidez? Ojalá que en lo más profundo de la intimidad de la soledad humana –que puede ser tan devastadora y aun cruel con la mirada que arrojamos sobre nosotros mismos–, Raúl Carnota haya sentido que, al fin, pudo lograrlo.
El sábado, cuando apenas se hizo la penumbra en Cocina de Culturas, la querida voz del músico llegó con un puñado de palabras grabadas para atravesar el umbral de una evocación en su homenaje, a la que había venido a participar una pequeña multitud que colmaba el salón.
Faltaban apenas unos minutos para alcanzar la fecha en la que, un año atrás, moría este cantor nuestro y compositor, con fundamentos como pocos, aunque para algunos pudiera sonar acaso raro.
Fer Romero (guitarra y voz), Diego Bravo (teclados), Julián Beaulieu (guitarras) y José Gómez (batería) eran los músicos reunidos en una banda que tal vez no tiene nombre, o que asume como tal el del proyecto, 10 caprichos de Carnota, es decir el nombre del disco que todavía podía sentírselo tibio, de tan recién grabado y editado que estaba. Y comenzaron a presentarlo.
Arrancaron con La camorrita, un candombe con letra de uno de los grandes poetas argentinos vivo, Jorge Boccanera. Para que comenzara a quedar en claro los vuelos que alcanzaba la inquietud artística que se había venido a citar en una noche de lluvia.
“Nuestro desafío y mérito es recrear sus obras, versionando parte de su historia como un bien preciado plasmando un mensaje, el que nosotros también, como músicos del interior del país, hemos aprendido y admirado su camino musical”, dicen en los papeles del disco.
Y en los del escenario, no sólo mostraban un trato cuidadoso y delicado de la obra escogida, sino que, fieles al mandato, hicieron una lectura propia de los climas y las armonías, y consiguieron un resultado intenso de sentimiento, una manera muy disfrutable de entenderse con Carnota.
El color de la voz de Fer Romero pintaba las palabras con un modo propio de sentirlas, mientras que Diego Bravo y Julián Beaulieu, los que imaginaron los arreglos, plasmaban sabrosos diálogos y algunos momentos notables del sentido de la creatividad, como en la zamba El Otro camino. José Gómez, llevaba el pulso folklórico con mucha solvencia. Es que no sólo estaba presente la atmósfera de lo sutil del testimonio de Carnota, sino también la manera encendida de abordar lo rítmico.
Carnota nació en Buenos Aires, el más absoluto universo urbano que tenemos los argentinos, y no sólo se abrazó al folklore sino que por una finísima capacidad de percepción fue capaz de llegar al corazón sonoro del interior profundo. Sólo así es posible entender su capacidad de desentrañar, para luego pintar retratos como Grito santiagueño, la zamba que cerró la noche.
La gente también tenía consigo el pulso y la cadencia carnoteana. La evocación era una vivencia intensamente compartida y el origen del buen temperamento del instante podía rastrearse poco más de un año atrás, cuando los cuatro músicos se encontraron en uno de los jueves de jam folklórica (algo así como tocar en libertad) en Los siete locos, un bar con también en barrio Güemes.
En esos días se sabía de la fragilidad de la salud de Carnota, y fue como un impulso que los reunió en una coincidencia que, una vez conocida la muerte, se convirtió en proyecto. Es decir, en esas noches desveladas de tocar, conversar e imaginar, que suelen suceder en esta ciudad de música activa, es posible fecundar iniciativas así, redondas.
El rasguido doble Ña Poli (con letra de Teresa Parodi), las chacarera Coplas sin luna y La de lejos, el landó La rosa perenne, y otros caprichos más allá de los que entraron en el el disco, jalonaron una selección sincera. Hasta hubo una participación solista de Mario Díaz, con Como furor del campo, un invitado siempre bienvenido.Y, por supuesto, se cantó Sólo luz, en la que Raúl Carnota pidió amparo luminoso para su andar.
Los que cantamos nos conmovimos, nos asombramos, sentimos y hasta zapateamos con su música, los que lo vimos andar por la vida luchando con sus canciones por una concepción estética, sentimos que fue así, que su misión de artista está bajo el amparo de la luz.

