Un punto de vista sobre el caso Darín: ¿Nos conocemos?
Las controversias por las acusaciones contra el actor desnudan la manera en la que alimentamos nuestras fantasías sobre cómo son en la intimidad los artistas que admiramos.
Hay una idea bastante extendida que dice que es mejor no conocer a tus ídolos. Algunos lo creen así porque saben que el comportamiento de un fan en ese encuentro postergado puede rozar el ridículo (risas nerviosas, balbuceos, frases tontas, casi los mismos síntomas que cuando hablamos por primera vez con un amor platónico). Y porque las expectativas y proyecciones que hacemos sobre ellos rozan, también, el ridículo.
En esas fantasías, por ejemplo, le adjudicamos a los actores la personalidad de algún personaje que interpretaron, creemos que los músicos viven como dicen las letras de sus canciones, esperamos que los comediantes tengan chispa las 24 horas o que los conductores lleven a un restaurante en el que cenan la energía que sostienen en un estudio de TV. O, sencillamente, nos convencemos de que la faceta que vemos en entrevistas nos muestra el costado más íntimo de alguien. Patrañas.
Cuanto más absoluta es la imagen que creamos de esa persona a la que admiramos, más radical puede ser el contraste con la persona real, en un contexto real y en un momento real. Más de uno se quedó con el corazón roto cuando su máximo ídolo no tuvo ganas de posar feliz para una selfie o de firmarle varios autógrafos para toda la familia.
Ante esa situación puede haber, también, dos respuestas igual de absurdas. Por un lado, puede aparecer el fan exigente, un tipo jodido. Porque suele creer que el objeto de su admiración “se debe” a su público incondicionalmente y espera que ese encuentro sea una especie de devolución de favores. De lo contrario, la admiración se convertirá automáticamente en decepción y, en algunos casos, en bronca. Y será en adelante de los que diga, literalmente, “Se me cayó un ídolo”.
Pero hay otra respuesta posible. Y es la del fan indolente, que tiene una fe ciega en el objeto no ya de su admiración sino de su afecto, que “le perdona todo” en nombre de sus logros artísticos (o deportivos, o políticos), que entiende que “los genios son así”. Y de esa manera, entiende el talento como una licencia para ser y hacer cualquier cosa.
Quizás el que más sufrió la primera reacción fue Maradona. Quizás, el que más gozó la segunda fue Charly García.
Del amor al odio y viceversa
Esto también es aplicable al escándalo de esta semana que involucró a Ricardo Darín. Dos actrices con las que trabajó, Valeria Bertuccelli y Erica Rivas, dijeron que las maltrató laboralmente. Enseguida, hubo una seguidilla de testimonios de amigos, compañeros y colegas que salieron a defender o a criticar al actor. Y también se armaron bandos entre los espectadores que lo siguen desde que era el galán de las publicidades de Derby, algunos para defenderlo y otros para "quitarle la careta".
No sabemos cómo terminará esta historia y qué fue lo que realmente pasó entre el actor y las actrices. Pero las repercusiones hablan más de nosotros que de ellos. Porque si bien muchas personas que forman parte del público (incluso muchos periodistas que lo entrevistaron más de una vez) dicen que Darín es un tipo "con el que uno se comería un asado", lo cierto es que la inmensa mayoría de nosotros nunca se comió ni se comerá ese asado con él, ni le hará chistes mientras le sirve un vino, ni le hablará en confianza en la sobremesa.
No lo conocemos. Ni a él ni la mayoría de los artistas que admiramos. No sabemos si tiene buen humor por la mañana, si es paciente o de mecha corta, si es un compañero compinche o tenso. No tenemos idea, aunque creamos que sí. Podemos admirar su talento, ver todas sus películas, leer todas sus entrevistas y, si lo vemos en persona, con suerte comprobar si es alto o simpático. Y ya.
Hace unos días, una periodista del sitio Vice, tras la consternación que le causó la muerte de Anthony Bourdain, escribió una nota preguntándose cómo puede afectarnos tanto la muerte de un artista que admiramos. David Klemanski, psicólogo y profesor de psicología clínica en NYU Langone Health, le respondió que todo se reduce a las "relaciones parasociales", que es lo que sucede cuando gastamos energía emocional, tiempo e interés en alguien a quien no conocemos personalmente.
"Las interacciones parasociales se parecen a las relaciones personales en términos de nuestros pensamientos y emociones acerca de ellas, pero son (obviamente) unilaterales. En nuestros días, la intimidad que sentimos con las celebridades es más palpable que nunca a causa de las redes sociales", le dijo Klemanski.
Quizás, saber cómo operan nuestras fantasías sea útil para separar la genuina emoción que nos despiertan la obra y el talento de alguien de nuestro deseo de que esa persona responda, también, a nuestras proyecciones. No sólo es bueno no conocer a nuestros ídolos. Quizás, lo mejor es no tenerlos.

