Un nombre para todas las mujeres
"Carolina Grau" es el último libro de cuentos de Carlos Fuentes, una breve muestra de lo mejor y lo peor de su prosa imaginativa.
Uno de los problemas que tienen los grandes escritores es que han recibido el diploma de genios y sus editores ya no se atreven a señalarles ni siquiera los defectos más obvios de sus textos. Carlos Fuentes, el narrador mejicano que murió esta semana, obtuvo el título de genio bien temprano en su vida, con la novela La muerte de Artemio Cruz y lo revalidó con obras como Aura, Cambio de piel, Gringo viejo o La región más transparente.
Por coincidencia, días antes de la muerte del escritor, la editorial Alfaguara lanzó en la Argentina el libro Carolina Grau, publicado en México en 2010. Está integrado por ocho relatos encadenados entre sí por la figura de una mujer llamada Carolina Grau, que a veces es real, a veces soñada, a veces un fantasma y otras veces sólo un nombre. En esos relatos, Fuentes llega a puntos bien altos de su arte narrativo (en "Olmeca" y "La tumba de Leopardi"), pero también cae en su peor defecto: la verborragia interminable.
Más allá de que estén entrelazados, el espacio y el tiempo de los cuentos se expanden en una amplia perspectiva de lugares y de años. En "El prisionero del Castillo de If", Fuentes imagina otra versión de El Conde de Montecristo, en la que no es Dantés el que huye de la cárcel sino su maestro Faría. De esa isla cercana a Marsella, y del siglo XIX, pasa al mundo contemporáneo en "Brillante" (el menos logrado de los cuentos), luego se traslada a un paisaje onírico en "El hijo pródigo", y en "Olmeca" retrocede hasta la época de la conquista de América. Vuelve al siglo XIX, a Italia, en "La tumba de Leopardi", y en "Salamandra" se traslada al México actual (con un viaje a Mantua en el medio), retorna a la isla frente a Marsella en "El arquitecto del castillo de If", aunque ahora es el presente, un presente que se prolonga también en el inquietante último relato "El dueño de la casa".
Esas idas y vueltas temporales y espaciales son la cifra de una inestabilidad más profunda, en la que la realidad se convierte en una materia maleable, de múltiples dimensiones, y en ella todo es posible y misterioso. En sus mejores momentos, que son muchos, la prosa de Fuentes trasmite de manera casi física esa inestabilidad y la hace más que legible, la vuelve palpable, tangible, sí, pero como algo que se escapa de las manos, como Carolina Grau, que es todas las mujeres y es ninguna.
Carolina GrauCarlos FuentesAlfaguaraBuenos Aires 2012180 páginas

