"La literatura es el sexo de la historia"
Eduardo Rosenzvaig viene a presentar la novela ganadora del Premio Literario Provincia de Córdoba.
Hay desierto, despotismo, atracción, violencia. Hay fascinación por el poder, cierta embriaguez de una idea de patria como avance. Algunos ingredientes son los mismos de una novela histórica argentina canónica pero Él, su escriba, la esfinge tiene algo que la ubica en otra dimensión, algo hipnótico y estimulante. Es el sexo, el morbo de una perversión que parece pelear por ser narrada, como si la épica de esta novela de guerra fuera la lucha de esa perversión contra todo lo que impide que sea explícita. La novela del tucumano Eduardo Rosenzvaig ganó la edición 2010 del Premio Literario Provincia de Córdoba y mañana su autor viene a presentarla. El premio trae a las librerías locales a un autor de vastísima y premiada trayectoria literaria, que ganó dos veces el Premio Casa de las Américas, y cuya obra, aún así, no era sencilla de encontrar en el circuito cordobés. –¿Cuál fue el punto de partida para esta novela? –El punto de partida fue casual, como en muchas de mis novelas. Encontré un diario de campaña. De la Primera Campaña del Desierto, a comienzos del siglo XIX, cuando Rosas avanzó hacia el río Colorado con un ejército delirante, por lo extraño de los batallones que se sumaban. Ese diario, que es como todos los diarios de campaña, por lo general anodinos, que dan cuenta de las condiciones de la marcha... pero encontré un misterio. En un momento hay una suerte de cambio del rasgo de la caligrafía, de las notas. Me dije: "Algo está pasando acá". Entonces construí una historia entre Rosas, el escribiente de ese diario, que es un intelectual, y su hija adolescente. En ese triángulo, que pasa a ser un triángulo perverso, se desarrolla el texto. La novela incluye dos estrategias formales que le proporcionan un ritmo particular: en letra cursiva se incluyen fragmentos del diario original que encontró Rosenzvaig, y los párrafos de ficción están encabezados por paréntesis. "El paréntesis es como una especie de subtítulo, pero al mismo tiempo un interrogante, algo que se va a develar, o tal vez no, una inquietud", explica el autor. –Su personaje, el escriba, dice en un momento que la literatura es el sexo de la historia. ¿Usted adscribe a esa idea? –Sí. La historia que conocemos, por lo general es una historia asexuada. La literatura es la que le permite incorporar el deseo, el placer, el erotismo y todo lo que significa la nebulosa extraña y oscura de la propia sexualidad. –El mismo personaje describe a Córdoba como una ciudad "un poco versallesca"... –Córdoba era la gran ciudad colonial, una especie de Lima de la Argentina de 1810. Buenos Aires era una ciudad de mercaderes, Tucumán era una ciudad de fleteros, Salta era una ciudad de muleros, Santiago prácticamente no existía. Eso era la Argentina de 1810... el resto era vacío, desierto. Y Córdoba tenía una significación importantísima, por el poder de su Universidad, por el poder que había dejado la Compañía de Jesús, más una clase alta a la que no le interesaba la Revolución. Es decir, lo de "versallesco" es una metáfora... –Su obra no se conoce demasiado en Córdoba. ¿Las literaturas del interior dialogan más con Buenos Aires que entre sí? –Es una pregunta central y tiene que ver con la desintegración cultural que existe desde hace tantísimo tiempo. Existe un gran foco de cultura en Buenos Aires, y un interior desintegrado desde el punto de vista de las reuniones culturales. Justamente estas campañas al desierto hicieron que el puerto de Buenos Aires fuera tan rico y tan poderoso y que por detrás de él haya apenas sombras que eventualmente escapan, por su brillo propio, a la distancia. –¿Cuáles son las particularidades de construir una carrera literaria desde Tucumán? –¡Me costó la vida! Lo primero que tuve que aprender fue que tenía que saltar Buenos Aires e ir directamente al plano internacional para que algún medio de Buenos Aires escuche de oídas que existe un escritor en Tucumán. En segundo lugar, construir una vida sobre la base de muchos trabajos muy diversos. Fui maestro de escuela y bicicletero, después fui profesor... Uno aprende a destinar muchísimo esfuerzo, muchísima vida, en otras cosas que no tienen nada que ver, para poder escribir.

