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Gol de escritor: Una historia verdadera

Durante el desarrollo de la Copa América publicaremos 12 relatos de autores latinoamericanos, tanto voces nuevas como consagradas de la literatura del continente. Es el turno de Bolivia y del escritor Rodrigo Hasbún.

11 de julio de 2011 a las 05:45 p. m.
Rodrigo Hasbún
Gol de escritor: Una historia verdadera

Ahora es un borracho cualquiera, un tipo de lo más insignificante, pero hubo un tiempo en el que Nacho Suárez fue una gloria local.La suya había sido una caída trágica y ridícula por partes iguales y resultaba imposible no recordarla cada vez que lo veíamos entrar al bar de Joselo, donde aparecía casi a diario –muchísimo más flaco que antes y con una barba larga que solo lograba disimularlo apenas–. Él no se atrevía a sostenerle la mirada a nadie, ya no, pero su forma de moverse, un poco aparatosa y desigual, seguía siendo idéntica a la de esa tarde que éramos incapaces de obviar, la tarde imborrable en la que después de treinta y un años exactos el valeroso club Ibarra volvía a jugarse el título.Íbamos empatados a dos y, a seis minutos del final, el loco Ramallo logró que le cobraran un penal. Como en las películas más malas y como en los partidos memorables, toda la tensión desembocaba así en un momento único, segundos decisivos para todos nosotros pero sobre todo para el gran Nacho Suárez –supimos de inmediato que él debía ejecutar el tiro–, que a semanas de la Copa América, a la que seguirían de cerca las eliminatorias del mundial del '94, encumbraría su carrera con ese gol, mientras se aseguraba además la titularidad en la selección. Ahora es un borracho más, uno de esos que se toma cualquier cosa, pero entonces, a sus 26 recién cumplidos, era sin ninguna duda el jugador más promisorio de la ciudad, del país incluso.Vaya uno a saber qué sentía, mientras acomodaba la pelota cuidadosamente. Había una bulla tremenda pero vaya uno a saber si él la oía o no, si pensaba en alguien –en algún viejo entrenador, en la noviecita que seguramente lo veía desde el palco–, si ya se imaginaba celebrando ante la barra del equipo, donde nosotros aguardábamos entusiasmados, al principio de nuestras adolescencias, cuando la vida también prometía más para nosotros. El árbitro silbó fuerte y Nacho Suárez, después de tres o cuatro segundos muertos, empezó a trotar hacia el balón. Justo antes de que su empeine lo rozara apenas, de la manera más absurda, tropezó y terminó botado en el césped.Lo que siguió fue un baldazo de agua helada. Sin ninguna dificultad, el arquero del Bolívar despejó la pelota hasta pasada la media cancha y hubo un contraataque fulminante que acabó en gol. Mientras los jugadores de la celeste se abrazaban como desquiciados, muchos vimos a Nacho Suárez salir de la cancha sin siquiera esperar a que el partido terminara. Había humillación y desprecio en esa huida sigilosa, una ingenuidad y una arrogancia de las que duele acordarse, grandeza y miseria entremezclándose en cada uno de sus pasos. Varios hinchas indignados derribaron la valla entonces y le dieron ahí mismo –y los canales de televisión pasaron una y otra vez esas imágenes salvajes, así como las del penal– una paliza que lo dejó postrado durante meses.En el bar, a veces me da ganas de acercarme a su mesa, donde permanece a solas siempre, para preguntarle cómo vivió él esa tarde y también, por más idiota que resulte, por qué nunca más se atrevió a jugar. Esas veces, ahora que es un borracho cualquiera, me da ganas de decirle además que fue nuestro mejor jugador, que fue él y solo él quien llevó al equipo a la final y que todavía, a pesar de todo, le guardamos afecto. Joselo me ha confesado que siente el impulso contrario, que le gustaría más bien remedar su tropiezo –aunque eso le significaría la pérdida de un cliente regular–, burlarse de él así y hacerle saber con esa burla que no olvida su traición involuntaria o voluntaria al valeroso club Ibarra, que ya ni siquiera está en la liga. Al final, más allá de la pena y de la rabia, siempre terminamos dejándolo en paz.El autor. Rodrigo Hasbún nació en Cochabamba, Bolivia, en 1981. Fue dos veces Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra. Autor de la novela El lugar del cuerpo y del libro de cuentos Cinco.