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Copa América de escritores: Promesa

Durante el desarrollo de la Copa América, publicamos 12 relatos de autores latinoamericanos. Aquí, el brasileño Luiz Ruffato.

05 de julio de 2011 a las 04:02 p. m.
Luiz Ruffato
Copa América de escritores: Promesa

Mi papá vivía borracho. Tenía talento, pero no podía conservar ningún empleo. No nací para ser empleado de nadie, decía. Se despertaba temprano, antes que todos nosotros, y salía, avergonzado, para volver recién a la noche, tambaleante, oliendo a cachaça, ocultándose del mundo. Mi mamá, con su trabajo de costurera, era quien sostenía la casa. Las discusiones, antes tan frecuentes, ya no se daban tanto -él dormía en el viejo sofá en el que los gatos afilaban sus garras, con el pequinés entre las piernas. Éramos cuatro niñas, una tras otra, para su disgusto: yo, Ju, la mayor, doce años; la Nem, once; la Zo, nueve; y la Bia, siete. Vivíamos en una casa modesta, con un pequeño patio de cemento y un árbol de Jabuticaeira que daba frutos casi con rabia, expulsando los carozos negros que explotaban en el suelo y se abrían para mostrar la carnadura blanca. Al principio me gustaban las jabuticabas, pero después ya me enfermaban y su olor me daba náuseas. Mi papá decidió cortar el árbol, mi mamá se interpuso, y esa fue la última peor pelea entre ellos, Estás maldita, Cinira, le gritó él, ¡De esa barriga sólo nacen mujeres! Y nunca más se hablaron. Yo empecé a odiar a mi papá que, por no traer dinero a casa, obligaba a mi mamá a desdoblarse día y noche en la máquina de coser, o al entra y sale de la gente que venía a encargar un vestido, pedir un remiendo o preparar un molde. Vivíamos escondidas entre retazos, maniquíes y telas deshilachadas, revolcándonos entre colores y texturas. Pero nos las arreglábamos: mamá se hacía cargo de nosotras y cuidábamos unas de otras. Habíamos construido una pequeña ciudadela inexpugnable a los males del mundo.

Un viernes, mi papá entró a casa exultante, excitado, ¡Gané la quiniela, gané la quiniela! ¡El Mono a la cabeza!, con una bolsa de pan calentito bajo el brazo, mortadela y una gaseosa. Estaba anocheciendo, y mi mamá se apuraba a terminar dos vestidos para un casamiento del día siguiente. Conciliador, mi papá habló, ¡Pará un poco, Cinira, vení a festejar con nosotros! Pero ella, indignada, se concentró todavía más en su trabajo. Percibiendo su decepción, mis hermanas y yo intentamos consolarlo. Nos sentamos alrededor de la mesa de fórmica y comimos, con placer, el pan con mortadela, y nos hartamos de gaseosa.

Él no tocó nada, limitándose a observar, melancólicamente, tal vez imaginando, en aquella cena, la vida que podría haber tenido. Al día siguiente se levantó tarde y salió diciendo que regresaría con una sorpresa. Como ya estábamos acostumbradas a sus promesas no cumplidas, nos fuimos al patio a jugar a la casita. Al anochecer, mi mamá ya había despachado sus últimos trabajos y todas veíamos televisión en la sala desordenada cuando él volvió, un paquete en la mano, y, con aliento a vino barato, le habló a mi mamá, Mirá, Cinira, lo que traje para las chicas. Y desenvolvió sobre la mesa, orgulloso, cuatro uniformes completos de su equipo: camiseta, pantalón corto y medias. Había gastado todo el dinero del premio en esa compra. Mi mamá se levantó, a los gritos, ¡Estás loco, perdiste la cabeza!, y se encerró en su pieza, llorando. Él, desconcertado, nos miró con sus ojos brillosos: Mañana vamos al estadio, les voy a comprar helados, panchitos, todo lo que ustedes quieran, todo lo que ustedes quieran.

El autorLuiz Ruffato es uno de los autores más renombrados y galardonados de la escena literaria brasileña. El año pasado, el sello Eterna Cadencia publicó la traducción al español de su novela Ellos eran muchos caballos.