La negritud en todos los colores
Se realizó en Santiago de Cuba otra edición del Festival del Caribe, o “Fiesta del Fuego”. Fue una gran reunión, en la que también participó una delegación de artistas argentinos.
“¿Qué por qué se llama ´Fiesta del fuego’?; ¿es que no lo sientes al fuego, chico?”.
Marlene ha puesto el agitar de su abanico a máxima velocidad, como los cientos que están invocando a la brisa en la Plaza Céspedes, en Santiago, el viejo corazón de Cuba, con medio milenio a cuestas.
Son las cinco de la tarde del domingo 5 de julio y un tablero en lo alto marca 38 grados, pero no cuenta toda la verdad: una lengua de humedad espesa y caliente parece venir del mar que se ve allá abajo, al final de la calle. La multitud trepada a los tablones se defiende del sol con los colores de sus sombrillas.
Pero, de pronto, es otro ardor el que se siente venir desde la otra punta de la calle: ha comenzado el “Desfile de la serpiente”, la habitual marcha con la que se presenta el Festival del Caribe, que esta vez, en su 35° edición, reúne a representaciones de casi 40 países y de diversos rincones de la isla.
Entonces, los sentidos tienen más sentido que nunca, y todo parece alborotarse de tumbos y retumbas, desde los pies y las caderas de la gente hasta la solemnidad de la vieja casa del conquistador Diego Velázquez (la más antigua de América) o el balcón del Ayuntamiento donde el 1° de enero de 1959 Fidel anunció el triunfo de la Revolución.
Los ritmos de raíz africana, la intensidad de los movimientos, la alegría, la pasión de vivir y de bailar, de celebrar la luz de cada día por sobre la sombra de los siglos; el explosivo cosmos de la negritud baja por la Francisco Vicente Aguilera, y se despliega en todos los colores que caben en la imaginación.
Sí, es una conmoción repentina, pero que no será fugaz pues sostendrá su frenesí a través de tres horas.
El eje del encuentro cultural es el gran vecindario del Caribe (Haití, República Dominicana, Curazao, Martinica, Trinidad y Tobago, Jamaica, Colombia, Curazao, Colombia, Venezuela, México, Honduras, Trinidad Tobago, Antillas, Aruba, Surinam y tantos otros como el invitado de honor de la edición, Las Bahamas), pero también acercan su expresión para sumarse a la fiesta delegaciones de la Argentina, Uruguay, Brasil, España, Francia e incluso Alemania.
El Caribe cultural
El “Desfile de la serpiente” fue el momento en que pudo palparse la dimensión de una convocatoria de la que participan más de 100 músicos, cantantes, bailarines, poetas, escritores y hombres y mujeres de la cultura. Luego, durante los seis días en que se extendió la reunión se dispersó en teatros, en salas, centros culturales y lugares donde se debatió y se expuso sobre la historia, los desafíos caribeños y otros desvelos del pensamiento.
De los lugares que funcionaron como puntos de referencia de la actividad a pleno –en la edición que concluyó el 9 de julio–, la plaza Marte fue el que mantuvo todas las noches encendidas en el corazón de una ciudad de más de medio millón de habitantes (la segunda, después de La Habana, la capital), que el próximo 25 de julio cumplirá 500 años.
Pero donde se concentró la mayor intensidad fue en la Casa del Caribe, el centro de donde salieron las energías inspiradoras para la creación del festival. Montada en una de las casonas del que fuera el aristocrático barrio de Vista Alegre (con sus palacios y palacetes luego expropiados por la Revolución), en sus patios floreció el encuentro desde las mañanas hasta pasada la medianoche.
Bajo el amparo de la sombra de un árbol de caimito, el aliento del sol se sobrellevaba con cervezas y ganas de reír y de bailar. Conga, son, bolero, merengue, tumba, nagó, danzón, entre tantos ritmos que traían los vecinos caribeños, más la impronta santiaguera, un pueblo musical como pocos (cuna del bolero y del instrumento de cuerdas llamado tres).
Pero en esa alegría no sólo se trataba de goce despojado, sino que contaba la historia profunda de los pueblos esclavizados que resistieron aferrados a sus músicas y a sus creencias la desventura de los siglos en las plantaciones. Por eso el machete, y la potencia de su filo, fue presentado una y otra vez en los cuadros coreográficos con toda su potencia simbólica. Y luego, alrededor de la negritud, toda la mixtura cultural que dejó la marca colonialista europea.
“El concepto de Caribe que sostenemos es más cultural que geográfico, incluso, tratando de acercarnos a esa conciencia que ahora se está dando con mucho fuerza y que habla del Gran Caribe. No sólo se trata de las islas, sino también de aquellas partes de tierra firme e incluso de la diáspora caribeña, que tanto rastro ha dejado en capitales europeas y en Estados Unidos (más allá de Nueva Orleans, que es la zona más caribeña de los Estados Unidos)”, decía Orlando Vergés Martínez, director de la Casa del Caribe, y continuador de los pasos del fundador del festival, Joel James.
“Para definir el Gran Caribe –agregaba– no sólo hay que tomar el tema de la negritud, que es muy predominante, sino también los procesos históricos de esclavitud compartidos, los procesos migratorios, la presencia imperial que marcó varias identidades dentro de la gran identidad”.
El festival está lejos de haber sido pensado como un encuentro turístico. “De lo que se trata es de dignificar la cultura popular de todo el Caribe. Esto no es una subcultura, sino una cultura profunda que se reconoce como parte del mundo”. La palabra es de Antonio Pérez, director artístico del festival y coreógrafo.
El fuego no sólo deviene del ardor del aire santiaguero, sino también de la brasa caribeña que ha permanecido encendida y que alguna vez se materializó en actos de rebelión como el incendio de plantaciones. Y por eso es que el Festival, cada año, se despide con un símbolo del Diablo devorado por las llamas.

Modos de ser argentinos para sumar a la fiesta caribeña
En medio del río de colores que bajaba hasta el parque Céspedes, el celeste y blanco argentino apareció por fin en el “Desfile de la Serpiente”, en la bandera que sostenía Pocho González, montado sobre un caballo blanco. El músico cordobés, desde hace más de 20 años, guía a las delegaciones argentinas que llegan a Santiago de Cuba dispuestas a sumergirse en la fuerte experiencia de participar en el Festival del Caribe.
Entre tanta percusión alborotada, el paso argentino tomó sus dos minutos frente al palco con temperamento propio. Sobrevino entonces un momento de tango, en una puesta flanqueada por los integrantes de los ballets La Patria, de Villa Mercedes (San Luis), y Ayuntué, de Pico Truncado (Santa Cruz).
Entonces, la voz sabia de la cordobesa Liliana Rodríguez, acompañada por el guitarrista Daniel Díaz –también cordobés– se abrió paso con Volver, acompañada por los susurros de la gente.
El cuerpo en conmoción de gestos lo pusieron dos maestros de la danza argentina, compañeros de escenarios durante décadas: Silvia Zerbini, una de las grandes referencias nacionales (residió en Córdoba y hoy vive en Chilecito), y Luis Segundo Pereyra, cordobés de gran trayectoria.
Antes, la delegación tuvo la oportunidad de desempolvar sus vestidos en Las Tunas, una ciudad de casi 200 mil habitantes en la que todos los años se celebra el Festival de la Décima y el Verso Improvisado, un original encuentro.
Allí, los tangos que llevó Liliana Rodríguez ya habían abierto la puerta al encuentro con viejas devociones tangueras, como las de don Amauri Álvarez Aldape, quien a los 87 años sigue cantando temas de Gardel en una peña que sostiene con un grupo de amigos tangueros.
Con ligeras variaciones, las presentaciones se repitieron tres veces en Santiago de Cuba: en la Casa del Caribe, en el teatro Martí y en la plaza Marte, siempre con buena recepción de un público atento. En la representación, también estaba la escritora Stella Watson y sus memorias cordobesas.
El ballet Ayuntué, con juveniles integrantes, presentó cuadros con referencias a su tierra y a otras partes del país, mientras que los puntanos de La Patria, dirigidos por Carolina Visetti, montaron un patio en homenaje al pintor costumbrista Molina Campos, y otros momentos especiales en los que se destacaron sus bailarines jóvenes. Mientras, María José Vega y Adrián Aguirre, pareja de la ciudad de Córdoba, también participaron.
Liliana Rodríguez no sólo abordó tangos clásicos, sino también alguna zamba, como La Pomeña, en la que invitó a acompañarla a Liliana D’Ortencio, y juntas recrearon parte del color de aquel legendario Grupo Azul. “En cada espectáculo y también en las calles me sentí rodeada por el cariño y la admiración de los cubanos hacia nuestra cultura”, repasaría Rodríguez.
La siempre inquieta Silvia Serbini y Luis Pereyra ofrecieron un taller de danzas para cubanos. “Fue sorprendente lo que recibimos: el rescate de lo esencial, la utilización de todo el cuerpo para la construcción escénica, la dignidad de sus excelentes bailarines, y la flexibilidad, no sólo corporal, para dejar entrar en su realidad danzas como nuestra zamba, tan cosmopolita, tan secreta en sus códigos. Ellos la tomaron y ¡ya!, sin tanta racionalidad. La danza es para ellos lo que fue para los antiguos: parte de su realidad cotidiana como cocinar, como amar; por eso caminan bailando y hablan cantando...”, diría después la bailarina.
Pocho González, quien integrara junto a Oscar Motta el recordado Dúo Antar, que reside en España y viaja por América con su música, fue el responsable de cerrar las presentaciones. A solas con su guitarra, dejó claro el sabor argentino con versiones sobre temas de Atahualpa Yupanqui o el Chango Rodríguez.
“Me sigue sorprendiendo lo que se logra en este festival hecho sin dinero, pero con imaginación y esfuerzo. Cada vez que me voy de Santiago me llevo la cultura de Cuba en la cabeza y en el corazón”, decía.

